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El Síndrome de Santo Tomás en la sociedad salvadoreña. «Ver para creer, sentir para reaccionar».

Por: Miguel A. Saavedra.

En el país del ‘no te metas, el silencio no te protege; solo te pone al final de la fila.

El Salvador vive hoy bajo una premisa peligrosa: Hasta no ver, no creer. O peor aún: «hasta que no me pase a mí o a los míos, no existe».En estos días, El Salvador ha sido sacudido por una serie de revelaciones que deberían perforar cualquier burbuja de complacencia. Informes internacionales de organismos como WOLA, Human Rights Watch, Amnistía Internacional y un grupo de juristas independientes (GIPES) presentado ante la CIDH documentan patrones sistemáticos de detenciones arbitrarias masivas (más de 89.000 personas bajo el régimen de excepción).

Sendos informes documentan una práctica sistemática, atribuible al Estado que evidencia :torturas, desapariciones forzadas (al menos 540 casos documentados), muertes en custodia (403 hasta agosto de 2025, incluyendo niños) y tratos inhumanos en las cárceles. Se habla incluso de posibles crímenes de lesa humanidad.

Al mismo tiempo, reportajes de investigación de medios como El Faro, ProPublica y PBS Frontline han expuesto presuntos pactos entre el gobierno y cabecillas de la MS-13 a cambio de reducción visible de homicidios, apoyo electoral y la lógica perversa de “sin cuerpos no hay delito”. Y como remate, el juicio en Nueva York contra líderes de la pandilla promete sacar a la luz declaraciones que validarían lo que el periodismo en el exilio ya ha documentado durante años.

¿La reacción mayoritaria del pueblo? Silencio, negación o un cómodo “todo va bien”. La narrativa oficial paz absoluta, Singapur centroamericano, cualquier exceso es “error involuntario” o daño colateral justificado sigue dominando. Prevalece el mantra: “Mientras a mí no me pase nada, qué me importa”. O el clásico “el que nada debe, nada teme”. Y el más inmovilizador de todos: “machete, estate en tu vaina”.

La Doña Florinda salvadoreña : El espejo roto de la vecindad
Hay una actitud colectiva que duele mirar de frente porque nos devuelve, como en un espejo roto, el personaje de Doña Florinda. Esa vecina que camina por la vecindad , camina con la nariz levantada, sin ser rica ni verdaderamente poderosa, trata a los demás con desprecio llmandoles «chusma» ,solo por no compartir su misma ilusión de superioridad.

Existe un espejo roto que refleja una actitud dolorosa: el complejo de Doña Florinda en la sociedad salvadoreña actual, esta figura no vive en una vecindad mexicana de los setenta. Vive en miles de hogares salvadoreños, en el campo y la ciudad (aunque no en todas), en chats familiares de WhatsApp, en redes sociales , en la mesa familiar y hasta en la misa o culto del domingo. Es un complejo de superioridad sin sustento, una apariencia falsa que se alimenta del desprecio al prójimo.

Es el tío, la cuñada, el hermano o la misma madre que, sin haber mejorado sustancialmente su calidad de vida, mira con desprecio al vecino que se atreve a cuestionar al gobierno. Defiende con ferocidad su pequeño privilegio de “no ser molestado”, negándose a reconocer que, a pesar de su apoyo incondicional al partido oficial y a su presidente, su realidad sigue igual o peor. Se aferran a la identidad de ser «seguidor y votante», un privilegio tan frágil y volátil como un tuit oficial.

El que piensa distinto ya no es simplemente “equivocado”: es un “terrorista”, un “defensor de pandilleros”, alguien que merece el CECOT aunque nunca haya empuñado un arma. Basta que un influencer o un youtuber lo señale para que la maquinaria del odio se active: “Que lo metan preso”, “que le apliquen el régimen”, “bien merecido lo tiene”.A este fenomeno los académicos, con su lenguaje pulido, lo llaman canibalismo de clase o insolidaridad estructural.
Nosotros, con menos diplomacia y más crudeza, lo llamamos lavado mental colectivo: un miedo convertido en resentimiento, una conveniencia disfrazada de patriotismo y una propaganda tan eficaz que ha logrado que la gente común aplauda la represión contra su propio pueblo, siempre y cuando la bota no les apriete todavía el cuello a ellos.

El resultado es desgarrador donde  gente del mismo pueblo que se mira con desconfianza mutua, que se delata,  mientras el verdadero poder ese que sí es rico , arrogante y sí es peligroso se consolida día a día sobre la división y el silencio de todos.Mientras tanto, el verdadero poder ese que sí es rico, que sí es arrogante y que sí es peligroso se consolida día a día sobre la división y el silencio de todos.Sin querer queriendo o quizás con toda la intención, estas personas terminan haciéndole el juego al poder. 

Se vuelven presas fáciles de una manipulación que rinde frutos amargos: la gente contra la gente. Es la actualización criolla del Homo homini lupus, el hombre es el lobo del hombre; han creado una jauría ciudadana que en persona o en redes muerde al vecino y al que no conoce , mientras el domador observa desde la comodidad de su trono mediático se rie de su manipulación.

La pregunta queda en el aire: ¿Qué pasará cuando la ilusión de superioridad se rompa y Doña Florinda descubra que, para el poder, ella siempre fue parte de la «chusma»?Y ni siquiera la vuelven a ver , sino hasta cuando haya nuevas elecciones y necesiten su voto ,¿Te identificas con este sentimiento o has visto a esta «Doña Florinda» en tu entorno?

El pacto invisible: obedecer para no ser tocado

En El Salvador se ha instalado un acuerdo no escrito, una especie de contrato silencioso que muchos aceptan sin cuestionar: no meterse, no opinar, no incomodar. No hace falta que alguien lo imponga de forma explícita; se aprende, se percibe, se replica. Es una lógica sencilla, casi intuitiva: si no hago ruido, si no me expongo, nada debería pasarme.

A primera vista, parece una postura prudente. Incluso racional. En un entorno donde el poder se percibe fuerte y omnipresente, la discreción se convierte en una forma de autoprotección. Pero esa aparente sensatez encierra una trampa: confunde la ausencia de conflicto con la existencia de seguridad.

Cerrar los ojos no es neutral , es una postura,una elección silenciosa pero poderosa.Porque mientras se decide no ver…otros deciden por todos.¿cuánto tiene que pasar para que deje de ser ajeno?, mientras  la regla sigue siendo,“hasta que me toque a mí”…entonces el problema no es solo el poder.Es la indiferencia convertida en norma.Y es en este punto donde el llamado Síndrome de Santo Tomás deja de ser una simple actitud individual y se convierte en una práctica social.

Y no son lo mismo.

La historia en distintos tiempos y contextos ha dejado claro que el silencio no protege; apenas aplaza. Es una tregua frágil, condicionada, que depende de no cruzar líneas que muchas veces ni siquiera están claras. Hoy no pasa nada… hasta que pasa.

Pero lo más revelador de este pacto no es su existencia, sino su alcance. No es una conducta aislada ni exclusiva de un sector. Se ha convertido en una práctica transversal.Pues tanto lo asume el gran empresariado y también el pequeño comerciante que solo quiere “seguir trabajando”. Lo adoptan instituciones que, por su naturaleza, deberían ser contrapeso incluidas iglesias que terminan administrando silencio y se quedan en complacencia conveniente ,disfrazada de prudencia, aun cuando su propio mandato moral apunta en sentido contrario.

Tambien reproducen esta logica no tan lógica: profesionales, resignación de los mismos lideres sociales y, por supuesto, el ciudadano de a pie , que prefiere verla pasar…cada quien, desde su lugar, hace el mismo cálculo: no confrontar, no arriesgar, no destacar;no es necesariamente cobardía. Es, en muchos casos, una forma de conveniencia táctica. Una manera de sostener el “mientras tanto”: mientras el negocio funciona, mientras no hay inspecciones, mientras no haya traba o trampas legales, mientras la vida sigue sin sobresaltos visibles.

El problema es que ese “para mientras” se vuelve permanente.Y así, lo excepcional callar ante lo cuestionable se normaliza. Se convierte en regla de convivencia. En código implícito. En cultura operativa.El pacto invisible deja entonces de ser una reacción al contexto y pasa a ser parte del contexto mismo.Y cuando todos juegan bajo esas reglas, el silencio deja de ser individual…y se vuelve sistema colectivo.

La realidad detrás del espejismo y los números duros contradicen el paraíso prometido:

Deuda pública: Una de las más altas de la región, superando el 89% del PIB a finales de 2025 y sigue en ascenso. El pago de la deuda que limita inversión real en salud, educación e infraestructura. Arrrastran una deuda externa ,casi impagable más de 34 mil millones de dólares y creciendo cada martes, con más préstamos aprobados en la Asamblea de «Puyabotones».

Crecimiento económico: El más bajo de Centroamérica en los últimos años, con exportaciones débiles y una inversión que no despega al ritmo de la región.Y esto a pesar de venderse como el pais mas seguro del hemisferio occidental, los inversionistas serios , no se tragan el cuento, si no hay certeza y seguridad juridica.

Pobreza: Cientos de miles de familias en situación crítica. La pobreza extrema ha fluctuado, pero datos recientes muestran retrocesos alarmantes en comparación con picos previos, con más de 500.000 personas en extrema pobreza en 2025, sgun estadisticas  del mismo censo del BCR , en la encuesta de hogares realizada por la ONEC(Oficina Nacional de Estadistica y Censos).

Educación: Miles de laptops y tablets repartidas, sí. Pero los resultados en calidad educativa siguen en el sótano regional (PISA y pruebas nacionales lo confirman: alto porcentaje de estudiantes sin competencias básicas en matemáticas, lectura y ciencias). Tecnología sin formación crítica ni contexto solo genera consumidores pasivos de contenido oficial.

Y que decir del sistema precario de salud ,del sistema previsional y de pensiones sin fondos a punto de quiebra.

¿Este es el “Singapur” que se promete? El milagro economico ,prometido no aparece y solo es un espejismo sostenido por miedo y redes sociales.La fórmula de «medicina amarga» sigue funcionando: un pueblo cohibido, hablando bajito, con una conciencia reprimida que reclama por lo que ocurre ,pero  que se opta por la corriente del que manda. Porque ese que manda puede reprimir en cualquier momento si se le antoja. Pareciera que el estoicismo salvadoreño, esa capacidad histórica de aguantar se ha convertido en anestesia voluntaria.

El verdadero poder dormido del pueblo salvadoreño no está en las urnas manipuladas ni en los likes de propaganda. Está en recuperar la capacidad de ver, analizar y actuar antes de que el “hasta no ver, no creer” le suceda el “ya me pasó, y es tarde”.

Expertos independientes del Grupo GIPES, han concluido que existen bases razonables para creer que se están cometiendo crímenes de lesa humanidad según el artículo 7 del Estatuto de Roma. Lo que en el país se vende como “errores involuntarios” o “daños colaterales” necesarios para la paz, afuera se lee como un ataque generalizado y sistemático contra la población civil: encarcelamiento masivo sin debido proceso, persecución selectiva y un CECOT convertido en símbolo de degradación humana.

Hasta cuándo
El Síndrome de Santo Tomás salvadoreño «hasta que no me toque a mí»ya no es mera ingenuidad , es una estrategia de supervivencia convertida en cultura. Mientras la justicia nacional sigue de vacaciones y huelga permanentes, con un sistema judicial domesticado y una Asamblea que renueva el régimen de excepción como quien paga la luz, el foco se desplaza inexorablemente hacia la Corte Penal Internacional.

Expertos del GIPES han documentado patrones que, bajo el Estatuto de Roma, configuran posibles crímenes de lesa humanidad: detenciones masivas arbitrarias, torturas, desapariciones y un CECOT erigido en símbolo de degradación sistemática. Lo que aquí se vende como “daño colateral” necesario para la paz, en La Haya se lee como ataque generalizado contra la población civil.

Pero el verdadero problema ya no es solo el poder. Se nos ha metido en la sangre. Se volvió estructural y cultural: una indiferencia cómoda que normaliza lo inaceptable. Cuando la indiferencia se vuelve norma, las torturas dejan de escandalizar y se convierten en ruido de fondo. Lo excepcional se vuelve cotidiano.

¿Cuánto tiene que pasar para que deje de ser ajeno? Mientras sigamos esperando nuestro turno para abrir los ojos, la bota seguirá pisando más fuerte… hasta que ya no quede nadie fuera de su alcance.Y el grupo del poder avanza sin resistencia.

Aunque la justicia local parece cerrada a cal y canto, las demandas no han desaparecido: han cruzado fronteras. Lo que no encuentra respuesta dentro del país empieza a buscarla fuera. En ese escenario, instancias internacionales como la Corte Penal Internacional asoman como una puerta apenas entreabierta. No es garantía, ni solución inmediata… pero es señal de que la presión no se extingue.

Cuando el poder intenta imponer silencio diciendo “machete, estate en tu vaina”, es decir, “no te metas”, está tratando de contener una fuerza. Pero cuando ese “machete” finalmente sale, rompe la orden y deja de obedecer. En ese momento, ya no distingue bien a quién hiere , incluso puede terminar alcanzando a quien antes le exigía callar.

Tanto va el cántaro al agua qe al fín se quiebra ,decían las sabias abuelas:La pregunta sigue en el aire: ¿hasta cuándo?.