Inicia el año 8. El cambio era una máscara; el sistema es el mismo.
Por Miguel Saavedra.
La nueva farsa salvadoreña: el sistema que prometió un nuevo país ,derribando el pasado;ahora convertido en su fiel heredero .
Prometieron dinamitar el viejo edificio político salvadoreño; prometieron, con la arrogancia de los que se creen elegidos, barrer hasta el último vestigio de “los mismos de siempre”. Ese fue su primer truco de magia: hacernos creer que cambiar rostros era lo mismo que cambiar estructuras.
Ocho años después, la pregunta ya no es si son diferentes. La pregunta, más bien, es: ¿qué es lo que no han replicado y aumentado?
Lo que hoy presenciamos no es una ruptura, es un perfeccionamiento. Quienes llegaron al poder agitando la bandera de la pureza terminaron superando a sus predecesores, pero con una actualización técnica: ahora lo hacen con mejores cámaras, bases de datos masivas y algoritmos que no conocen la ética. Se han ganado, con creces, el título de «lo peor de lo que ya teníamos», potenciado y elevado a la enésima potencia.
La historia política de El Salvador sufre de una costumbre obstinada:
Cambia el envoltorio, pero mantiene el contenido, maquilla la estética, pero recicla los mismos vicios, se cambia el color de la bandera, pero perfecciona las mismas inercias.El nepotismo, la opacidad absoluta, la concentración obscena del poder y el saqueo a las arcas del Estado no han muerto. Simplemente se han digitalizado. No han venido a construir algo nuevo sobre las ruinas; han venido a instalarse en ellas, a pintar las paredes con colores brillantes y a cobrarnos el alquiler más caro de nuestra historia democrática incipiente,pero que resolvía.
Mientras tanto, la ciudadanía vive en una anestesia inducida. Casi la mitad del electorado se abstiene, hastiada; la otra mitad navega en un mar de propaganda segmentada donde el impacto emocional ha desplazado por completo a la deliberación pública.
El partido oficialista Nuevas Ideas,también se concentra la capacidad de distribuir recursos, narrativas y lealtades.Con 38 de los 44 distritos(86%) bajo administración oficialista, el mapa político salvadoreño se parece menos a la competencia democrática y más a una arquitectura de concentración territorial.
El viejo clientelismo era rudimentario: repartía láminas, cántaros de plástico en la puerta de las casas y fertilizantes en las plazas y casas comunales. El nuevo clientelismo es sofisticado: reparte luces, renders de obras inconclusas y una narrativa de odio fabricada con el dinero del presupuesto nacional.
Ya no son la esperanza de un país nuevo. Hoy, ellos ya son la nueva historia, sencillamente, «lo peor de hoy»: los mismos de siempre, pero con esteroides y más herramientas para perpetuarse. El bucle no se ha roto; se ha modernizado.
La genealogía del despojo (El Espino y la familia oligarca de la historia de ayer y hoy: el modelo de negocio histórico).
El Espino: una historia que nunca terminó
Hay territorios que funcionan como archivos vivos. El Espino es uno de ellos.Su historia parece escrita por generaciones distintas usando el mismo libreto.Primero fueron territorios habitados por comunidades indígenas nahua-pipil. Luego llegaron las reformas liberales del siglo XIX y la extinción de ejidos comunales transformó tierra colectiva en propiedad concentrada. Después aparecieron nuevas redistribuciones, expropiaciones, reformas agrarias, compensaciones, revalorizaciones y nuevos ciclos de acumulación.
Para entender hacia dónde vamos, hay que mirar dónde nos han arrastrado. El caso de El Espino no es un hecho aislado; es la radiografía de nuestra «maldición» histórica.
Desde la ley de extinción de ejidos bajo el gobierno de Rafael Zaldívar, pasando por la expropiación de los 80, hasta la actual revalorización inmobiliaria, el suelo salvadoreño sigue siendo el tablero de ajedrez de las mismas familias. La historia se recicla: se expropia, se indemniza a los poderosos, se crea una zona de reserva y, finalmente, se termina construyendo infraestructura privilegiada.
Hoy, la misma familia Dueñas de la Fina El Espino,también dueña de inmobiliarias que proyectan miles de viviendas de alto valor, «dona» un predio y financia una iglesia católica dedicada a la Virgen de Fátima ;como si de una indulgencia medieval se tratara. ¿El resultado? Permisos expedidos, puertas abiertas y la luz verde para depredar la zona norte entre Apopa y Quezaltepeque. Pareciera que la historia no cambia; solo se pone corbata y se arrodilla frente al altar de la conveniencia política.
Los nombres cambian;los mecanismos sobreviven.
La historia de El Espino ilustra algo más profundo que una disputa por tierras: muestra cómo, durante décadas, el desarrollo urbano salvadoreño ha funcionado muchas veces como una maquinaria de transferencia territorial donde las mayorías pierden espacio mientras otros consolidan su patrimonio con protección legal.
Hoy, proyectos inmobiliarios de gran escala, expansión urbana acelerada y presión sobre corredores ecológicos vuelven a colocar viejas preguntas sobre la mesa:
¿Quién decide el uso del territorio?
¿Quién captura el valor generado y se beneficia por la expansión urbana?
¿Quién absorbe sus costos ambientales y sociales?
La ironía histórica es cruel: la tierra cambia de manos más rápido que las narrativas que justifican por qué cambia.
El desmantelamiento de las estructuras constitucionales
La historia salvadoreña está llena de figuras fuertes que prometieron orden.También está llena de instituciones debilitadas para facilitar ese orden, donde la constitución, los límites institucionales y la separación de poderes existen precisamente para administrar el poder cuando alguien acumula demasiado. No son obstáculos administrativos; son sistemas de contención y de formas de no perpetuarse en el poder.
Sin embargo, uno de los fenómenos políticos más visibles de los últimos años ha sido la creciente concentración institucional.Y aquí aparece una paradoja histórica reconocida: «los liderazgos que prometen acabar con los privilegios suelen terminar eliminando controles y contrapesos para gobernar».
Cuando las barreras constitucionales se flexibilizan o se eliminan, dejan al descubierto que las reglas institucionales nunca se diseñan pensando en el gobernante actual.Se diseñan pensando en el siguiente.Y en el siguiente.Y del siguiente,otra vez.
La ingeniería del fraude legal
«El regreso de los fantasmas»: La puerta abierta al caudillismo eterno
La ambición de este gobierno no tiene reparo en invocar los capítulos más oscuros de nuestra historia para legitimar su permanencia. Desde los tiempos del General Maximiliano Hernández Martínez, nuestra tradición constitucional había mantenido un blindaje esencial: la prohibición absoluta de la reelección presidencial. Era una lección aprendida a sangre y fuego para evitar que el país cayera en el caudillismo personalista que nos sumió en décadas de autoritarismo.
Hoy, aquel candado constitucional se rompió con la misma ligereza de quien ajusta un simple reglamento. A golpe de interpretaciones a la medida y reformas cocinadas en la sombra, resucitaron el viejo modelo de la silla eterna. Ya no hablamos de gobernar, sino de tomar posesión. Con el camino despejado para la reelección indefinida, el poder ya no necesita ganar el futuro en las urnas; solo les basta con reescribir el pasado cada vez que se les antoja quedarse un poco más. Hemos vuelto al punto de partida, al autoritarismo del siglo XX, pero con la soberbia digital de creerse intocables ante el juicio de la historia
La ingeniería del fraude legal: Cuando las reglas se escriben para NO perder
No se trata solo de discurso, sino de una arquitectura institucional diseñada para la asfixia democrática. El oficialismo no solo ganó el gobierno; cambió las reglas del juego mientras la partida estaba en curso. Bajo la premisa cínica de eliminar a los «magistrados políticos», han desmantelado al Tribunal Supremo Electoral, dejando que sea la misma Asamblea Legislativa bajo control absoluto del partido oficial la que nombre a sus jueces y verdugos. Es el juez y parte, sin disfraz alguno.
El desmantelamiento de la equidad es quirúrgico:
La manipulación del cálculo electoral: Implementaron sistemas que, con menos votos, garantizan la hegemonía del partido oficial, convirtiendo el sufragio en una ficción estadística.
El secuestro de la representación: con la inclusión de la diáspora en el esquema electoral, fue el golpe maestro pretende despojar de escaños a los departamentos con mayor densidad poblacional y, convenientemente, con mayor resistencia opositora. Se quitaron puestos donde el ciudadano vota para entregarle poder a una diáspora a la que se le trata como billetera, pero no como sujeto de derechos.
La asfixia financiera: El «Tigre suelto contra burro amarrado»
Al eliminar el financiamiento equitativo (la otrora deuda política), han desmantelado cualquier fachada de juego limpio. Han convertido la contienda en una farsa de desigualdad aritmética: el oficialismo no compite, simplemente aplasta. Mientras ellos despliegan una maquinaria alimentada por múltiples fuentes el presupuesto del Estado, las cuotas coercitivas de las más de 40 mil plazas públicas cubiertas despidiendo a otros en ministerios y autónomas, el apoyo del gran empresariado aliado y, por supuesto, esos fondos de origen subterráneo de los que jamás rinden cuentas, el resto de la oposición intenta subsistir con colectas de barriada y esperanza.
Es la definición técnica de un abuso sistémico. Mientras los partidos pequeños hacen malabares para financiar un solo spot diario, el aparato oficialista satura la pantalla con cien anuncios por noche, infiltrándose en los noticieros y hasta en la franja de las telenovelas. Es la metáfora del tigre suelto contra el burro amarrado llevada a la perfección mediática. ¿Equilibrio democrático? lo que existe, más bien, es una asfixia financiera diseñada para que la única voz que se escuche sea la del régimen, mientras la disidencia es condenada a la invisibilidad y al silencio. .
Hoy, El Salvador se rige por un Poder Total. No hay ley, ni siquiera la Constitución, que no sea maleable al capricho de quien ostenta la banda presidencial. Han reformado el sistema para que, sin importar qué tan fuerte grite la disidencia, el resultado siempre favorezca a la misma estructura. Lo que llaman «soberanía» no es más que la clausura de cualquier alternativa real. Cuando el gobernante y su partido son, al mismo tiempo, el legislador, el ejecutor y el intérprete de la norma, la democracia no ha muerto: ha sido secuestrada para servir al Bucle
El país que sigue chocando con la misma roca
El Salvador, ya entrado el siglo XXI, parece no lograr escapar de un largo periplo histórico. Una especie de maldición circular que lo hace tropezar una y otra vez con la misma piedra filosofal, solo que ahora revestida de pantallas, algoritmos y estética digital.
El país parece atrapado en una extraña versión política del eterno retorno. Antes fue la finca ,la hacienda y el poder terrateniente que hacía ver la concentracion de bienes y riqueza de pocos como «normal» , al ser despojados del ejido y de las tierras comunales o realengas; después el cuartel y la disciplina de las botas para mantener seguridad y disciplina en la sociedad; más tarde el sometimiento a las estructuras partidarias tradicionales; ahora, la subordinación emocional a narrativas que se replican sin descanso desde las plataformas digitales.
La metamorfosis del control: Del megáfono al algoritmo
Las herramientas mutan, pero la lógica esa vieja patología de la concentración absoluta, la obediencia ciega y el culto al líder providencial permanece intacta, casi genética. Antes, el control político era un despliegue analógico: requería plazas públicas, cadenas de radio a la antigua y el acarreo masivo a mítines para simular legitimidad. Hoy, el control es quirúrgico y digital. Basta con un teléfono inteligente en el bolsillo de cada ciudadano, una campaña de propaganda permanente que no descansa y la repetición incesante de un mismo relato hasta transmutarlo en una verdad emocional.
Es la era del miedo como política de Estado: ese relato machacado de que » ellos quieren que vuelvan las pandillas…» o la estrategia de culpar a «los otros» por los fracasos, las obras inconclusas y las promesas vacías del presente. Han sustituido el debate por el algoritmo y la razón por el pánico, demostrando que la dictadura del siglo XXI no necesita tanques en la calle si puede colonizar el sentido común y las mentes a través de la pantalla. Nos han vendido la ilusión de estar más informados, cuando en realidad solo estamos más vigilados y mejor adoctrinados.
El Salvador no está ante una nueva etapa, sino ante una versión remasterizada de su propio abismo. El bucle no se ha cerrado, los actores han cambiado de careta, pero la obra sigue siendo una tragedia donde el ciudadano es, una vez más, el rehén de la historia. Romper el ciclo no requiere un nuevo mesías, requiere, sobre todas las cosas, una memoria política que se niegue a ser borrada por el próximo anuncio en nuestro celular.
¿Cuántas veces más seguiremos llamando “nuevo” a lo que simplemente aprendió a usar mejores pantallas?
Y quizá ahí reside la pregunta más incómoda de todas: si seguimos chocando con la misma roca histórica, ¿es porque nunca logramos moverla… o porque aprendimos a decorarla mejor cada generación?
