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Sobre la dignidad humana frente a la IA

Por: Fabián Acosta Rico. Universidad de Guadalajara – México

El mundo está cambiando con vértigo. Estamos habituados a las innovaciones: mejoran constantemente los modelos de nuestros gadgets. Los adelantos de nuestras máquinas no son inocuos y tienen repercusiones profundas en nuestro ser y circunstancia.

Los saltos tecnológicos potencializan nuestras habilidades, a la vez que aminoran nuestro esfuerzo por perfeccionarnos. Este hombre orbitado por máquinas, que extenúan y abstraen sus sentidos en la excitación luminiscente y auditiva del display y sobresaturan de información sus cerebros, está siendo forzado a experimentar nuevas formas de interactuar con la realidad.

Más allá de nuestras máquinas y de su aluvión de datos, ¿quedará algo de nuestra humanidad original? El hardware y el software de nuestros dispositivos informáticos invaden nuestra corporalidad.

¿Podemos salvarnos de nuestro propio progreso tecnológico, salvar eso que nos hace humanos? El Papa León XIV responde que sí, y no necesitamos renunciar a nuestras máquinas.

La encíclica Magnifica Humanitas es una respuesta a muchos de los retos de la cuarta revolución industrial. Uno de los más presentes es el eclipse de nuestra esencia como resultado de la pérdida de nuestra dignidad humana frente al imperio de las máquinas.

La hegemonía de la máquina, advierte el pontífice, puede conducirnos a una reducción del ser humano a una función, un dato o una prestación. Frente a ello, León XIV plantea que la inteligencia artificial debe ser comprendida desde una perspectiva antropológica y ética, colocando al centro a la persona humana. El desarrollo tecnológico no puede convertirse en un proyecto de dominio.

De ahí la prioridad de trazar límites éticos a estos desarrollos tecnológicos, para impedir que sirvan al poder de unos pocos y a la deshumanización de las relaciones sociales. La IA debe estar al servicio de la humanidad.

Nunca debemos perder la línea de demarcación ontológica entre el hombre y la máquina, por mucho que ésta, la IA, logre emularnos. Un error sería atribuirle la dignidad de la persona a un ser digital que opera con base en una programación y que continúa siendo una creación tecnológica, herramienta puesta al servicio del ser humano.

Que las máquinas sean mejores que nosotros en determinados ámbitos, que nos superen en velocidad de cálculo, almacenamiento de información o procesamiento de datos, no significa que tengan mayor valor que nosotros.

El verdadero riesgo consiste en que nosotros terminemos valorándonos con los mismos criterios con los que valoramos a las máquinas: productividad, eficiencia, velocidad, rendimiento y capacidad de procesamiento. Si aceptamos esa lógica, el hombre terminaría compitiendo contra su propia creación y midiendo su dignidad a partir de aquello que las máquinas hacen mejor.

Precisamente contra esta tentación se levanta la reflexión de León XIV: «Aunque las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado».

La cuestión fundamental, por tanto, no consiste en detener el progreso tecnológico, sino en impedir que el progreso termine definiendo qué significa ser humano. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades y abrir posibilidades inéditas; pero no puede convertirse en el criterio último de nuestra dignidad.

Magnifica Humanitas plantea así una respuesta contundente al reto de la revolución digital: la humanidad no debe ser sustituida ni superada por la técnica. Puede servirse de ella y aprovechar sus posibilidades, pero sin renunciar a aquello que la hace propiamente humana: establecer relaciones, amar, discernir, elegir responsablemente y reconocer en el otro un rostro que merece ser contemplado.