Ausente
| Por: Manuel Alcántara Sáez. |
Hay momentos en los que la atención se dispersa. Sin saber por qué resulta complicado mantener una secuencia lógica y ordenada de pensamientos, seguir una conversación, entender la razón del comportamiento de la gente próxima. Días no necesariamente aciagos que constituyen una cascada que pareciera no agotarse nunca donde fluye cierto desaliento. La acumulación de sinrazones afecta el sentido de cualquier existencia que a veces pena y otras simplemente languidece. No importa tampoco el estado emocional del sujeto que se balancea entre la felicidad y la tristeza, entre el afecto y el desapego.Todo pareciera girar en torno a un continuo donde en un extremo se sitúan argumentos conspirativos y en el opuesto el azar como gran eje argumental de la vida. Del por qué siempre me ningunean al qué mala suerte tengo. Son situaciones estériles, insípidas y anodinas, pero que marcan el humor y, fundamentalmente, el talante con el que confrontar los quehaceres cotidianos. La dispersión puede ser el motor, pero también el ensimismamiento. El escapismo y la autoprotección como estrategia se solapan para evitar el dolor producido por el vacío antesala de la ausencia. Los motivos que auspician la distracción son entonces diversos. Calibrar si vale la pena conocerlos, saber de su peso en la configuración del nivel del estado de vigilancia, es quizá innecesario. No importa que el resultado pueda llegar a ser devastador como ocurre con el despiste del conductor. Solo el sujeto puede confirmarlo, aunque no siempre sea consciente de su descuido que es antesala de su abandono. Perdida la mirada en el horizonte, intervenidos los oídos para no escuchar nada, la boca cerrada y evitando cualquier gesto de lenguaje corporal, la trascendencia puede estar a punto de llegar, pero eso es otra historia.En la escuela se hace hincapié en la importancia que supone mantener la atención impulsando hábitos que pretenden ser valiosos en la educación. Pensar en las musarañas o estar en Babia son estados mentales que cualquier docente que se precie confronta cada día. Su labor consiste precisamente en combatirlos. La escucha aplicada es la exigencia escolar por antonomasia para disciplinar a las mentes demasiado inquietas, propensas a la fantasía o a la divagación constante, o demasiado dóciles e inclinadas a la molicie.La poderosa digitalización ha trastocado las prácticas construidas a lo largo del pasado. Los largos periodos de ensimismamiento solitario frente a una pantalla han traído consigo una nueva forma de atención en la que lo percibido es variopinto y se mueve a una velocidad de vértigo. Estar en la nube ya tiene un doble sentido que se retroalimenta. El nuevo tipo de soledad existente es independiente del lugar e incluso del entorno social. El aislamiento puede producirse en el marco de un concierto multitudinario o de un vagón de metro repleto de gente. Por otra parte, el negocio está asegurado para quienes son capaces de monetizar la atención desviada haciendo rentable la ausencia. La historia es simple: afronta un viaje, que no efectúa en su coche, con el anhelo de tener un largo momento de quietud. La posibilidad de abstraerse es uno de los grandes atractivos que siempre le ofrecen los periplos que hace en avión, tren o autobús. El propio trayecto es un lapso donde el tiempo parece detenerse. La eventualidad de permanecer desconectado está en sus manos cuando no es la falta de cobertura digital quien la impone. Tiempo para escribir o leer. Para perder la mirada en lontananza que se dibuja por la ventanilla. Para divagar.Sin embargo, sabe pronto que su expectativa es vana. Alguien que ocupa el asiento de al lado se apodera del espacio público al conversar en voz alta con su acompañante sentada al otro lado del pasillo. El silencio es una quimera. El ruido mecánico ambiental tiene que ser superado por un tono de voz cada vez más alto e insoportable. La alienación le invade. Opta por cerrar los ojos. Inevitablemente escucha. La conversación atrapa su atención. Pronto es consciente de que sus defensas se van a ver afectadas porque hablan de la ausencia.No entiende muy bien la razón por la que se entrelazan dos historias de naturaleza diferente, pero que declinan la ausencia de manera distinta. La primera se refiere a la sensación de ausencia vivida en un reciente encuentro social mientras que la segunda tiene que ver con la que se origina cuando alguien próximo falta. Ambos escenarios son de sobra conocidos y pergeñan una bitácora donde al final se proyecta un cruce de caminos en que la soledad se adueña del panorama. Sin embargo, no quiere dar pábulo a esa interpretación que considera facilona. Escucha algo que le llama su atención proferido por quien está a su costado: mientras los integrantes del grupo hablan animadamente el mutismo de uno de ellos pasa desapercibido hasta cierto punto. No es que no sepa qué decir ni que se trate de asuntos que no sean de su incumbencia o que no le provoquen interés. Quizá sea que el cansancio traiga consigo la pereza mental. Ni estar harto es de recibo ni su avanzada edad. Piensa que quien calla es dueño de su silencio, pero no es ese el punto en esos instantes. Tampoco lo es el rigor de su juicio en torno a la banalidad de la charla. La ausencia se nutre con lo que no se habla.Después, se menciona a la figura del padre ausente que llama su atención tanto por su variada casuística como por la interpretación de los efectos que conlleva en las relaciones interpersonales, en la educación sentimental del entorno y en su propia configuración material. Recuerda casos vividos por sus amigos de la infancia y otros de los que supo después en los que es difícil encontrar un patrón salvo el conformado por la sanción social. La interpretación no deja de ser manida y comporta un uso excesivo de moralina. La ausencia enfría todo, hace crecer el desaliento, se eleva como una coartada insufrible y predice otras. |

Los motivos que auspician la distracción son entonces diversos. Calibrar si vale la pena conocerlos, saber de su peso en la configuración del nivel del estado de vigilancia, es quizá innecesario. No importa que el resultado pueda llegar a ser devastador como ocurre con el despiste del conductor. Solo el sujeto puede confirmarlo, aunque no siempre sea consciente de su descuido que es antesala de su abandono. Perdida la mirada en el horizonte, intervenidos los oídos para no escuchar nada, la boca cerrada y evitando cualquier gesto de lenguaje corporal, la trascendencia puede estar a punto de llegar, pero eso es otra historia.En la escuela se hace hincapié en la importancia que supone mantener la atención impulsando hábitos que pretenden ser valiosos en la educación. Pensar en las musarañas o estar en Babia son estados mentales que cualquier docente que se precie confronta cada día. Su labor consiste precisamente en combatirlos. La escucha aplicada es la exigencia escolar por antonomasia para disciplinar a las mentes demasiado inquietas, propensas a la fantasía o a la divagación constante, o demasiado dóciles e inclinadas a la molicie.La poderosa digitalización ha trastocado las prácticas construidas a lo largo del pasado. Los largos periodos de ensimismamiento solitario frente a una pantalla han traído consigo una nueva forma de atención en la que lo percibido es variopinto y se mueve a una velocidad de vértigo. Estar en la nube ya tiene un doble sentido que se retroalimenta. El nuevo tipo de soledad existente es independiente del lugar e incluso del entorno social. El aislamiento puede producirse en el marco de un concierto multitudinario o de un vagón de metro repleto de gente. Por otra parte, el negocio está asegurado para quienes son capaces de monetizar la atención desviada haciendo rentable la ausencia.
La historia es simple: afronta un viaje, que no efectúa en su coche, con el anhelo de tener un largo momento de quietud. La posibilidad de abstraerse es uno de los grandes atractivos que siempre le ofrecen los periplos que hace en avión, tren o autobús. El propio trayecto es un lapso donde el tiempo parece detenerse. La eventualidad de permanecer desconectado está en sus manos cuando no es la falta de cobertura digital quien la impone. Tiempo para escribir o leer. Para perder la mirada en lontananza que se dibuja por la ventanilla. Para divagar.Sin embargo, sabe pronto que su expectativa es vana. Alguien que ocupa el asiento de al lado se apodera del espacio público al conversar en voz alta con su acompañante sentada al otro lado del pasillo. El silencio es una quimera. El ruido mecánico ambiental tiene que ser superado por un tono de voz cada vez más alto e insoportable. La alienación le invade. Opta por cerrar los ojos. Inevitablemente escucha. La conversación atrapa su atención. Pronto es consciente de que sus defensas se van a ver afectadas porque hablan de la ausencia.No entiende muy bien la razón por la que se entrelazan dos historias de naturaleza diferente, pero que declinan la ausencia de manera distinta. La primera se refiere a la sensación de ausencia vivida en un reciente encuentro social mientras que la segunda tiene que ver con la que se origina cuando alguien próximo falta. Ambos escenarios son de sobra conocidos y pergeñan una bitácora donde al final se proyecta un cruce de caminos en que la soledad se adueña del panorama. Sin embargo, no quiere dar pábulo a esa interpretación que considera facilona.
Escucha algo que le llama su atención proferido por quien está a su costado: mientras los integrantes del grupo hablan animadamente el mutismo de uno de ellos pasa desapercibido hasta cierto punto. No es que no sepa qué decir ni que se trate de asuntos que no sean de su incumbencia o que no le provoquen interés. Quizá sea que el cansancio traiga consigo la pereza mental. Ni estar harto es de recibo ni su avanzada edad. Piensa que quien calla es dueño de su silencio, pero no es ese el punto en esos instantes. Tampoco lo es el rigor de su juicio en torno a la banalidad de la charla. La ausencia se nutre con lo que no se habla.Después, se menciona a la figura del padre ausente que llama su atención tanto por su variada casuística como por la interpretación de los efectos que conlleva en las relaciones interpersonales, en la educación sentimental del entorno y en su propia configuración material. Recuerda casos vividos por sus amigos de la infancia y otros de los que supo después en los que es difícil encontrar un patrón salvo el conformado por la sanción social. La interpretación no deja de ser manida y comporta un uso excesivo de moralina. La ausencia enfría todo, hace crecer el desaliento, se eleva como una coartada insufrible y predice otras.