Gerado Barrios y yo – Coatepeque.
Por: Adolfo Majano Ramos.
Siguiendo con mis apreciaciones, trataré en la presente parte la experiencia mía con relación a Barrios, ¿Qué supe de él? ¿Cómo y cuándo? Incluyendo el aspecto militar que, en las diferentes pláticas, escritos y documentales que se exponen actualmente, videos en cuenta, pocas veces se toca a fondo la cuestión. ¿La Batalla de Coatepeque? ¿Qué de especial tiene? En el caso de Barrios, es de particular importancia por la maniobra táctica y la aplicación del principio de la unidad de mando, indispensable para obtener la victoria. Le daré una mayor atención en los presentes comentarios.
Nací en Intipucá, el Dpto. La Unión, pero mi infancia fue en el Norte de Morazán, lugar de origen de mis padres Rosendo Majano y Sotera Ramos. Ambos departamentos con los nombres simbólicos de La Unión, Morazán, de interés para nuestros escritos. El cerro de Cacahuatique (1663 mts. altura), se yergue imponente en el centro del Dpto. de Morazán compartiendo con San Miguel. De infante, alrededor de 12 años, lo escalé hasta la mitad, siendo una proeza a mi edad. Iba con familia, tíos y primos, que vivían al pie de esa gran montaña. Fue de maravilla.
Es imposible que los habitantes de esa región (San Simón-Osicala-Delicias de Concepció), no sepan que, al otro lado de esa enorme montaña, está Ciudad Barrios antes Cacahuatique. Y del por qué se llama así, en honor a Gerardo Barrios. Allí escuché por primera vez su nombre, familiarizándome con él. Los habitantes de Morazán eran orgullosos de su tierra, lo serán ahora.
Más tarde visité San Miguel y allí su nombre era más que conocido. Algún busto y calle. Los buses, echando bocanadas de humo como era antes, anunciaban un letrero que decía: ¡A ciudad Barrios! Actualmente existe colonia, periférico y Universidad con el nombre de él. En general, en el Norte del Dpto. de San Miguel, hay una fuerte tradición relacionada con Barrios. Ciudad Barrios lleva su nombre; el pueblo de San Gerardo está bautizado así en homenaje a él. El departamento de San Miguel es cancha de Barrios, su territorio. De acuerdo con mi percepción.
En los años de 1951, estudié Plan Básico en la Escuela Normal de Maestros “Alberto Masferrer”, en el alegre barrio de Santa Anita, San Salvador. Siendo director el profesor y filósofo don Alfredo Betancourt Blanco, ejemplo vivo de la época dorada del magisterio nacional. Él era “masferreriano” de corazón y también masón. Esto último lo supe después ya que, por norma, los miembros de esta fraternidad no mencionan su filiación, sino solo por alguna razón. Interesante es esta como organización mística; como otras del mismo tipo, son discretos.
Durante la semana cívica en la Normal se enaltecía a los próceres, a Delgado, Arce, Cañas, los padres Aguilar y más. Barrios no figuraba entre ellos, pero había una especial referencia a él como fundador de las escuelas normales para maestros. Fue en este medio magisterial en donde supe un poco más de Barrios, como hombre de Estado y de progreso. No obstante, era una enseñanza extracurricular, no oficial. ¿Quiénes hacían esas frecuentes referencias? Algunos maestros de clase resaltando el hecho de que las sociedades obreras y artesanales, como La Concordia, se identificaban con él.
En el año de 1955, entré a la Escuela Militar, siendo presidente el coronel Óscar Osorio (1950-1956). En este medio, el asunto cívico era más exaltado; Manuel José Arce, fundador del Ejército, era la figura estrella. Él con el padre José Matías Delgado, quien dio el primer grito de Independencia, ocupaban el más alto pedestal. Y siempre, Barrios no figuraba en la pléyade del firmamento cívico, sino por separado. Era lógico pues su actuación, a mediados del S. XIX, fue años después.
Aun así, el homenaje a Barrios era estrictamente formal, sin pláticas adicionales. Se restringía a la conmemoración de su muerte el 29 de agosto de cada año, en la Plaza Barrios conocida hoy también como Plaza Cívica, centro de San Salvador. El gremio militar participaba en dicho acto más bien, que presidirlo; de esto se encargaban autoridades civiles. Una valla de cadetes y oradores, normalmente historiadores o civiles prestigiosos del momento, conformaban la ceremonia. Extrañamente, pocas veces eran militares los disertantes, pese a que, en el Círculo Militar, había pesos pesados del regio arte de las armas, con vocación pro-Gerardo Barrios.
En 1964, siendo teniente de infantería, recibí la clase de Historia Militar en la Escuela de Armas y Servicios, cuartel San Carlos; centro de estudios hoy desaparecido. Era un curso de ascenso para capitanes. Tal materia es de alto valor profesional y en tal ocasión, fue esencialmente práctico; tanto en el terreno como en el aula. Los resultados fueron buenos. El instructor de la clase era el entonces mayor Arturo Armando Molina Barraza, luego presidente de la República (1972-1977). Devoto de la historia militar, no perdía tiempo, discutíamos y, a la hora de sacar conclusiones, deberían ser originales, no ajenas. Esta experiencia fue excelente.
El contexto social y político, igualmente lo analizábamos, aunque breve, obteniendo una buena visión militar. Fue así como, los tenientes del curso, fuimos en excursión a lugares donde, en el pasado, se desarrollaron los más relevantes eventos militares nacionales. A Mejicanos, Co. Milingo, sitios de campañas militares de Arce. Especial atención pusimos a Barrios, pues los hechos en su época fueron al rojo vivo, repercutiendo en el país. Esto sería, sin duda alguna, debido al impacto de las reformas liberales que él encabezaba.
Visitamos la hacienda de Gualcho, Nueva Granada, Dpto. Usulután, viendo sobre el terreno la batalla en donde el general Francisco Morazán, dio una paliza al coronel Domínguez, de las fuerzas conservadoras. El propietario de la hacienda era el señor Víctor Perdomo, hijo de antiguos dueños de la hacienda quien, complacido nos atendió pasando con él gratos momentos.
La batalla fue el 6 de julio 1828, cuando Morazán procedente de Honduras, invadió a El Salvador en apoyo de la causa liberal que profesaba. Tácticamente, por el terreno y condiciones atmosféricas, Morazán estaba en desventaja y a pesar de ello, sorpresivamente atacó derrotando al coronel Domínguez. El resultado fue que Gualcho transformó al caudillo hondureño en un hombre de respeto pues, con anterioridad a esto, no lo tomaban muy en serio.
Lo más interesante del caso es que fue en este suceso cuando Gerardo Barrios Espinoza, un adolescente de 15 años, como mencioné en la Parte I, apareció en escena por vez primera, enrolándose en el “Ejército Protector de la Ley” de Morazán. Abrazó la causa liberal hasta su tránsito al otro mundo, el 29 de agosto 1865, cuando murió. Los tenientes de la Escuela de Armas estuvimos en el cerro de Las Arañas y el montículo cerca de la hacienda donde fue el zafarrancho. Estudiamos la batalla, pareciéndonos que, en las condiciones desfavorables del terreno y lluvias, fue un triunfo casi imposible.
La impresión que tal hecho me causó fue de que Barrios dejó sus bienes, que no eran pocos, el trabajo de campo y las propiedades de la familia por seguir la causa liberal y de unidad regional que lo inspiró. El interés por su fortuna pasó a segundo plano pues es de sobra conocido que, a él, dinero no le faltaba. En esa etapa inicial de su vida pública, después de Gualcho, combatió en las Charcas y San Miguelito (1829), San Salvador y Omoa (1832); Espíritu Santo (abr. 1839) y San Pedro Perulapán (sep. 1839). Siempre en primera línea como solía hacer, corriendo riesgos, pues no es misterio decir que en la guerra se camina siempre sobre el filo de una navaja.
Fue de esta manera como, en San Pedro Perulapán (25 sept. 1839), Dpto. de Cuscatlán, lo hirieron en una pierna al capturar, junto a la tropa que comandaba, el campanario de la iglesia, bastión de las fuerzas adversarias al mando del Gral. Francisco Ferrera. De esta herida en la pierna provino la cojera y uso de bastón, presentes en el resto de su vida. Barrios ostentaba el grado de teniente coronel, obtenido en combate, no por escalafón ya que este no existía.
Por último, menciono que, el 2 de febrero 1851, ostentando el grado de general, Barrios combatió en la batalla de La Arada, Chiquimula, Guatemala. Iba al mando de una de las tres principales columnas que atacó la posición guatemalteca cuyo jefe era el general Rafael Carrera. El resultado fue una derrota para la coalición El Salvador-Honduras, cuyo comandante general era el doctor Doroteo Vasconcelos, presidente salvadoreño y sin experiencia de combate.
Este hecho es celebrado, hoy en día, con bombo y platillo como triunfo sin igual en Guatemala. La verdad es que, La Arada, es un capítulo de especial resonancia, no solo en la historia guatemalteca, sino en el área, pues el resultado de dicha batalla contribuyó a que se asentara, regionalmente, la línea conservadora. Es un tema aparte.
Llegamos así a la batalla de Coatepeque, Teatro de operaciones Santa Ana-San Pedro Malacoff-Coatepeque-El Congo-Co. La Leona, al Occidente del país. El hecho ocurrió el 22, 23 y 24 de febrero 1863, durante la guerra El Salvador-Guatemala de ese año. Pocas veces en nuestras tierras, un suceso militar de esta clase ha durado tantos días. En la mayoría de los casos se han resuelto en un solo encuentro. En 1863, El Salvador, con Barrios al frente, liberal radical para sus adversarios, se había convertido en foco de la lucha regional.
En el corto tiempo de ejercer la presidencia como titular, ya que, anteriormente había sido ya presidente provisional en 1858, las reformas por éste decretadas afectaban, entre otros, a la iglesia católica, de gran influencia en el país, generando tensión de alto voltaje. El obispo Tomás Miguel Pineda y Saldaña, acérrimo crítico de Barrios, presidiendo la diócesis de San Salvador, lo acusaba de herejía y enemigo de la iglesia. Cuestiones difíciles, pero en aquel entonces ser acusado de “hereje”, era cosa seria. Resonaban todavía los grilletes de la Inquisición.
Ciertamente, éste había hecho juramentar al clero respeto a las leyes de la República, profundizando la separación iglesia-Estado, que era objetivo liberal. Produciéndose un choque más directo entre el Gobierno y la iglesia. La corriente que Barrios profesaba, para ser más exactos, era a nivel mundial no local; adoptada así mismo por liberales moderados y, aún sin opción posible, por los conservadores tradicionales. No había escapatoria, hechas por los unos o los otros, tales reformas estaban en la puerta, tarde o temprano llegarían. Hoy, aunque con imperfecciones, son parte del diario vivir. No obstante, en aquel tiempo fue un escándalo.
Carrera en Guatemala y Francisco Dueñas en el país, a manera de “quinta columna”, según general opinión, representaban los intereses conservadores más radicales en sus países respectivos. Mención aparte es decir que, entre interinatos y titularidad, Dueñas llegó a ser presidente de El Salvador siete veces. Estaba acostumbrado, en mi opinión, y no querría dejar. Chocó con Barrios que, a la vez, buscaba ejercerlo a su manera, más drásticamente.
Así las cosas, con motivo del plan conocido de Barrios de hacer una alianza con Honduras y Nicaragua, para la unidad Centroamericana, en febrero de 1863, el general Carrera invadió El Salvador y se armó la de San Quintín, es decir, la guerra. El motivo fue una excusa nada más o causa aparente para justificar. Las espadas estaban desenvainadas y cualquier cosa podía ser el pretexto. El plan de Barrios, de hacer la unión, a su vez, era cuesta arriba. Nicaragua no era su amigo, por el contrario, se alineaba con Carrera, mortal enemigo; por tanto, había que derrotar al gobierno de Nicaragua también y dos frentes abiertos, no era muy fácil la cuestión.
El principal choque militar de esta guerra fue en Coatepeque, iniciando de este modo, en aquellos años, la definición de las relaciones de poder por medio de las armas. La República en vez de monarquía, como nuevo régimen, era un avance notorio, aceptado a regañadientes por las fuerzas conservadoras más radicales; entre las que prevalecía la añoranza del viejo orden colonial. No conformes, el objetivo de estos fue siendo, poco a poco, la destrucción de Barrios que encarnaba lo contrario, el ideal liberal, digamos, más drástico.
Coatepeque fue una batalla dura militarmente, pero admirable. El resultado en favor de las fuerzas salvadoreñas comandadas por Gerardo Barrios podría haber sido decisivo. No obstante, en un conflicto bélico se juega una serie de factores, civiles y militares, el asunto es, por tanto, más complejo. Cada situación cambia continuamente y esto fue lo que sucedió en la guerra de 1863, variando el resultado sorpresivamente. ¡Veámoslo!
En el campo de batalla, Gerardo Barrios tuvo una gran previsión: escogió el terreno favorable y lo fortificó. Muy en especial, preparó al personal disponiéndolo al combate con el más alto espíritu de sacrificio. Imprimió con esto, el sello de su personalidad. Ante la superioridad numérica y de armas adversario, eligió una defensa en posición que fue una acertada decisión. Según nuestra apreciación. O sea que, fue una defensa flexible o elástica, llamada así hoy, con disposición a la maniobra y contraataque. ¡Necesita sangre fría y la tuvieron! Esta batalla es necesario verla bajo esta perspectiva, de mando, maniobra y flexibilidad; si no, la apreciación es incompleta.
Carrera tenía 6,500 hombres al llegar al Teatro Santa Ana-Coatepeque, pudiendo aumentar a 14,000 si quisiera. En cambio, Barrios 4,000 o 5000 combatientes, de acuerdo con las fuentes disponibles que difieren en datos. Milicianos en su mayoría, forma básica de operar en el Ejército salvadoreño de aquellos días. En otras palabras, la mayoría soldados movilizados para hacer frente a la agresión, no de planta o profesionales. El combate sería a muerte, sacrificio que las tropas salvadoreñas estuvieron dispuestas a realizar. Sangre y vidas quedarían allí.
Las fuerzas salvadoreñas, con alta moral, valga repetir, fueron conducidos por buenos jefes, en su mayoría con experiencia de combate. Sin disidencias manifiestas, actuaron con el objetivo de vencer y lo lograron. Se concede esta ventaja que no es gratuita ni obra de la casualidad; la página de Coatepeque fue escrita con el más alto espíritu militar, pocas veces visto en nuestras tierras. El liderazgo de Barrios, comandante general, fue de primera. ¿Cómo fue la batalla?
Rafael Carrera atacó el 22 de febrero 1863, en una maniobra de reconocimiento sin duda. No logrando nada, excepto identificar posiciones y la fuerza desplegada por Barrios. El día 23 atacó de nuevo buscando definir la batalla, seguramente, sin resultados otra vez. Subestimaba a su enemigo, seguramente, al que había vencido en La Arada, Guatemala (2 febrero 1851). Sin embargo, el combate en Coatepeque era de mayores proporciones; casi el doble de fuerzas que en La Arada y para Barrios, que había combatido en aquella, esta era una revancha. Ambos líderes se conocían.
El 24 de febrero, Carrera se dejó ir con todo esperando, con toda seguridad, ganar sin más cuento. El resultado fue el chasco de su vida, perdió inexorablemente. ¿Cómo y por qué? Un ataque en el centro efectuado por el general Santiago González desquició su dispositivo. Carrera lo rechazó acosándolo con mayor ferocidad. Y he aquí la clave de la cuestión, el ataque de González era una trampa o carnada para atraer sus fuerzas, sabiendo de su impulsividad, obligándolo de esta manera a dejar expuesto su dispositivo.
En efecto, así ocurrió. El costado Norte de sus fuerzas, por la vía de El Atajo, actual carretera a Santa Ana donde Carrera atacaba, quedó débil por completo volviéndose vulnerable. Entonces vino lo bueno, una maniobra de flanco contra esa debilidad, conducida por el general Eusebio Bracamonte, desbarató sus tropas haciéndolas huir en desbandada. Se salvó solo quien pudo (Ver plano de la Batalla de Coatepeque, etapa final. Copia de la Escuela de Armas y Servicios, Fuerza Armada de El Salvador, 1964).
La defensa de Barrios era en posición, pero, recuérdese, no inmóvil. Resistieron tenazmente y contra atacaron cuando convino. Esta táctica no era una novedad, se conocía bien. El mismo Carrera, había empleado algo similar en La Arada. Con todo, en ese momento fue una sorpresa y la trampa funcionó; Carrera cayó redondo. Tal triunfo, por tanto, fue hecho a pulso. Se insiste en esto porque, en verdad, no hay suerte en la guerra sino en contadas ocasiones. En este caso, hubo preparación, motivación y una buena conducción de Barrios demostrando don de mando; cualidad necesaria para una conducción exitosa. Los combatientes siguieron sus decisiones, aplicando el fundamental principio de la guerra llamado unidad de mando. Clave de esta victoria.
Es paradójico observar que la mayoría de los jefes subalternos en Coatepeque, generales Eusebio Bracamonte, Santiago González, Rafael Osorio, Mariano Hernández, Horacio Parker y Pedro Escalón, habían sido entrenados en 1825, por los instructores franceses Isidoro Sagett y Nicolás Raoul. Pudiendo ser considerada la primera promoción de oficiales graduada en el Ejército salvadoreño. Barrios, en cambio, se había formado en filas, normal en aquel entonces. No obstante, por interés propio y formación autodidacta, se había preparado debidamente incluyendo el fundamental arte de la guerra.
La batalla de Coatepeque, en conclusión, eleva el prestigio de Barrios militarmente. Entre los numerosos hechos de armas que en el S. XIX y XX, en El Salvador hemos tenido, Coatepeque es de primera. Pocos sucesos de esta clase pueden competirle, si acaso, la invasión que, viniendo desde Guatemala, realizó con audacia el general Fco. Menéndez contra Rafael Zaldívar, derrotándolo. Zaldívar se quería reelegir por tercera vez, tómese en cuenta. Casi sin medios, pero con alta moral, Menéndez le dio una soberana paliza dejándolo groggy; y triunfando el 22 de junio de 1885. Por eso y por su apoyo al magisterio cuando fue presidente, el día del Maestro se celebra ese día. Coatepeque es lo máximo en el campo militar, producido por las armas salvadoreñas hasta el día de hoy. Según es mi apreciación.
Después de la victoria, inexplicable fue la decisión de Barrios de apoyar al general Máximo Jerez para invadir Nicaragua. Abriendo un nuevo frente que es un mal negocio en la guerra, como antes comenté. Muy idealistas, querían unir de una vez por todas, a El Salvador-Honduras-Nicaragua en una Patria Grande. Cierto que Nicaragua era aliada de Carrera y abierta enemiga de El Salvador, pero para eso hay maneras. Hasta el más inexperto en cuestiones de estrategia y política, diría que consolidar el frente interno, que por sí no le favorecía, era la solución. No lo hicieron, lástima grande; crimen y castigo, tuvo consecuencias.
Jerez fue derrotado inevitablemente, trayendo aparejados reveses al por mayor. Entre estos, Rafael Carrera atacó de nuevo reabriendo la guerra; tenía armada una “quinta columna”. Así operaba él, obteniendo éxitos. El general Santiago González con los coroneles Francisco Chico, Pedro Escalón y otros, seducidos por el representante francés, Cabarrus, se sublevaron en Santa Ana facilitando el avance enemigo sobre la capital.
Afectó los planes de Barrios, ¿Cómo no? En octubre de ese mismo año resistió el sitio de San Salvador con tremenda desventaja. Fue valiente pero el mundo se le vino encima teniendo que escapar del sitio y, finalmente, al exterior. Aclaro que, la retirada o el escape, constituyen una maniobra militar legítima al no haber opción. No puede o no debe ser considerado como un acto de cobardía, en una sana doctrina, tal como algunas veces se han vertido opiniones sin conocimiento completo de la entera situación. Tomo el trabajo de mi parte, de dar esta explicación.
Barrios, en una visión más completa, puede verse con cualidades y defectos. Era un Ser humano sujeto a fallas como nosotros o las demás creaturas vivientes. Los comentarios de esta parte II, enfocan principalmente lo militar, basado en las fuentes de información más conocidas y los viajes de estudio que, en 1964, efectué con mis compañeros de armas al lugar de los hechos. Conocimos lo fundamental de estas campañas militares. Desde el ángulo militar, concluyo, es justo concederle méritos a Gerardo Barrios Espinoza.
La batalla de Coatepeque es el más brillante hecho de armas ocurrido en tierras salvadoreñas. No me atrevo a meterme con el área, porque no conozco al detalle cada una. Pero si me atrevo a afirmar que, aún en el ámbito regional, brillaría. Lo que ocurre es que nosotros, incluyendo el ámbito militar, no la conocemos debidamente; aparte de que no la hemos sabido apreciar; sino solo referirla de pasada en escritos o mención ocasional.
Está bien documentada por Gregorio Bustamante, excelente historiador. La victoria fue hecha sobre la base de una correcta preparación y sacrificio. No pudiendo atribuirse nada de esto a la “suerte”. No fui un “barrista” en mis años de servicio militar, pues en esta historia, no llegué a profundizar; mi interés ha sido en los últimos años. Sin embargo, me satisface plenamente explicar lo que sé.
Además de Bustamante, otras fuentes de información son Pedro Zamora Castellanos, José Dolores Gámez, Emiliano Cortez. Los dos tomos escritos en 1965 por Ítalo López Vallecillos, Gerardo Barrios y su Tiempo, que es una investigación completa. Sin desestimar, Gerado Barrios entre el mito y la Historia del doctor Carlos Gegorio López Bernal, la más reciente publicación sobre el tema. Hacía falta una obra crítica así de amplia.
Algo anecdótico es que, el coronel Molina Barraza, antes de su fallecimiento el 19 de julio 2021, me expresó en varias ocasiones pormenores de su experiencia militar y presidencial. Lo agradecí infinitamente. Antes de ser militar, comentó, él recibió clases de historia en el Instituto Fuentes con el doctor Reynaldo Galindo Pohl. Y fue él quien llevó en excursión a sus alumnos, Molina incluido; fueron a Gualcho, San Pedro Perulapán y Coatepeque, conociendo al detalle la historia de Gerardo Barrios. Motivado por lo anterior, Molina incluyó las mismas excursiones en la clase de historia militar que, en 1964, dio en la Escuela de Armas y Servicios.
Galindo Pohl pertenecía a la fraternidad masónica de El Salvador; el coronel Osorio, presidente de la República, y otros en su gabinete del que formó parte Galindo Pohl, eran masones. Homenajearon a Gerardo Barrios quien, en su tiempo, fue también masón. Esta información generalmente no es pública, sino discreta. El profesor Humberto Perla Flores, en sus clases del Instituto Nacional “Fco. Menéndez”, hablaba a sus alumnos una y otra vez sobre Barrios haciendo consciencia. Son ejemplos de una espontánea promoción.
De esta manera natural, opinaría yo, en el campo civil más que el militar, se ha mantenido viva la memoria del héroe. Insisto en esto porque es mi impresión, lo conocí. Fui uno de los cadetes que fue a hacer valla al parque Barrios, los 29 de agosto. Lo dicho anteriormente es importante porque se relaciona con el misterioso mito de Barrios; interrogante que, en verdad, flota en el aire en la actualidad exigiendo de nosotros las mejores respuestas. Tema por tratar en la tercera y última parte de este escrito, porque el de ahora, ha terminado.
BATALLA DE COATEPEQUE – PLANO DE OPERACIONES. 24 febrero 1863 – Maniobra de flanco – Etapa final. Apuntes de Historia Militar – Escuela de Armas y Servicios, Fuerza Armada de El Salvador, 1964.
