PODER Y DEMOCRACIA.
POR: MIGUEL BLANDINO.
Dicen que nadie aprecia lo que tiene hasta que lo ve perdido. No estoy seguro de que eso sea siempre una verdad, porque lo que he visto es como los ricos se aferran a sus fortunas hasta con uñas y dientes y no dudan en asesinar por millones a quienes tratan de quitarles o disminuirles las condiciones que les hacen posible conservarlas en constante crecimiento; y he visto a los pobres dándole brillo a sus zapatos agujerados y parchando camisas y zurciendo calcetines y calzones antes que tirarlos a la basura o dejar que alguien se los robe. He visto a niños llorando por el trozo de madera con el que jugaba imaginando que era un carrito, cuando su mamá lo echó al fuego. Todos extrañamos lo que nos pertenecía cuando nos lo arrebatan y toda la vida luchamos por recuperarlo, exponiendo la seguridad, la libertad y hasta la vida en ese empeño.
No es cierto que extrañamos lo que un día fue nuestro solo hasta que lo hemos perdido.
Aunque suele decirse así, y es común que en general se crea que es así.
Sin embargo, pienso que bajo cierta condición sí puede ser verdadero ese dicho común. La proposición es verdadera solo si se cumple una única condición : saber que uno ha poseído aquello que se ha perdido o ha sido robado.
Yo no voy a buscar en el ropero la camisa que nunca tuve. Ni siquiera voy a extrañarla. Puede ser que la desee y que ponga manos a la obra para conseguirla, pero no puede añorarse lo que nunca se ha conocido.
Por ejemplo, el migrante que carece de papeles para visitar su país y ver a sus padres, sufre y llora su ausencia. Pero sus hijos, los que jamás han respirado el aire de la playa donde naciera su estirpe no puede sentir ni frío ni calor ni notar la carencia.
Es exactamente lo que nos pasa como individuos viviendo en una sociedad que nunca nos ha incluido en su democracia. Esa democracia ha existido solo para una parte de la población, esa parte que tiene el poder, lo hace valer y lo ejerce en los hechos.
Para el resto, los que nunca han podido hacer uso de su fuerza para imponer sus intereses, eso que oye decir que todos llaman democracia es una palabra carente de sustancia. No tiene valor y, por lo tanto, no vale la pena luchar por ella. “¿Y qué vamos a hacer si siempre ha sido así?”, dicen casi todos y siguen viviendo sus vidas de sometimiento y opresión sin rebelarse para cambiar el estado de las cosas.
Es que la democracia que conocemos fue una forma de organización social y política que acordaron los viejos terratenientes que se independizaron de España en el siglo XIX. Ellos establecieron las normas que iban a regir sus relaciones para conservar cada uno sus negocios. Incluso, delimitaron el territorio dentro del cual iban a ejercer soberanamente su poder sin injerencia de ningún interés extraño. Y crearon las instituciones que harían el papel de garantes de los acuerdos entre los dueños de las fincas, haciendas, fábricas y comercios. Y a esa construcción constituida según lo acordado le llamaron pomposamente República.
Todos esos conceptos, asumidos como la realidad por los dueños de todo, afectan a los indios acasillados en las propiedades o a los sirvientes de las casas, pero no los incluye a la hora de tomar decisiones sobre los negocios que van a afectar sus vidas.
De hecho, la fortaleza política venía dada por el tamaño de la fortuna de cada terrateniente porque los “votos” que recibían sus candidatos en los eventos electorales eran la suma de los hombres que poseían como siervos. Hasta las uniones matrimoniales se concertaban considerando que tan “buen partido” eran el novio o la novia. Que tanto aportaba en términos de poder la unión con tal o cual y que ganancia reportaría estratégicamente a la familia.
Los desposeídos, esos que Franz Fanon llamó “los condenados de la tierra“, no han sido ni son seres participantes pensantes ni intervinientes en ninguna decisión de peso en la sociedad. Por lo tanto, no son parte de la democracia, ni de la República, ni son parte activa en la redacción de la Constitución ni de sus sus leyes derivadas.
En todo esto no tiene nada que ver la valentía o la cobardía, ni mucho menos la cosa esa que llaman “virilidad”.
Es cuestión de consciencia. Es esa cosa que Marx puso en negro sobre blanco cuando hablando de las clases sociales señaló que quienes identifican sus intereses y luchan por ellos constituyen la clase para sí; en tanto que la masa amorfa, sin organización, es solo la clase en sí. Ambos grupos pertenecen al sector mayoritario de la población, la parte pobre de la sociedad. Los que se conforman con su situación y los que están inconformes y se rebelan contra la opresión.
Sin educar políticamente a las personas no podemos esperar que luchen por la democracia, la institucionalidad, la República, la libertad y el poder soberano, porque nunca han tenido la experiencia de sentirlos suyos. En ese sentido no pueden extrañar lo que no han perdido.
El esclavo que nació atado por los grilletes a las cadenas no mira nada de raro en ello. Hay que insistirle para que sepa que ese no es el estado natural de las personas, y que lo natural en ellas es la libertad. Pero primero será necesario vencer el miedo que habita en ellos que han visto lo que le pasa a los que quieren vivir de un modo diferente.
Por eso, la primera tarea de la organización debe ser la concientización por medio de la educación política para la formación de cuadros revolucionarios.
Y, en primer lugar, la primera lección tiene que ser acerca de la democracia popular contra democracia burguesa. Porque lo que queremos es cambiar la naturaleza de clase de la democracia, no la repetición ad aeternum de la democracia burguesa que equivale a dictadura y opresión contra los pobres.
Cuando sepamos todos que hay una democracia que nos pertenece vamos a luchar por ella y vamos a desear su existencia.
