Ciencia

Otra tendencia en China: los padres virtuales, una solución posmoderna a la soledad y frustración de jóvenes chinos.

Por: Fabián Acosta Rico. Universidad de Guadalajara – México.

Padres ausentes o distantes; poco emocionales con sus hijos; intransigentes y autoritarios: estas realidades han dejado como estela social varias generaciones de individuos necesitados de afecto familiar.

En las escalas de la felicidad, un dato para medirla son los lazos familiares. En sociedades donde los parentescos son sólidos y solidarios, las personas responden, al ser encuestadas, que se perciben felices, más allá de si tienen solvencia económica, prestigio social o reconocimiento laboral.

No hay mejor fortín para los avatares de la vida que una familia cuyos padres supieron cumplir con sus encomiendas, no sólo económicas, sino también afectivas. Nada da más seguridad, sentido y ganas de vivir que el sentirse arropado por personas que comparten un vínculo, ya sea de sangre o de parentesco político.

Cuando esto falta, enfrentamos un problema que primero golpea emocionalmente a los individuos en su dimensión psicológica y afectiva, y luego escala a lo social, cuando pasa de lo particular a lo general y resulta ser un problema estructural cultural que rebasa lo anecdótico.

La crisis se presenta cuando no es uno ni dos los casos de personas afectadas por la carencia de afecto parental, sino cuando es una sociedad entera la que, por inercias culturales e históricas —espontáneas o impuestas cupularmente— ha sufrido esta desatención emocional y psicológica.

Citamos ahora el caso de China, una sociedad de primer mundo que compite de tú a tú con Estados Unidos y con otras naciones desarrolladas en el frente económico, cultural y militar. La China que gana Juegos Olímpicos, cuyos autos eléctricos inundan el mercado global, que es potencia tecnológica y económica… esa China atraviesa por una crisis afectiva y emocional de hombres y mujeres que no se han sentido queridos por sus padres.

Pero si algo tiene la farmacia emocional posmoderna es todo un arsenal de paliativos para las afecciones del corazón y del alma. Existe, en el catálogo de influencers y creadores de contenido, todo tipo de gurús, coaching, asesores y guías que, desde la virtualidad, están allí para los internautas que requieran algún consejo, orientación o servicio. Si necesitas afecto parental, los chinos ya pueden conectarse en distintas redes sociales con “padres virtuales”.

Los padres virtuales no son una excentricidad de consumo reservada a unos pocos descontentos con sus vidas familiares; como lo señalamos líneas atrás, es todo un fenómeno que sorprende por su popularidad entre los chinos. En Douyin, el TikTok chino, son famosos Pan Hugian y Zhang Xiuping, dos creadores de contenido que se alquilan virtualmente como padres.

La pareja habla de su vida familiar sin mayores florituras, de manera directa pero afectiva, dirigiéndose a sus usuarios como si fueran sus propios hijos. Han tenido un considerable éxito: en tan sólo tres años su cuenta ha captado un millón ochocientos mil usuarios. Nada mal, tomando en cuenta que no son los únicos padres virtuales; se contabiliza al menos una docena en un competido mercado nacional de placebos afectivos en estas sociedades posmodernas como la china, abatidas por una tristeza generalizada producto de la desolación y el abandono afectivo intergeneracional.

La expresión “padres virtuales” se puso de moda en China en 2024. Si queremos situar esta tendencia en términos generacionales, los usuarios de estos servicios son en su mayoría individuos de las generaciones centennial y millennial. Ambas generaciones, en el caso de China, estuvieron afectadas por partida doble en su crianza. Por un lado, una tradición milenaria que establece relaciones familiares estrictas y jerarquizadas; y por otro, la imposición cultural del régimen comunista chino, que se tomó muy en serio las pautas doctrinales maoístas en lo concerniente a las relaciones interpersonales y sociales: los individuos son, ante todo, hijos del Estado; su lealtad es primero para con él; el amor a la patria está por encima de cualquier otro afecto.

Tu hijo es un camarada al que debes educar para servir al Estado y al partido, dispuesto a luchar por la grandeza de la colectividad, de la cual depende y a la que le debe toda su lealtad y servicio.

La juventud china ha sorteado esa ambigüedad en su crianza entre la tradición y la ideología, y al parecer la formación que recibió en la familia no les ha dado los soportes afectivos necesarios para enfrentar las exigencias de una sociedad de mercado.

Esta sociedad, que interactúa con un régimen totalitario, impone duras cargas económicas y sociales que se traducen en exigencias laborales, necesidades económicas y desafíos profesionales que golpean la psique de los jóvenes chinos. Muchos de ellos, hijos únicos, no encuentran solaz ni afecto en sus padres. Estos, por su parte, cifran altas expectativas en ellos y esperan, ante todo, su éxito y bienestar.

Si lo reflexionamos desde la perspectiva de nuestra localía cultural, quizá México no es una potencia global como China; no obstante, con nuestra instrumentación emocional latinoamericana y nuestra idiosincrasia mexicana procuramos dar a nuestros hijos un acompañamiento y cobijo emocional que no sólo es dispensado por la madre, sino que también suele involucrar al padre y, en casos afortunados, al resto de la familia extensa.

No creo que, de momento, las jóvenes generaciones de mexicanos necesiten de padres virtuales; aunque, sin querer ser profeta del infortunio, el fenómeno de los padres ausentes va en ascenso, al igual que el de los hijos ignorados y desatendidos, cuya crianza es sorteada poniendo a su alcance un dispositivo electrónico que simplemente los distraiga.