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LA MÁSCARA DE LA CORDURA.

Por: José Guillermo Mártir Hidalgo.

Hervey Cleckley fue un influyente psiquiatra estadounidense y pionero en el estudio clínico de la psicopatía. Su obra La máscara de la cordura(The mask of sanity), publicada en 1941, constituye el estudio clínico y psicológico fundacional de este trastorno. El psicópata parece una persona normal; sin embargo, presenta una profunda incapacidad para sentir empatía, culpa y responsabilidad moral. Bajo esa apariencia de cordura se oculta un grave trastorno de la personalidad.

Lo fundamental es que el psicópata no puede establecer vínculos afectivos auténticos, mantiene una conducta irresponsable y posee una gran habilidad para aparentar normalidad. Puede comprender intelectualmente conceptos como el amor, la honestidad, la responsabilidad y el sufrimiento, pero no parece experimentar su significado emocional de manera profunda.

La psicopatía es un trastorno complejo, distinto de la criminalidad o de la locura. El psicópata parece normal, pero no siente miedo, culpa ni amor de la misma manera que los demás. Puede ser el jefe, el médico o la pareja. Aparenta tener una personalidad normal, aunque en su interior existe un vacío emocional que lo incapacita para sentir emociones primarias. Por eso puede destruir sin inmutarse.

El psicópata lleva una “máscara” de normalidad y encanto que oculta un profundo vacío emocional, una incapacidad para establecer vínculos genuinos y una ausencia de remordimientos. Esto no siempre se manifiesta como una locura evidente ni como una conducta delictiva obvia.

El contenido de la obra se estructura de la siguiente manera: la sección uno, titulada “Esquema del problema”, introduce el concepto de cordura y analiza las dificultades teóricas e históricas para definir la psicopatía. La sección dos, “El material”, presenta en su primera parte múltiples casos clínicos y, en la segunda, explora el trastorno en distintos roles sociales. La sección tres, “Catalogación del material”, compara en su primera parte la psicopatía con otras condiciones clínicas y, en la segunda, detalla los rasgos esenciales del psicópata. La sección cuatro, “Algunas preguntas aún sin respuestas adecuadas”, aborda en su primera parte diversas hipótesis sobre la naturaleza de este trastorno de la personalidad y, en la segunda, analiza sus dilemas prácticos y éticos.

Los dieciséis rasgos clínicos de la psicopatía son: encanto superficial y buena inteligencia; ausencia de delirios y pensamientos irracionales; falta de “nerviosismo”; falta de fiabilidad, falsedad e insinceridad; ausencia de remordimiento o vergüenza; comportamiento antisocial sin una motivación válida; juicio deficiente e incapacidad para aprender de la experiencia; egocentrismo patológico e incapacidad para amar; pobreza general de reacciones afectivas; pérdida de introspección; frialdad en las relaciones interpersonales; conducta extravagante con alcohol y, en ocasiones, sin él; intentos de suicidio que rara vez llegan a consumarse; vida sexual impersonal, trivial y mal integrada; y fracaso para seguir un plan de vida.

Dos casos famosos del libro son los de Max y Roberta. Max era un médico encantador, inteligente y exitoso. Les quitó dinero a tres mujeres y luego las abandonó; falsificó diplomas y estafó a varios hospitales. Cuando lo confrontaban, lloraba y pedía perdón, pero dos semanas después volvía a comportarse de la misma manera.

Roberta era madre y mujer de sociedad. Mentía compulsivamente, inventaba enfermedades, tragedias y embarazos, robaba objetos sin valor a sus amigas y saboteaba a sus hijos. Cuando le preguntaban por qué lo hacía, respondía: “No sé, simplemente se me ocurre”.

Cleckley describe al psicópata político en la segunda parte de la sección dos, donde analiza los “disfraces” del psicópata. Las características que pueden aplicarse al ámbito político son las siguientes:

El encanto superficial y la gran verborrea: saben hablar, parecen salvadores y la gente los ama porque reflejan lo que quiere escuchar.

La ausencia de miedo y culpa: toman decisiones sin que les tiemble la mano; no actúan guiados por la moral, sino por el costo político.

El egocentrismo patológico y la incapacidad para amar: el país, el partido y la gente son solamente herramientas. No existe lealtad ni empatía hacia quienes sufren las consecuencias de sus decisiones.

La falta de un plan de vida y el juicio deficiente: viven de crisis en crisis, improvisan, no aprenden de los errores del pasado, culpan a otros y logran salir ilesos.

La falsedad, la insinceridad y la falta de fiabilidad: prometen todo, mienten sin pestañear, firman acuerdos y luego los rompen.

El psicópata busca puestos en los que haya poder sin supervisión, se premie el riesgo y el espectáculo, y no se necesite una verdadera empatía. La política puede premiar precisamente aquello que al psicópata le sobra: carisma y discurso, encanto superficial, capacidad para tomar decisiones impopulares, ausencia de culpa y miedo, habilidad para sobrevivir a los escándalos, falta de vergüenza, utilización de los demás, egocentrismo e incapacidad para amar.

No todo político es un psicópata; sin embargo, el sistema político puede convertirse en un imán para personas con estos rasgos, porque les ofrece poder sin exigirles conciencia. Según Cleckley, para considerar a alguien un psicópata clínico deben estar presentes entre doce y catorce de los dieciséis rasgos descritos.

Si un político reúne seis de estos rasgos, puede volverse muy peligroso en un cargo público. La falta de remordimiento y vergüenza puede conducirlo a mentir, robar, traicionar, enviar inocentes a la cárcel y dormir tranquilamente. El egocentrismo patológico y la incapacidad para amar hacen que el país, el partido y la ciudadanía sean vistos como objetos que solo importan si le proporcionan poder o prestigio.

La falsedad, la insinceridad y la falta de fiabilidad lo llevan a firmar tratados y romperlos, prometer y olvidar, y mentir incluso cuando la verdad podría resultarle más conveniente. El juicio deficiente y la incapacidad para aprender de la experiencia lo conducen a repetir los mismos errores, negarse a rectificar y limitarse a cambiar de culpables.

La ausencia de miedo y ansiedad se manifiesta en su disposición a tomar decisiones extremas, como ordenar golpes de Estado, purgas o aprobar leyes de excepción. El encanto superficial y la buena capacidad oratoria funcionan como un escudo: aunque haga todo lo anterior, la gente continúa defendiéndolo.

La combinación más peligrosa es encanto superficial, falta de culpa, egocentrismo, incapacidad para aprender de la experiencia y ausencia de miedo. Esto puede traducirse en llegar al poder, utilizarlo sin límites y generar una crisis tras otra. El líder puede arruinar el país mientras la población continúa aplaudiéndolo.

Tener uno o dos de estos rasgos no convierte a una persona en psicópata. Sin embargo, en el ámbito político, la presencia de seis rasgos puede revelar a alguien capaz de causar un daño institucional considerable.