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GUERRA. El ataque contra Irán extiende el conflicto a toda la región.

La escalada se veía venir. Irán va a defenderse en serio. Y aún hay muchas bazas que a ninguna de las partes le conviene que se empleen, tanto a nivel político como militar, pero unos se están empujando a otros. Empezando por Israel

Por: Alejandro López.

Ya está aquí la guerra. Y otra vez se vende como “preventiva”. Traduciendo a la realidad, una vez más Israel decide cuándo se da comienzo a las hostilidades en Oriente Medio. Estados Unidos e Israel han atacado conjuntamente a Irán. Furia Épica es el nombre escogido por Estados Unidos para lanzar sus golpes contra la República Islámica. Israel ha apostado por el Rugido del León. Nombres grandilocuentes para cubrir la agresión que siempre se acaba repitiendo en Oriente Medio.

Siguiendo los acontecimientos vividos en junio de 2025, la dupla entre Israel y Estados Unidos ha decidido retomar la guerra contra Irán, pero esta vez sin ánimo temprano de desescalada. Los ataques han ido dirigidos de forma directa al estadio más elevado que se contemplaba en la última contienda.

Mientras en la Guerra de los Doce Días veíamos la escalada unilateral por parte de Israel, asesinando a importantes nombres del sector militar, perfiles políticos, atacando al programa científico y destruyendo infraestructuras clave de defensa. En esta ocasión se va mucho más allá.

Ya no son Irán y Estados Unidos los que realizan ataques limitados con el ánimo de desescalar, fijando así la responsabilidad de su continuidad en Israel. En 2026 tanto Irán como Estados Unidos han apostado por un enfoque mucho más firme. Los ataques estadounidenses han apuntado a una rendición completa de Irán como objetivo.

En concreto el comienzo de la guerra se ha dirigido a puntos clave tanto a nivel político, en concreto sobre edificios gubernamentales, como a nivel militar. También se está poniendo el foco en infraestructuras clave en grandes ciudades como puertos, oficinas y capacidades de Defensa.

Pero cuando se exige la rendición es porque los objetivos son mayores. La eliminación de las redes de socios iraníes en todo Oriente Medio pasaba por una cesión de Teherán a la que no estaban dispuestos. Negociar el acuerdo nuclear llegando tan lejos como la concesión de la hegemonía en todo Oriente Medio era equivalente a facilitar a Tel Aviv y Washington un posible cambio de régimen en Irán.

Era evidente que si se presionaba a Irán a ceder en todos estos aspectos, incluyendo también su programa de misiles, se iba a encontrar ante un punto en que no podía permitirse ceder más. El propio mediador durante estas semanas, Omán, ha informado pocas horas antes del ataque que Irán sí se había abierto a eliminar todo su programa nuclear. Por lo tanto empujar a Teherán hacia la disyuntiva entre la rendición o el combate, ya no cabría la desescalada que vimos en 2025.

La diplomacia en esta ocasión iba orientada casi desde el principio a la propia guerra. Y la mayor evidencia es que se empleó el pretexto de las protestas. Se canceló el estallido en el mes de enero para llevar más capacidades militares a la región, previendo una respuesta iraní mucho más dura que en el último conflicto. Por ello durante varias semanas se dio una oportunidad a la diplomacia, lanzando mensajes de que el desarrollo era prometedor e incluso positivo, pero según se acercaba un entendimiento, había que torpedearlas añadiendo demandas.

Cuando no se quiere llegar a un acuerdo, es relevante sostener el discurso contrario y abrirse a la negociación, pero se imposibilita cerrar nada. Igual que cuando Israel negociaba torpedeando constantemente las negociaciones con Hamas. No se quería llegar a un acuerdo porque implicaba renunciar a la guerra.

El conflicto estaba decidido pero había que transformar el discurso en un paripé. Estados Unidos iba a apostar por alta intensidad desde el principio, sin un golpe simbólico que abriese la puerta a negociar

En las primeras horas tras la llegada del portaaviones Gerald Ford se hizo evidente que el ataque sería inminente. De repente de las negociaciones emanaban reportes de frustración. Incluso los perfiles menos favorables a enredar a Estados Unidos en un conflicto prolongado como el vicepresidente JD Vance señalaban que la guerra podía ser una opción.

El conflicto estaba decidido pero había que transformar el discurso en un paripé. Pero Estados Unidos iba a apostar por alta intensidad desde el principio, sin un golpe simbólico que abriese la puerta a negociar. La cuestión es que podía no ser viable lograr los objetivos israelíes y estadounidenses a través de una operación quirúrgica.

Asimismo, para Washington es crítico conservar recursos. Una guerra en Irán favorece el empantanamiento estadounidense en Oriente Medio. De ahí el interés de países como Rusia o China en que Irán se encuentre preparado para el desgaste. Por ejemplo se ha visto un acuerdo reciente a nivel armamentístico con Moscú y la publicación de imágenes de satélite chinas sobre las capacidades desplazadas por Estados Unidos.

Irán sabia a dónde quería apuntar. Y tampoco se ha contenido. En esta ocasión desde el primer momento se han dirigido las represalias contra instalaciones de Estados Unidos en toda la región. Washington tiene bien asentada su estructura bélica en Oriente Medio.

A la salida que emprendieron de Siria e Irak se debe sumar una evacuación parcial de personal de algunas de sus bases en el Golfo Pérsico. Y ahí es donde se han dirigido los ataques iraníes. Se han visto impactos en Bahréin, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes. Los reportes rápidamente se extendieron a Jordania. Aunque algunos aseguraban haber interceptado proyectiles o no confirmaban la información, los intercambios prometían durar días, así que lo relevante era ver que casi todos los países del Golfo se habían convertido en objetivos si albergaban capacidades estadounidenses. De hecho, Arabia Saudí ha propuesto la utilización de sus capacidades para defender a sus vecinos árabes.

Asimismo, se reportó que los hutíes yemeníes podrían retomar sus ataques en el Mar Rojo y, evidentemente, también se vieron impactos directos en Irán y ataques dirigidos contra buques estadounidenses. Israel, además de lo comentado, ha apuntado sobre Irak, donde se extiende parte de la influencia directa iraní en la región. Pero también se habría atacado el Kurdistán iraquí desde Irán como muestra de la división de influencia regional en Irak.

Sin duda el estallido estaba decidido. El presidente Donald Trump vendió que buscaba “defender al pueblo americano de las amenazas iraníes”. Algo similar llegaba desde Israel, “un ataque preventivo para eliminar amenazas”. Irán, que lleva años en la mesa de negociación para retomar un acuerdo nuclear que rompió Estados Unidos durante el primer mandato de Trump, es el que representaba la amenaza para un país lejos de su alcance y que sí tiene bases y equipos apuntando contra Teherán.

La retórica es evidente. La escalada se veía venir. Irán va a defenderse en serio. Y aún hay muchas bazas que a ninguna de las partes le conviene que se empleen, tanto a nivel político como militar, pero unos se están empujando a otros. Empezando por Israel. Y esta vez con la decisión de Donald Trump a la cabeza.