El espejo de Washington: La derrota Republicana augura un presagio inevitable para Bukele.
Por: Mauricio Manzano.
La reciente derrota del bloque republicano y la pérdida del control legislativo en el Congreso de los Estados Unidos no son un hecho aislado de la política norteamericana. Son un recordatorio histórico sobre las leyes del poder autoritario: ningún sistema basado en la propaganda, la corrupción y la asfixia económica puede sostenerse de manera indefinida.
Para regímenes como el de Bukele, que han copiado los manuales de polarización, el desprecio institucional y el mesianismo comunicacional del trumpismo, el revés electoral en Washington funciona como una premonición incómoda. Las causas que hundieron a la administración republicana en las urnas son exactamente las mismas grietas que ya carcomen, de forma silenciosa, el cimiento del «milagro» salvadoreño. Describamos algunas:
- El alto costo de la vida.
La primera gran lección del colapso republicano es que la retórica ideológica y los espectáculos mediáticos no llenan despensas. El votante estadounidense dio la espalda a los suyos cuando comprobó que la economía familiar se asfixiaba bajo el peso de la inflación y el encarecimiento de la vida.
En El Salvador, el relato oficial de la seguridad pública ha intentado funcionar como una anestesia permanente para ocultar el desastre económico. Sin embargo, el costo de la canasta básica, el desempleo informal desbordado, la falta de oportunidades reales y el endeudamiento público no se pueden pagar con videos editados de TikTok. Cuando la propaganda choca contra el estómago vacío del ciudadano, el hechizo del líder providencial comienza a romperse. La realidad económica siempre termina pasando factura.
- La erosión ética y la corrupción.
Las crecientes preocupaciones sobre la opacidad gubernamental y el manejo discrecional del aparato federal pesaron como una piedra sobre los republicanos. La promesa de limpiar el sistema se transformó, en la práctica, en el diseño de un búnker de impunidad para los aliados del poder.
El paralelismo con El Salvador es absoluto. Un régimen que nació prometiendo erradicar la corrupción del pasado ha construido el andamiaje más opaco, reservado y vigilado de la historia nacional, persiguiendo a la disidencia mientras encubre los negocios de su propio círculo íntimo. La corrupción institucionalizada, tarde o temprano, deja de ser un secreto bien guardado para convertirse en el principal argumento de su propio derrumbe.
- La represión y la ruptura con las bases jóvenes.
El alejamiento de sectores jóvenes y de minorías que antes habían apostado por el cambio disruptivo evidenció que el autoritarismo cansa. Las sociedades, incluso las polarizadas, terminan por rechazar el exceso de control, la supresión de libertades y la permanente amenaza contra el que piensa distinto.
En El Salvador, el mantenimiento artificial de un régimen de excepción perpetuo, cuando el propio gobierno pregona que el enemigo ya fue aniquilado, revela el miedo del poder a enfrentarse a las leyes ordinarias y al escrutinio ciudadano. Ese control asfixiante, que hoy se usa para amedrentar a jóvenes, periodistas, sindicatos, defensores de derechos humanos y ciudadanos críticos, va sembrando un descontento subterráneo que ningún estado de emergencia puede congelar para siempre.
- El delirio bélico. De la guerra contra Irán a la desastrosa invasión en Haití.
Uno de los factores determinantes en el castigo electoral a la administración en Washington fue la impopularidad de las aventuras guerreristas, como la costosa y rechazada guerra contra Irán, que desvió recursos públicos vitales de las necesidades internas para financiar la muerte y el caos en tierras lejanas.
Este delirio imperial encuentra un eco peligrosamente idéntico en las acciones del dictador salvadoreño. La reciente y temeraria aventura e invasión a Haití, utilizando a la tropa nacional como carne de cañón para desplegarse en una crisis extranjera sin mandato claro, buscando proyectar una falsa imagen de potencia regional y alimentar la propaganda, demuestra cómo los autócratas necesitan enemigos externos y pantallas de humo militares cuando el modelo interno empieza a tambalearse. Exponer la vida de los soldados salvadoreños en Haití para satisfacer delirios de grandeza mesiánica es la prueba más clara de la irresponsabilidad del régimen.
En resumen.
La reconquista demócrata del Congreso estadounidense demuestra que, cuando el poder se aleja de las necesidades reales de la gente y confía su supervivencia únicamente al aparato publicitario y a la confrontación, el péndulo termina por golpear con fuerza.
Para Bukele y su estructura de poder, el mensaje que llega desde el norte es un presagio inevitable. Los imperios construidos sobre el miedo, la propaganda y la asfixia económica tienen fecha de caducidad. El día en que el relato oficial deje de ser creíble ante los ojos de un pueblo cansado de pagar la factura, los abusos de poder y la corrupción, el castillo de naipes político comenzará a desmoronarse, recordándoles que la historia, más temprano que tarde, siempre cobra las cuentas pendientes.
