Reseña del libro: ANATOMÍA DEL FASCISMO.
POR JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.
Robert Owen Paxton, historiador y politólogo estadounidense, publicó en 2004 su obra “Anatomía del fascismo”. Su tesis central sostiene que el fascismo no constituye una ideología, sino un proceso: debe definirse no por lo que «dice», sino por lo que «hace». Para el autor, el fascismo es una forma de comportamiento político caracterizada por una preocupación obsesiva por la decadencia, la humillación o la victimización de la comunidad, acompañada de cultos a la unidad, la energía y la pureza. Se manifiesta como un movimiento de masas de militantes nacionalistas que, en colaboración con las élites tradicionales, desmantela las libertades democráticas y emplea una violencia redentora, sin restricciones éticas, con el objetivo de alcanzar la limpieza interna y la expansión externa.
Paxton identifica cinco etapas en el desarrollo del fascismo: primero, la creación, donde surgen movimientos tras una crisis; segundo, el enraizamiento, en el que el movimiento se consolida como partido político, utiliza la violencia callejera y penetra en el parlamento. Tercero, la llegada al poder, facilitada por élites tradicionales que, buscando «poner orden» y creyendo erróneamente que podrán controlarlo, le entregan el mando. Cuarto, el ejercicio del poder, donde el líder impone su voluntad y el Estado se dualiza: conviven leyes ordinarias con la «acción directa» del líder. Finalmente, la radicalización o entropía, fase en la que el régimen opta por la guerra y el exterminio, o bien se aburguesa y pierde su impulso. Un dato crucial es que el fascismo nunca accedió al poder en solitario; siempre fue invitado por élites que aborrecían la democracia más que a los propios fascistas.
El fascismo no posee un programa ideológico, sino emociones movilizadoras: la sensación de crisis abrumadora, la primacía del grupo, el victimismo, el miedo a la decadencia, la necesidad de autoridad, el instinto del líder, el derecho a dominar, la estética de la violencia y el darwinismo social. El fascismo trasciende el autoritarismo, el nacionalismo o el racismo; es, esencialmente, un partido de masas basado en la violencia, la alianza con las élites, el desprecio por la legalidad y la aspiración a una regeneración total. Las condiciones para su triunfo son una crisis nacional profunda, una izquierda amenazante, élites dispuestas a colaborar y la parálisis democrática. El fascismo requiere cómplices, opera por etapas y puede resurgir, aunque adaptado a la estética y el lenguaje de cada época.
Ante las crisis, las élites enfrentan dos amenazas —la izquierda y los fascistas— y suelen elegir el «mal menor». Calculan que pueden usar a los fascistas para aplastar a la izquierda y luego controlarlos, pero este cálculo es fatal: los fascistas no entran por la ventana, sino por la puerta, y una vez dentro, dinamitan el sistema desde sus cimientos.
“Anatomía del fascismo” se divide en una introducción, nueve capítulos y un epílogo. En la introducción, Paxton justifica el estudio del fenómeno como un proceso con etapas, pues su ideología es mutable y engañosa. En el capítulo uno, ubica el nacimiento del fascismo (1918-1922) a partir de ex soldados, intelectuales frustrados y clases medias arruinadas. El capítulo dos detalla cómo, entre 1922 y 1933, los movimientos italianos y alemanes evolucionaron de pandillas callejeras a partidos políticos que instrumentalizaron el parlamento y la violencia para desestabilizar la democracia, ganándose el favor de las clases conservadoras frente al avance de las huelgas.
El capítulo tres examina la conquista del poder en Italia (1922) y Alemania (1933), donde figuras como Víctor Manuel III y Paul von Hindenburg entregaron el poder a Mussolini y Hitler, respectivamente, impulsados por el miedo a la izquierda y el desprecio a la democracia. Paxton sostiene que, sin el apoyo de conservadores, militares y empresarios, estos habrían sido meras notas al pie de la historia. El capítulo cuatro aborda el ejercicio del poder (1933-1939): los regímenes improvisan, pues su objetivo es la radicalización constante. Se establece un «Estado dual» donde la voluntad del líder prevalece sobre la ley, y las élites que financiaron el movimiento terminan sometidas. El capítulo cinco analiza la radicalización o entropía (1939 en adelante): mientras Alemania se hundió en la guerra y el exterminio, Italia, la España de Francisco Franco y el Portugal de Antonio de Oliveira Salazar se aburguesaron, perdiendo su ímpetu revolucionario.
El capítulo seis estudia el «fascismo genérico» en países como Hungría, Rumanía o Francia, señalando que, sin partido de masas ni violencia, el fenómeno deriva en una simple dictadura. El capítulo siete define al fascismo como una «dictadura en desarrollo» que, al fracasar la democracia liberal, busca destruir el viejo orden para crear uno nuevo mediante la guerra. El capítulo ocho compara el fascismo con el comunismo; destaca que, si bien el fascismo y el comunismo comparten el odio al liberalismo, difieren en sus fines: el comunismo busca la igualdad, mientras que el fascismo impone jerarquía y violencia. Finalmente, el capítulo nueve advierte que el fascismo puede volver con nuevos ropajes, sustituyendo, por ejemplo, el antisemitismo por la xenofobia frente a la inmigración y utilizando las redes sociales en lugar de la radio. El epílogo concluye que la democracia debe defenderse durante las etapas de creación y enraizamiento; una vez que el fascismo ejerce el poder, la resistencia resulta sumamente costosa en vidas humanas.
Al analizar el régimen de Bukele, observamos rasgos de autoritarismo, pero no un encaje preciso con el fascismo. Nuevas Ideas surgió como un movimiento anti político que apela a la regeneración, pero carece de un origen en excombatientes o en una estructura de violencia callejera organizada. Aunque se ha consolidado como partido de masas, no precisó violencia paramilitar para ascender. A diferencia del fascismo, no contó con la entrega del poder por parte de élites tradicionales que lo buscaran como un «freno a la izquierda»; de hecho, inicialmente, estas élites resistieron.
No obstante, en el ejercicio del poder se observa una concentración absoluta, el uso de mecanismos inconstitucionales y un Régimen de Excepción desde 2022. Aunque no existe un «Estado dual» con escuadrones paramilitares, la represión se ejecuta a través de la policía, el ejército y el aparato judicial. Asimismo, no hay un expansionismo externo ni una doctrina del «hombre nuevo». El bukelismo parece estancado en las etapas de enraizamiento y llegada al poder, careciendo de la violencia partidaria, la alianza fundacional con las élites y el objetivo de regeneración total. Al revisar las «nueve pasiones» de Paxton, aunque persiste una retórica de victimización («nos saquearon por treinta años») y un liderazgo centralizado, no encontramos un discurso de superioridad racial o un darwinismo social que exija la aniquilación del débil. La violencia se justifica como un «mal necesario» contra el crimen, no como un elemento purificador.
En conclusión, el bukelismo es un autoritarismo electoral y un populismo punitivo que opera bajo una democracia delegativa, donde la ciudadanía cede el poder al presidente bajo la promesa de orden y desarrollo. El Salvador es hoy un sistema de poder sin límites legales, aunque mantiene la fachada de las elecciones. El riesgo, siguiendo a Paxton, radica en que el peligro no reside solo en el liderazgo, sino en la complacencia de una sociedad que tolera el autoritarismo ante el miedo a alternativas previas, lo que podría conducir a una radicalización hacia la persecución de opositores como «enemigos de la nación».
