La Inteligencia Artificial: un maestro sin alma que deshumaniza.
Por: Mauricio Manzano.
El reciente anuncio entre la administración de Bukele y el magnate Elon Musk para implementar la Inteligencia Artificial (IA), en la educación pública salvadoreña no es un salto hacia la vanguardia pedagógica, o a una educación de calidad, sino un experimento sociológico muy peligroso.
Cuando se cruza la herramienta más poderosa de la tecnología moderna con las ambiciones de un régimen autoritario, el resultado no es la formación crítica del estudiante ni su liberación, sino su domesticación. Pues los rasgos no humanos de la IA, sumados al contexto de una dictadura, amenazan con deformar la psique y el alma de las nuevas generaciones.
Una educacion guiada por una maquina lleva el peligro de erradicar la empatía, pues el maestro, en este caso la IA no tiene latidos del corazon, y la formación de un niño no consiste únicamente en la acumulación de datos, fórmulas matemáticas o fechas históricas. El núcleo de la educación de calidad es fomentar la humanidad la solidaridad. Al tener un maestro sin alma el niño va cavando un vacío emocional, pues la IA no tiene empatía, no siente dolor, no se frustra y no se conmueve. Un niño aprende compasión al ver a su maestro consolar a un compañero triste; aprende justicia al ver cómo un humano resuelve un conflicto en el recreo. Si el centro de la educación se traslada a una pantalla de silicio, el niño crecerá interactuando con un ente que simula atención, pero que es incapaz de sentir. El resultado puede ser Jóvenes altamente eficientes para procesar información, pero emocionalmente analfabetos, incapaces de «verse en el otro», que es exactamente lo que la Dictadura necesita para mantener a la sociedad dividida.
Además, la IA lleva programada la automatización de la verdad absoluta, en este sentido, al no estudiar otras fuentes que contraste su posición automáticamente la educacion se convierte en un adoctrinamiento. Y en una democracia, un buen maestro fomenta la duda, pero en una dictadura, la duda es traición. La IA se presenta ante el niño con un aura de omnisciencia tecnológica. Si el sistema educativo estatal, aliado con una corporación tecnológica afín a sus intereses de poder, programa esta IA, la máquina jamás enseñará a cuestionar al Estado. Si un joven pregunta a la IA sobre violaciones a los derechos humanos o sobre los inocentes en las cárceles, la máquina responderá con la versión oficial del régimen validada por el algoritmo. Es decir, se elimina el debate humano y se sustituye por el dogma digital.
Por último, que bien no es lo último, el régimen esta vendiendo una falsa modernidad. El desarrollo tecnológico sin desarrollo humano es tiranía disfrazada de progreso. Prometer inteligencia artificial en escuelas donde los techos tienen goteras, donde los baños no funcionan y donde los maestros están mal pagados y silenciados, es un acto de crueldad psicológica. Es la dictadura del render llevada a las aulas. Se le enseña al joven que la modernidad de su país es un espejismo en la pantalla, mientras su realidad material sigue inmersa en la pobreza. Es un mecanismo para desconectar al niño de su entorno físico y sumergirlo en una simulación controlada por el régimen.
En resumen, entregar la educación pública a una inteligencia artificial dentro de un régimen autoritario es crear la fábrica perfecta de súbditos. Un maestro humano, incluso con sus defectos, puede inspirar rebeldía, puede transmitir pasión y puede mirar a los ojos de un alumno para decirle que su vida vale. Una inteligencia artificial solo puede arrojar datos calculados para mantener el status quo. Bukele y Musk no están construyendo escuelas del futuro; están ensamblando las prisiones cognitivas del mañana.
