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La cara oscura de la “seguridad”: pescar con dinamita.

Por: Walter Raudales.

La ecuación casi perfecta: Seguridad = silencio + chantaje + miedo

“Sin nosotros no hay seguridad… y si no ganamos, mañana salen los pandilleros”. El ultimátum perfecto para convertir la paz en rehén y el poder en eterno

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En El Salvador actual, la seguridad se ha transformado en el argumento más poderoso y en su coartada más peligrosa. El Régimen de Excepción no pesca con precisión: lanza dinamita al río y arrastra todo lo que respira. Tilapias, bagres, cangrejos, pececitos inocentes y hasta el limo del fondo. Todo vale con tal de que el espectáculo de capturas masivas luzca bien en videos virales y encuestas.

La población completa vive bajo sospecha permanente. La presunción de inocencia desapareció: basta la palabra del captor, un denunciante anónimo, pandillero «criteriado» o un funcionario que “sobrecumple” órdenes de arriba. Miles de detenciones arbitrarias, muertes en custodia, desapariciones y torturas documentadas internacionalmente no son “daños colaterales”. Son el precio explícito de un modelo que pone el control total por encima del Estado de Derecho.

Lo más oscuro, lo que ya no se tapa con memes del “coolest dictator”, es el silencio frente a las denuncias. A estas alturas, con investigaciones periodísticas y pruebas acumuladas, ni el presidente ni su gabinete han desmentido con hechos los presuntos pactos con pandillas. Recuerden el tuit histórico: “Malditos, mil veces malditos los que pactaron con pandillas”. Cuando eran “los otros”, era traición imperdonable. Cuando se trata de sus propios funcionarios negociaciones para bajar homicidios a cambio de privilegios y apoyo electoral, el silencio se vuelve ensordecedor.

El gobierno domina el «chantaje emocional»: “Sin nosotros no hay seguridad. Si no ganamos, al día siguiente salen los pandilleros”. Un apocalipsis fabricado para justificar la reelección indefinida y el poder absoluto. El clásico “o yo o el caos”.

Es tentador caer en la falsa dicotomía: la democracia imperfecta de antes (ruidosa, con baches y corrupción repartida) versus este régimen ordenado, silencioso y aparentemente eficaz. Pero la primera permitía corrección y debate; la segunda reduce el disenso, cierra espacios y convierte al Estado en aparato de miedo selectivo.

Después de 37 años, desde ARENA, FMLN y ahora Nuevas Ideas, el resultado es una mezcla tóxica: lo peor del pasado reciclado en el partido oficial, pero con estética moderna; muchas luces LED, renders y cadenas nacionales por cada piedra colocada, y fachada inaugurada; pero con escasos resultados tangibles en el nivel de vida de la mayoría. Siete años después, las excusas ya no cuelan. El país avanza “como el cangrejo, pero con luces y pantallas”. Los índices de desarrollo humano muestran estancamiento o retrocesos comparados con países de la región, mientras la propaganda convierte la gestión en un banquete que solo se ve en cortos publicados en el extranjero.

Participar en las elecciones, aunque el terreno esté inclinado, no es ingenuidad: es estrategia. No hay que dejar la cancha vacía ni robarle la esperanza a la gente. Ese espacio todavía legal sirve para evidenciar, incomodar, documentar contradicciones y confrontar la propaganda desde dentro. Fuera es fácil que el silencio se imponga.

También hay que mirar con ojos críticos el voto de la diáspora, muchas veces filtrado por narrativas oficiales, y las dudas sobre posibles fraudes digitales perfeccionados. El voto en el exterior por el momento no es auditado, ni verificado por ningún partido excepto solo por el oficial. Y en ese punto se abre otra discusión de fondo: el peso decisivo que puede tener el voto en el exterior en la continuidad del rumbo político, existiendo dudas y reservas ante la posibilidad de fraude digital, como el que se observó en la última elección y que ahora han tenido el tiempo para perfeccionarlo para el 2027.

Sería profundamente triste que los hermanos en el exterior, por un voto desinformado o excesivamente influido por narrativas oficiales, terminen contribuyendo sin quererlo a prolongar la desgracia de sus propios hermanos dentro del país. No por mala intención, sino por una percepción distorsionada de la realidad.

Saber mover piezas es clave , en los espacios políticos donde haya mayor adaptabilidad y ventaja según las capacidades del competidor electoral. Los oficialistas pagan mil posts y anuncios cada día; nosotros, un mensaje oportuno en el barrio, en la colonia o en la comunidad. Un diálogo cara a cara, una denuncia concreta, una verdad que duele más que mil memes pagados. La lucha no siempre se gana con volumen, sino con precisión y cercanía.

Muchos analistas ya coronan al líder como invencible, presentado como un semidiós con más ínfulas que Calígula. Sin embargo, la historia no perdona. Desde Gerardo Barrios o Hernández Martínez, ningún gobierno había concentrado tanto poder como este desde 2019. La ilusión del “cambio” y el “salvador” se disipó en un gran chasco a 7 años, solo se ven show 24/7 y parafernalia oficial con desfile presidencial de más de 15 camionetas de seguridad ,»en el país más seguro del mundo.»

 El espejo húngaro que se rompió

Viktor Orbán gobernó dictatorialmente Hungría 16 años con receta similar a El Salvador: super-mayoría para reformar la Constitución a su medida, controlar tribunales y medios, atacar críticos, erosionar contrapesos bajo la bandera de la “democracia iliberal”. ¡Suena familiar, ¿verdad?!.

Pues en las elecciones parlamentarias del 12 de abril de 2026, Orbán fue derrotado de forma contundente por Péter Magyar ex-miembro de su propio partido y su Tisza Party, que logró super-mayoría (138 de 199 escaños). En sus primeras palabras, Magyar prometió rescatar la institucionalidad, devolver garantías a los ciudadanos, recuperar el camino democrático y restablecer derechos fundamentales perdidos. Aunque la comunidad internacional está atenta a confirmar, si tendrá un real distanciamiento del estilo de gobierno actual, pues viene de la misma escuela de ultraderecha.

La lección es contundente: ningún poder total es eterno. El autoritarismo puede dar resultados visibles en seguridad a corto plazo, pero cobra factura cara en desarrollo, innovación, confianza y calidad de vida.

En El Salvador urge preguntarnos sin titubeos: ¿aceptamos que la seguridad justifique la suspensión indefinida de derechos? ¿O exigimos una seguridad sostenible, dentro de un marco democrático con rendición de cuentas y participación real? El río salvadoreño está turbio. No se limpia con dinamita ni con atajos. Se limpia con reglas claras, instituciones fuertes y priorizando la dignidad de todos inocentes incluidos en lugar de tratarlos como daño colateral.

¿Seguiremos tragando el chantaje del “sin nosotros, el caos”? ¿O empezaremos a exigir un país que no obligue a elegir entre miedo y libertad?  La verdadera decisión no es solo electoral. Es si aceptamos seguir viviendo en ese intercambio desigual… o si por fin decimos basta.