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ANATOMÍA DE LAS CONTRADICCIONES INTERIMPERIALISTAS DEL SIGLO XXI.

POR: MÁXIMO RELTI .

¿Podrá el capitalismo global sobrevivir al choque entre sus dos mayores potencias?

La escena que se desarrollaba durante la recepción de Trump parecía cuidadosamente orquestada para transmitir calma: filas de banderas, sonrisas diplomáticas, apretones de manos y discursos sobre cooperación y estabilidad global. Sin embargo, detrás de esa fotografía oficial había una enorme tensión. La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping no fue simplemente un encuentro entre dos líderes políticos. Fue el reflejo visible de una lucha histórica por el control del capitalismo global. Estados Unidos intenta preservar la hegemonía económica y militar que dominó el planeta durante décadas, mientras que China emerge como una potencia capaz de desafiar esa supremacía en mercados, tecnología, finanzas y geopolítica global.

En Pekín, el 14 de mayo, no se reunieron simplemente dos presidentes. Uno frente al otro, en los vastos pasillos del poder chino, se sentaban dos colosos económicos enfrascados en una disputa por el control del siglo XXI.

Donald Trump llegó acompañado por ejecutivos de Apple, Tesla y Nvidia — es decir, por algunas de las mentes industriales y tecnológicas más destacadas del capitalismo estadounidense.

Xi Jinping, por su parte, habló no solo como jefe de Estado de China, sino como representante de una potencia que ya no acepta un papel secundario en el orden mundial.

Detrás de las ceremonias, las banderas y las sonrisas diplomáticas, lo que realmente está en juego es una batalla por las rutas comerciales, los microchips, las materias primas, la inteligencia artificial, el control militar del Pacífico y, sobre todo, la hegemonía global. Taiwán estuvo en el centro de la discusión porque uno de los pilares clave del capitalismo contemporáneo está concentrado allí: la producción de semiconductores avanzados, ahora esenciales para la economía digital, la industria militar y la inteligencia artificial.

Xi Jinping dejó claro que Taiwán constituye una «línea roja». Trump entendió perfectamente el mensaje. Porque quien controle Taiwán no solo controlará una isla, controlará una parte decisiva de la economía global.

EL NUEVO IMPERIALISMO Y LA GUERRA POR EL MERCADO GLOBAL

Vista a través del prisma de las teorías de David Harvey sobre los nuevos imperialismos, esta reunión representa una expresión casi perfecta de las contradicciones del capitalismo global contemporáneo. Harvey sostiene que el imperialismo moderno ya no opera únicamente mediante la conquista militar clásica, sino mediante la dominación financiera, tecnológica, logística y comercial. Las guerras actuales no comienzan necesariamente con tanques entrando en ciudades, sino con sanciones económicas, guerras arancelarias, bloqueos tecnológicos y disputas sobre cadenas de producción globales.

Durante décadas, Estados Unidos ha actuado como la gran fuerza organizadora del capitalismo global. Tras el colapso de la Unión Soviética, Washington creía que había alcanzado la supremacía absoluta. Muchos asumían que el capitalismo neoliberal había triunfado de forma definitiva y que ningún rival podría desafiarlo. Pero ocurrió algo inesperado: la misma globalización promovida por Estados Unidos acabó fortaleciendo a China.

Las corporaciones occidentales trasladaron fábricas enteras a territorio chino en busca de mano de obra barata, menos regulaciones medioambientales y enormes beneficios. Millones de trabajadores chinos fueron absorbidos por la gigantesca maquinaria de la producción global. El resultado ha resultado explosivo: China dejó de ser simplemente «la fábrica barata del mundo» y se transformó en una potencia tecnológica, financiera y militar capaz de competir directamente con Washington.

Aquí radica una de las grandes contradicciones que Harvey analiza constantemente: el capitalismo debe expandirse sin descanso, pero esa misma expansión acaba creando nuevos centros de poder que desafían a la antigua fuerza dominante. Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy entre Estados Unidos y China.

TAIWÁN: LA ISLA DONDE SE CONCENTRA EL FUTURO DEL CAPITALISMO

Trump comprende plenamente ese peligro. Por eso su política hacia China combina negociación y amenaza. Necesita comercio con Pekín porque las grandes corporaciones estadounidenses dependen del mercado chino y de sus cadenas de suministro industriales. Sin embargo, al mismo tiempo, busca frenar el ascenso tecnológico de China mediante sanciones, restricciones comerciales y presión militar en Asia.

El tema Taiwan resume toda esta tensión. Para China, la isla representa soberanía nacional y seguridad estratégica. Para Estados Unidos, Taiwán funciona como un muro de contención contra la expansión china en el Pacífico. Pero hay otro factor decisivo: la industria de los microchips. En la economía contemporánea, las patatas fritas son lo que era el petróleo en el siglo XX. Sin ellos, los smartphones, vehículos eléctricos, satélites, misiles y sistemas de inteligencia artificial simplemente no pueden funcionar.

Por eso la reunión entre Trump y Xi no puede entenderse como un mero encuentro diplomático. Es una negociación entre dos formas de imperialismo que chocan dentro del mismo sistema capitalista global. Harvey explica que el capitalismo necesita absorber constantemente nuevos espacios, nuevos mercados y nuevas fuentes de beneficio. Cuando el crecimiento se ralentiza, las tensiones geopolíticas se intensifican. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy.

LA CRISIS DEL CAPITALISMO GLOBAL COMO TELÓN DE FONDO

La economía global atraviesa un periodo de enorme inestabilidad. La desigualdad social se ha disparado en casi todos los países, la deuda pública sigue creciendo de forma incontrolable y las grandes potencias buscan desesperadamente mantener sus niveles de acumulación de riqueza. En ese contexto, China ya no acepta la antigua distribución del poder global diseñada por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Xi Jinping habla de «estabilidad estratégica», proponiendo a Trump que ambos países se conviertan en «socios, no rivales». En términos simples pero claros, ser el «socio» de alguien significa unir fuerzas con otra persona, empresa o estado para perseguir intereses comunes y obtener beneficios mutuos.

Desde una perspectiva económica y política, sin embargo, las relaciones entre «socios» dentro del sistema capitalista casi nunca son relaciones de verdadera igualdad. Detrás de ellos suele haber una correlación de poder. El capitalismo global funciona a través de redes simultáneas de cooperación y competencia. Las capitales nacionales colaboran porque necesitan expandir los mercados y mantener el sistema funcionando, pero también luchan entre sí para dominarlo.

Por esa razón, cuando Xi Jinping propone que China y Estados Unidos deberían ser «socios en lugar de rivales», el mensaje real es mucho más profundo. Lo que está diciendo efectivamente es algo así: «Podemos compartir beneficios y estabilidad sin caer en una guerra abierta.»

Sin embargo, bajo esa frase, persistía la lucha por la hegemonía global. Dinámicas similares surgieron en las rivalidades interimperialistas que precedieron y acompañaron tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial. En este último caso, cuando Adolf Hitler buscó desesperadamente un acuerdo de paz con Winston Churchill, en la práctica no decía nada más que: «Dejemos de destruirnos unos a otros. Dividamos las colonias y hagamos la paz entre nosotros.»

Pero en ambos casos, detrás de esas palabras se escondía una realidad mucho más dura que hacía imposible tal reconciliación interimperialista.

Hoy, el objetivo de la China capitalista es reorganizar el equilibrio global de poder a su favor. Lo que busca Washington, mientras tanto, es evitar que China desmantele el orden que Estados Unidos estableció tras la Segunda Guerra Mundial.

El gran problema, sin embargo, es que ambos países están profundamente interconectados económicamente mientras se enfrentan políticamente al mismo tiempo. Estados Unidos necesita productos chinos baratos, y China necesita consumidores estadounidenses. Es una relación de dependencia mutua en medio de una feroz competencia. Harvey ha descrito este fenómeno como una de las principales contradicciones del capitalismo globalizado: los capitales nacionales cooperan y compiten al mismo tiempo.

HACIA UN NUEVO DESORDEN GLOBAL

Mientras tanto, el resto del mundo observa con creciente preocupación. Europa teme quedar atrapada entre los dos gigantes. América Latina se está convirtiendo una vez más en un territorio de disputa económica. África se ha convertido en un campo de batalla de competencia por minerales estratégicos. Y Asia Oriental se está militarizando cada vez más.

La imagen de Trump y Xi dándose la mano en Pekín recuerda, en cierto modo, a los antiguos congresos diplomáticos de las potencias europeas antes de las grandes guerras mundiales. Sonríen para las cámaras mientras, bajo la mesa, se libran gigantescas batallas económicas.

Porque el problema subyacente no es simplemente Taiwán. El verdadero problema es que el capitalismo global está experimentando una transición histórica en la que la antigua potencia dominante ya no puede controlar completamente el sistema, mientras que la nueva potencia aspirante aún no ha logrado reemplazarlo. Esta situación genera fricciones constantes, crisis económicas, guerras comerciales y crecientes tensiones militares.

Y quizá ahí reside la gran lección de este encuentro. No estamos simplemente presenciando un conflicto entre dos líderes. Estamos presenciando el choque entre dos inmensas estructuras de poder nacidas del mismo sistema económico global, luchando por determinar quién liderará el mundo en las próximas décadas.