NO SE LO MERECEN.
POR: MIGUEL BLANDINO.
Dicen que todos los pueblos se merecen el debido respeto. Que no son responsables de lo que hacen sus gobernantes.
Bueno, pienso que eso aplica en muy escasos lugares, como aquellos en donde por la fuerza de las armas del ejército una monarquía absoluta o una tiranía han sentado sus reales: la monarquía de Mohamed VI de Marruecos, o la tiranía de Ahmed Awad Ibn Auf -sucesor del tirano anterior Omar al Bashir- de Sudán.
Pero supongo que no es el caso de aquellos lugares donde las personas con derecho al voto se acercan a la urna y depositan alegremente su voto para elegir al peor. Y hasta presumen de simpatizar personalmente (“yo y toda mi familia”, dicen con mucho orgullo) al elegido, y hasta adorarlo como el ungido de Dios -sobre todo los cristianos sionistas-.
Estos ciudadanos sí que son absolutamente responsables de los crímenes que cometen también en su nombre los gobernantes.
Son culpables de todo lo que le pasa a cada persona que sufre de privación ilegal de la libertad en una cárcel siendo inocente; de todo el sufrimiento indecible del que soporta la tortura, de la sádica humillación a que es sometido el hombre o la mujer que es víctima de violación sexual, de la inocencia perdida de los niños encarcelados solo por ser pobres; son causantes del miedo de los que son dejados en el hacinamiento de una mazmorra sin atención médica hasta morir (esos infelices que susurran no me quiero morir con su último aliento); en fin, son responsables del renacer de la esclavitud de los que son llevados a trabajar como esclavos para que el gobierno ahorre el costo de la mano de obra y el dinero presupuestado sea “redirigido” a la cuenta familiar del grupo que lo controla todo; son cómplices de quien ordena desaparecer a los desaparecidos; son socios de los que pagan a los enterradores de los que están enterrados en una fosa común en un cementerio clandestino, y que hacen sufrir la peor tortura psicológica a la familia de ese muerto.
Esos ciudadanos no se merecen ningún respeto ni ninguna consideración porque son tan causantes de todo como el que más.
El que aprueba la ley o el que ratifica con su firma el decreto y lo manda publicar es tan culpable como el que desde la soberanía popular le delegó todo el poder para hacer su voluntad en nombre del pueblo.
La familia bukele, por ejemplo, con una sonrisa sardónica y satánica suelen decir “el pueblo aprueba lo que hacemos, porque para esto fue que nos da sus votos”.
Lo mismo dicen Trump, Netanyahu y su perrito fiel Milei. Y son millones de ciudadanos los que están de acuerdo con todos sus actos sucios, de criminales sanguinarios despiadados.
Pero también son cómplices los cobardes. Los que con plena conciencia de todo lo reprobable de la conducta de los que tienen el poder, solo miran para otro lado y se hacen los que ni es con ellos ni les importa, mientras no los toquen directamente.
Igualmente son parte de la horda criminal los aprovechadores, los que como quien no quiere la cosa, también sacan partido, como los gremios de abogados penalistas y hasta los que sin serlo están sacándole hasta lo último a las familias de los presos, con la promesa de liberarlos. O los médicos que están sacando su tajadota del enfermo desesperado (cliente, que no paciente), que se quedó sin hospitales públicos ante la privatización embozada.
O las asociaciones de los ingenieros y arquitectos que no cuestionan de quién es el dinero de los proyectos inmobiliarios que están despojando de sus terrenos y casitas a comunidades pobres para levantar edificios en la nueva Dubai de los bukele.
Esa ciudadanía y esas asociaciones de profesionales no merecen ninguna clase de respeto porque su comportamiento no es ético y despoja de su dignidad a la mayoría de la gente.
Pero, tal vez, no estoy seguro, lo peor de toda esa ralea son los ministros de todas las iglesias que respaldan al bukelismo o al trumpismo con sus oraciones y pedimentos al ser supremo para que les permita cumplir todos sus deseos de concentración del poder y toda su ambición de acumulación de riquezas.
Pero existe una pequeña porción de la sociedad que con toda justicia merece respetos, por su valentía, porque sin duda ni temor dejan clara su oposición y denuncian al injusto.
A ellos me dirijo para hacerles saber de mi infinita gratitud y gran admiración.
A ellos quiero recordarles que los inconformistas, los rebeldes y los desobedientes nunca fuimos mayoría, pero hicimos mejor a la sociedad, le dimos nuestras ideas y las empujamos a nuevas alturas de humanización.
Somos la sal de la vida, somos los que le damos sabor y hacemos la diferencia.
Somos poquitos ¡Y qué!
