ESPERANDO A LOS NARCO-TERRORISTAS
Por: Lautaro Rivara.
| Primero fue un concepto dudoso. Ahora resulta poco más que una invectiva peligrosa. El vocablo «terrorista», o su declinación trumpista, la de “narco-terrorista”, sirve hoy para todo o casi todo. Niños palestinos, periodistas de oficio, defensores de la naturaleza, sindicalistas organizados, activistas humanitarios, presidentes en funciones, todo ellos pueden ser rotulados con tan temible categoría. |
| El exabrupto lingüístico, el adefesio conceptual, no sería tan grave si no pudiera conllevar, en la propia legislación estadounidense, penas muy reales de hasta 20 años de prisión por brindar “apoyo financiero” a estos grupos, o si no pudiera resultar, en una madrugada cualquiera, en el bombardeo de una capital latinoamericana y en la “extracción” de su máxima autoridad ejecutiva. El narco-terrorista es el nuevo indeseable, como lo fue ayer el guerrillero, el comunista, el moro, el idólatra o el salvaje. |
| El antiterrorista, su presunto reverso moral, es por tanto el nuevo cruzado de la civilización occidental, liberal y judeo-cristiana –cada vez más exasperado ante el huntingtoniano “choque de civilizaciones”–, aunque su moral trastabille demasiado seguido, como lo demuestra el truculento novelón del caso Cerimedo, sus granjas de bots, su largo historial de estafador y falsario, y la investigada tentativa de homicidio contra Nadie Beller. |
| Pero como en Esperando a los bárbaros, ya sea en el clásico poema de Constantino Kavafis, o en la celebrada novela homónima del premio nobel sudafricano J. M. Coetzee, los bárbaros nunca llegan. Su función no es otra que reforzar, de manera paranoide, las alicaídas fronteras físicas y espirituales de una civilización decadente, incapaz de sobrevivir sin azuzar los muñecos de paja de enemigos imaginarios, y el peligro inminente de invasiones inexistentes que puedan conjurar la disgregación total de sociedades profundamente anómicas. Desde el país imaginario de Cavafis y Coetzee hasta el anime Shingeki no Kyojin, las murallas, todas las murallas, sirven siempre para atajar a los de adentro y nunca para repeler a los de afuera. |
| Los terroristas de verdad, como los que arrasaron Gaza y evaporaron los cuerpos de miles de personas con armas termobáricas, o los que hoy construyen cárceles y patíbulos con puestos de observación privilegiados, o los que volaron con buzos tácticos el Nord Stream II o asesinaron en su casa al Ayatolá Alí Jameneí y toda su familia, estos, lejos de ser criminalizados, ocupan importantes cargos en el Pentágono y el Departamento de Estado. Los narcotraficantes reales, convictos y confesos como el ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, gozan del perdón oficial, y resultan amnistiados, o lavan sus narco-dólares en las guaridas fiscales convenientemente distribuidas por el capital a lo largo y ancho del planeta. |
| Mucho se ha hablado en estos meses de las estrategias gemelas de los Estados Unidos –y algo hemos escrito sobre ello–; la de “defensa nacional” y la de “seguridad nacional”. Pero poco se habló de la existencia de una tercera, denominada la “estrategia nacional para la lucha contra el terrorismo”. Lo dicho: sin un conveniente chivo expiatorio, es imposible justificar los presupuestos cada vez más elásticos del complejo militar industrial, esos mismos que rebasaron –y con mucho– los gastos de la administración civil a fines de los años 60, dando inicio a lo que el dominicano Juan Bosch supo llamar el “pentagonismo” y la “sociedad pentagonizada”. |
| Esta estrategia tiene muchos déficits alarmantes, pero como en las anteriores, lo más grave no es lo que se expresa, sino lo que se calla; no se dice en ella una sola palabra sobre el sistema internacional, el multilateralismo, los derechos humanos, las garantías procesales, el principio de proporcionalidad y distinción, las políticas de prevención o el Estado de derecho. |
| La ambigüedad constitutiva del constructo “terrorista” no es nueva, pero se desquició completamente con el lanzamiento de la “Guerra Global contra el Terror” de George W. Bush tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas, y se institucionalizó con la publicación de la ONU en 2006 de la primera Estrategia Global contra el Terrorismo. |
| Pero el debate es mucho más antiguo; en todas las revoluciones históricas, pasando por la francesa, la haitiana, las hispanoamericanas o la rusa, el debate sobre el terror como instrumento legítimo o ilegítimo para alcanzar ciertos fines políticos fue una constante. Pero más allá del intrincado debate sobre violencia, política e insurgencia, la elasticidad del concepto llega al ridículo cuando se aplica a iniciativas militantes que hacen profesión de fe de su carácter pacífico, no armado y no violento, como las flotillas humanitarias y los convoyes terrestres a Gaza. |
| El “terrorismo”, incluso si tomamos la definición del propio FBI, implica “el uso ilegal de la fuerza o la violencia contra personas o propiedades para intimidar o coaccionar a gobiernos, a la población civil o un segmento de la misma, en la persecución de objetivos sociales o políticos”. La definición le calza sin una tirantez, sin una arruga, tanto a las cacerías humanas del ICE, como al asalto de las bases trumpistas al Capitolio, como a las demostraciones de fuerza de los supremacistas blancos del Patriot Front en las calles de Washington el pasado 4 de julio. |
| Para la definición de terrorista tampoco puede cegarnos al hecho de que todo terror es instrumento de otra cosa, y nunca es una sustancia químicamente pura. Lo que está claro es que el terrorismo fue siempre un fenómeno político, conceptual y materialmente diferente del narcotráfico y la criminalidad; pero la “estrategia” de los Estados Unidos los confunde y los revuelve adrede, sin establecer ninguna distinción precisa entre grupos terroristas y bandas criminales, reservando a unos y otros tratamientos idénticos. En todos los casos se trata de la aplicación de procedimientos arbitrarios, y en ocasiones letales, como sucedió con las más de 200 personas asesinadas en el Gran Caribe en el marco de la llamada Operación Lanza del Sur. |
| La mencionada “estrategia” clasifica las “amenazas” en tres grandes rubros o categorías “narcoterroristas y pandillas trasnacionales”, “organizaciones terroristas islámicas tradicionales” y “extremistas violentos de izquierda”. Además, propone expresamente el derecho de intervención imperial y sugiere dejar en suspenso el principio de soberanía: propone actuar con gobiernos locales cuando haya colaboración (una colaboración subalterna y vasalla, como la que se expresa de manera unilateral en la articulación ultra conservadora y ultra alineada del Escudo de las Américas), pero se reserva el derecho de intervenir de manera unilateral y discrecional cuando no la haya, es decir violando la soberanía de nuestras Repúblicas. |
| ¿Esto significa que el terrorismo no exista? No, el problema es quiénes son sindicados e investigados como tales. Hace algunas décadas el antropólogo mexicano Gilberto López y Rivas hablaba del “terrorismo de Estado trasnacional”, precisamente para referirse a esta etapa abierta a comienzos de siglo con el recrudecer y la trasnacionalización de la “lucha anti-terrorista”. Hoy el terrorismo de Estado trasnacional refuerza su carácter colonial y se rearticula con antiquísimas narrativas imperiales como la Doctrina Monroe, el Destino Manifiesto, el Gran Garrote, la diplomacia de las cañoneras y un anticomunismo cada vez más histérico y extemporáneo, pasadas tres décadas y media desde la disolución de la Unión Soviética. |
| Nuestra hipótesis es la siguiente: más allá de sus evidentes, preocupantes y mortíferas consecuencias externas, el objetivo de estas estrategias tiende también –y quizás fundamentalmente– al disciplinamiento de la propiedad sociedad norteamericana, como lo demuestra la criminalización del movimiento Antifa, del sindicato de trabajadores de Amazon, o el retorno a las listas negras del macartismo y la CIA. Sin narco-terroristas, los ciudadanos de los Estados Unidos podrían despertar un día consternados y repetir aquellas palabras del poeta griego: |
| […] se hizo de noche y los bárbaros no llegaron. |
| Algunos han venido de las fronteras |
| y contado que los bárbaros no existen. |
| ¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? |
| Esta gente, al fin y al cabo, era una solución. |
