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Vencer al miedo y empezar LA LUCHA COMUNAL.

El miedo ya tuvo demasiado tiempo en pantalla y en la redes. Ahora le toca hablar a la gente.

Por: Miguel A. Saavedra.

Sí sobrevivimos al miedo. ¿Ahora quién se ocupa deL futuro? De la calle segura a la vida digna: No queremos volver al miedo, queremos avanzar.

Hay algo que empieza a llamar la atención. De la nada, los canales de televisión local esa cadena tan amiguísima del presi volvieron a proyectar una y otra vez las imágenes de los peores años de la violencia. Tomas viejas, audios antiguos, escenas de pánico, los muertos de entonces. Y esta estrategia se duplica con la cuota de propaganda oficial que nos recuerda el pasado cada cinco minutos, interrumpiendo la programación nacional.

¿Casualidad? Más bien parece el peaje que pagan por los jugosos contratos de pauta que les mantienen el canal encendido.

La pregunta es obligatoria: ¿por qué nos siguen hablando tanto del miedo de ayer cuando tenemos problemas urgentes que resolver hoy? Porque mientras te ponen en pantalla la tragedia de hace años, vos tenés que pagar el recibo de la luz que llegó hoy. Mientras te repiten al delincuente de entonces, estás mirando la calle oscura de tu colonia, rezando para que no te asalten al bajar del bus. Quizá el que te robó la moto la semana pasada sigue libre, pero la tele no habla de él.

Ese es el punto. No necesitamos debatir sobre su película de terror; Necesitamos encender la luz de nuestra propia calle. Necesitamos mirar hacia adelante, sin borrar el pasado, lógicamente, pero sin usarlo como cortina de humo. Ahí cambia la conversación: el pasado es abstracto, tu calle es concreta.

Hace unos días me reenviaron un anuncio oficial. Ya lo viste. Ese que acusa a ciertos sectores de querer «liberar a los malos». Me quedé pensando. Yo no conozco a un solo vecino que quiera liberar a un delincuente. Ni uno. Pero sí conozco a mucha gente que tiene a un familiar capturado sin saber de él (y son obreros del barrio), denuncias archivadas, robos impunes y servicios públicos que brillan por su ausencia.

Un vecino lo resumió mejor que cualquier discurso: «Acabo de ver el anuncio que dice que queremos liberar a los malos. Yo no conozco a ningún candidato que quiera eso. Lo que sí veo aquí en la comunidad es que el que robó la moto de mi sobrino la semana pasada anda libre y sin que nadie haga nada. ¿Ustedes han visto eso también?».

Llevar la conversación al pasado es fácil; todo ya está contado, editado y empaquetado. Pero traerla al presente es otra historia. En el presente están tus ojos, tu mercado, tu denuncia, tu recibo de agua. Está la patrulla que llegó o no llegó, la lámpara que funciona o no funciona, el salario que alcanza o ya no alcanza. Eso no lo explica un video de archivo que sacan del cajón cada vez que hay elecciones. El día después del miedo se construye con realidad.

Durante mucho tiempo aceptamos que la política se hiciera desde los grandes discursos y los comunicados producidos en alta definición. Pero el ciudadano de a pie tiene hoy otra herramienta: su celular. No necesitamos vídeos perfectos, ni logos, ni corbatas. Necesitamos realidad.

La señora del mercado podría grabar un audio: «Yo no sé mucho de política, mijo. Solo sé que mi hijo puso una denuncia hace tres meses por un robo y nunca le contestaron». Alguien más puede mostrar su calle: «Dicen que quieren liberar a los malos. Aquí los malos no necesitan que los liberen, si,nunca los agarraron». Eso no es propaganda, es un espejo. Y un espejo incomoda mucho más que un anuncio.

Nosotros, como ciudadanos, no estamos aquí para liberar a nadie; eso le corresponde a las instituciones. Estamos diciendo algo mucho más sencillo: que quien cometa un delito responda ante la justicia, pero que quien sea inocente también tenga derecho a no ser tratado como criminal. Y, sobre todo, que la seguridad que se logró no se quede atrapada en las estadísticas nacionales. Qué baje a la colonia. A Mejicanos, a Soyapango, a Apopa, por mencionar algunos. A cada comunidad donde una madre todavía piensa dos veces antes de mandar a su hijo menor a comprar las tortillas.

Entrando en la conversación, no como candidato, sino como vecino. No queremos liberar delincuentes, ¿para qué? recuperar la tranquilidad del vecindario. Que haya luz en la calle donde asaltan a las siete de la noche. Que cuando llamemos a la Policía alguien responda. A saber a quién acudir cuando el problema es municipal y que una denuncia no desaparezca en un escritorio. Que la seguridad se convierta también en tranquilidad, servicios, oportunidades y una vida cotidiana que vuelva a sentirse normal.

Porque sobrevivir al miedo no puede ser el destino final de un país. Después del miedo deben llegar las condiciones para una vida digna, y la vida necesita mucho más que seguridad física: empleo, salud, educación y una economía donde el dinero alcance para algo más que sobrevivir.

No necesitamos jugar en su cancha

Por eso no vamos a gastar nuestra energía repitiendo: «Es falso que queremos liberar delincuentes». Cada vez que repetimos la mentira, ayudamos a instalarla. Tampoco vamos a competir recordando quién fue peor en el pasado. Esa es su cancha; la nuestra es el presente que construye futuro. No necesitamos gritar «los malos son ustedes», eso solo convierte la conversación en otro pleito estéril.

Podemos reconocer lo que se hizo bien y, precisamente por eso, preguntar con derecho ciudadano lo que falta. Si la seguridad mejoró, preguntamos por qué todavía hay calles oscuras. Si los homicidios bajaron, preguntamos por qué una denuncia puede tardar meses. Si el ciudadano recuperó la tranquilidad para salir, preguntamos cómo hacemos para que también pueda recuperar su capacidad de comprar, ahorrar y emprender.

No se trata de negar el pasado, sino de no permitir que se convierta en una excusa permanente para no hablar del presente. El día después del miedo no llega solo, se conquista.

Goliat, desde su trono de poder, grita: «Ellos son el caos. Ellos son los malos».
David no necesita gritar. David simplemente señala su calle: «Mirá. Aquí vivimos nosotros. Esto es lo que falta. Vamos a arreglarlo juntos».

Esa es la conversación que necesitamos. No una guerra de propaganda ni una competencia de terror. Una conversación sobre la vida real. Porque el ciudadano no solo quiere que no lo maten; quiere vivir. Quiere que el pisto alcance, abrir su negocio, mandar a sus hijos a la universidad, caminar tranquilo bajo una lámpara encendida. Quiere, en fin, pasar del miedo a la esperanza. Y ese es el día después que todavía tenemos que construir.

El protocolo del vecino

No te pido que compartás esta reflexión. Te propongo algo más sencillo.

Hoy, mandá un audio de 15 segundos al grupo de WhatsApp de tu colonia. Decí qué está pasando realmente en tu comunidad. Después, grabá con tu celular tu calle, esa lámpara que no funciona, ese bache que nadie atiende , de la fuga de agua  que lelva meses en la esquina  mientras no cae nada en el pasaje o contá cuánto tiempo llevás esperando respuesta a una denuncia. Sin filtros, ni edición, ni propaganda; solo realidad, porque ella habla sola.

La abstención deja que otros cuenten nuestra historia. Por eso hay que ir a votar y hacer valer el sufragio contra lo que ya no queremos. Nuestra voz, nuestra experiencia y nuestra realidad pueden obligar a que el país hable de lo que realmente importa.

El miedo ya tuvo demasiado tiempo en pantalla y en la redes. Ahora le toca hablar a la gente.

¿En qué colonia empezamos hoy?