Cultura

La prebenda.

Por: Manuel Alcántara Sáez.

¿Cómo renunciar a aquel favor? ¡Ha pasado tanto tiempo desde el verano del final de su adolescencia y, sin embargo, la pregunta sigue estando presente! No es solo cuestión de si a la postre hiciera bien o mal, no es la moralidad del acto lo que lo agita. Tampoco se trata de si la utilidad prevista tuviera o no su gratificación esperada ya que nunca tuvo expectativas al respecto fuera del resultado del momento. Ni incluso si el instante concreto en que se dio era oportuno y si reunía las condiciones adecuadas para con una existencia por aquel tiempo tan precaria. No, nada que ver. ¿Por qué, entonces, su recurrente presencia en el habitual mar de dudas en que se sumía? Por otra parte, tampoco el provecho había supuesto ningún cambio drástico en su vida. Sin embargo, su legado seguía allí presente dándole vueltas a la cabeza.
Se ha levantado para estirar las piernas. La jornada transcurre sin sobresaltos con la placidez habitual desde que cambió su horario de trabajo y se mudaron a aquel nuevo local con aparentes comodidades sofisticadas y un supuesto lujo que deplora. Ha revisado dos largos informes y culminado el que comenzó la semana pasada que ahora debe someter a otro revisor. Desde la ventana otea el horizonte marítimo de un día despejado. Silencio. Una máquina de café cercana emite un aroma que le distrae. El pequeño cuarto donde tiene su escritorio es una armadura dentro de la que se siente miserablemente protegido. Solo su poca disciplinada imaginación le lleva a otras realidades. Por eso no le sorprende la ristra de recuerdos que le están inquietando esta mañana.
Piensa en el día en que murió su amigo. En el mensaje de él que recibió horas antes. Repasa aquella tarde gris con aguacero. Recuerda las amargas palabras que en el duelo le profirió su esposa acerca de la infelicidad acumulada durante lustros por aquella propensión suicida que nunca le abandonó y que hizo de cada día un tenaz suplicio. Saber que todo iba a suceder así, aunque luego se dijera que no tenía por qué ser un asunto premonitorio. Las experiencias vividas, las largas conversaciones mantenidas, los profundos mutismos abrían diversos caminos que luego no tendrían por qué revertir para confirmar lo acontecido. Sin embargo, ocurrió. ¿Qué sentido tenía aquella evocación precisamente en ese momento?
Mientras vuelve a tomar asiento cae en la cuenta de que sigue sin responder un mensaje de trabajo que recibió hace tres días. Algo que no es habitual de quien hace gala de diligencia que a veces raya en lo obsesivo. Lo que más le incomodó fue el tono. No eran tanto las cuestiones planteadas, su complejidad y, sobre todo, su poca oportunidad. En su momento lo recibió como una pequeña bofetada y hoy sigue generándole resquemor por su indudable impertinencia por mucho que el remitente estuviera en su derecho de formular la demanda. Por todo ello estima que lo mejor es dar la callada por respuesta un día más, por mucho que esa actitud debilite su prestigio de persona responsable que siempre contesta.
Sentado, vuelve a perder su mirada en el horizonte. Juguetea con el lápiz entre sus dedos. Escucha un susurro de la conversación de una colega. No sigue el hilo de la plática. No le interesa. Hace tiempo que no se comunica más que lo imprescindible con la gente que tiene a su alrededor. No pertenecen a su gremio e ignora el ámbito de su actividad. A veces, elucubra con la posibilidad de que se dediquen a cuestiones ilícitas, ¿por qué no considerar que hubiera una antena del crimen organizado a su vera? Otras, imagina su vocación de servidores del bien común canalizando la solidaridad de la comunidad. El océano ha tomado un color azul turquesa que le subyuga. Piensa en el poder de las profecías y en su capacidad de cambiar el mundo. Traga saliva.
Hay un mensaje de su superior jerárquico que le pide una opinión inmediata sobre un asunto urgente de un tema acerca del que se supone que es uno de los máximos especialistas, pero del que no tiene ni idea. Cierra los ojos y cuando los abre su mirada se topa con el único adorno que tiene a su alrededor, un collage realizado con fotos de cuadros de Edward Hopper. Sonríe. Sigue pronta la respuesta que es concisa y enérgica; el vocabulario es técnicamente sofisticado; la ambigüedad viste la ignorancia y la opinión a priori experta se impone. Su cara adopta un gesto irónico cuando recibe una rápida animada aprobación de su jefe. ¡Son tantos años! Recuerda el nerviosismo que le produjo la primera vez que le ocurrió algo similar. Ahora escribe todo usando inteligencia artificial por la misma razón, piensa, que usa una calculadora cuando resuelve problemas matemáticos.
Todavía retiene las palabras de una joven pensadora, Carissa Véliz, que subraya en una entrevista en un medio escrito cómo las predicciones son una herramienta de poder que moldea el mundo. A menudo son órdenes disfrazadas de búsqueda de conocimiento, señala la filósofa de moda. Eso le genera zozobra en un día envuelto en un aire pesado que proyecta presagios turbios. Recuerda algo que leyó en torno a los famosos mercados de apuestas que presentan a las predicciones como hechos, una idea que no sabe hasta qué punto se relaciona con la de las profecías autocumplidas. “Alguacil alguacilado”, piensa. Ese enjambre profético afecta a nuestras expectativas, y ellas en parte dan forma al mundo. Pero ¿qué sucede si no hay expectativa alguna?
A pesar del tiempo pasado, en la memoria permanece obstinadamente aquel favor que llegó a considerar una prebenda. ¿Por qué el árbitro concedió el gol, el primero que marcaba en su vida, viendo sin lugar a duda que impulsó el balón con la mano?