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Democracias que infundan esperanza.

 Por: Pacifico Chávez.

La crisis de las democracias contemporáneas en muchos países es innegable. Hay un fenómeno en crecimiento que esta instalándose poco a poco: las autocracias, como palabra en modo diplomático, dictaduras, en modo llano y realista.

Para contrarrestar este fenómeno los partidos políticos en particular, deben ir más allá de la contienda electoral, mas bien se trata de encarnarse en la vida de las personas, especialmente de aquellas que viven afuera de los márgenes de la sociedad, casi o totalmente invisibles. Estas personas llevan mucho tiempo esperando ser invitadas al gran banquete del desarrollo, porque quienes han tenido el poder nunca las han convidado.

Cuando se ocupa el verbo encarnarse, hay que entenderlo como la acción de introducirse, mezclarse, unirse a la realidad que viven las personas en condiciones de desventaja para desarrollarse plenamente.

La magnitud de las crisis democráticas exige una encarnación por parte de los que gobiernan, que debe comenzar en las comunidades locales mas pobres, mediante una renovada integración en la dimensión económica y política.

En el plano económico hay que reconocer que la visión del libre mercado por si solo no ha cumplido ni cumple sus promesas, sino que ha generado inseguridades, desbalances y necesidades sin atender en muchas comunidades.

El fracaso deriva en buena medida por considerar el comercio como la solución a todo y las autocracias profundizan aun mas este problema porque jamás se encarnan, porque su vida depende de crear mundos de fantasía a través de una intensa propaganda, resolviendo solo aquello que les puede ayudar en su narrativa de salvadores.

Este proceso de encarnación que propongo, comienza en las comunidades mas empobrecidas, mediante iniciativas de formación política y profesional dirigidas a quienes viven en esas periferias olvidadas, despertando interés, liderazgo, involucramiento. Cuando las personas disponen de una formación que les da criterio y participación, recuperan su dignidad y pueden ocupar su lugar en el gran banquete del desarrollo al que siempre debieron estar invitados en primer lugar.

Las democracias deberían preguntarse cómo pueden generar un sentido auténtico de participación. Así como el gran banquete solo puede tener lugar gracias a quienes salen al encuentro de las personas allí donde se encuentran, también las democracias deben desarrollar nuevas formas de relación con los ciudadanos. Esto implica innovar los mecanismos institucionales de los partidos políticos en primer lugar para promover competencias cívicas.

En el centro de la innovación de las instituciones públicas debe estar la necesidad de hacer que las democracias sean realmente sensibles a las necesidades de las personas. Para muchos ciudadanos, el principal problema es la escasa eficacia de los canales de participación: aparte del voto, no saben a dónde van a parar sus aspiraciones ni si producen efectos. Para que la democracia se encarne de verdad, la participación debe realizarse, las autocracias jamás fortalecen la participación ciudadana no les conviene y mucho menos si esa participación cuenta con ciudadanos bien formados, con criterio propio, a las autocracias solo les interesan fanáticos que griten y aplaudan cuando se les indique.

Establecer mecanismos de consulta pública regulados por procedimientos claros y acompañados por la obligación, por parte de las autoridades, de dar respuesta, eso debe comenzar en los partidos políticos que compiten por el poder, deben dar ejemplo claro de lo que pueden hacer al gobernar.

Otra es la protección de los ciudadanos que expresan pacíficamente sus opiniones políticas, salvaguardándolos de intimidaciones, chantajes, insultos y del uso abusivo de instrumentos seudolegales para silenciar las críticas. En conjunto, estas innovaciones pueden permitir a los jóvenes acceder al gran banquete sin tener que atravesar un campo minado.

Al mismo tiempo, es necesario cultivar las competencias cívicas, especialmente en las comunidades locales desfavorecidas. Para los jóvenes económicamente vulnerables, el compromiso político nace de prácticas cotidianas y concretas: momentos de diálogo sobre cuestiones públicas en contextos residenciales, religiosos y educativos; procesos de acompañamiento que ayuden a formular sus propias aspiraciones; formas de activismo arraigadas en el territorio. Todo esto crea espacios que permiten a los jóvenes no solo expresarse, sino también ser escuchados. Con esta seguridad y con competencias cívicas adecuadas, los jóvenes pueden participar en el gran banquete con la dignidad de ser «protagonistas del cambio»

En el centro de esta nueva forma de hacer política no debe haber solo procedimientos formales, sino personas presentes, implicadas y reconocidas en su dignidad. Se trata de construir una democracia que permite a todos prosperar y, al hacerlo, infunde esperanza también en los más pequeños. Con este aliento de esperanza, quizá los más jóvenes puedan afirmar: «Debería hacer oír mi voz. Mi vida cambiará, hay esperanza para mi y los míos».