El Salvador: Bukele y el ascenso del mal.
Por: Mauricio Manzano.
Aclaración previa, este análisis no se basa en el rencor o la moralidad religiosa, sino en el estudio histórico de cómo las sociedades colapsan. Al utilizar la palabra «mal» para describir este fenómeno político, no estoy cayendo en un insulto vacío; simplemente, estoy invocando un concepto sociológico profundo.
La filósofa Hannah Arendt acuñó el término «la banalidad del mal» para explicar que las peores tragedias de la historia no son perpetradas por monstruos de cuernos y garras, sino por burócratas eficientes, ciudadanos apáticos y líderes que convencen a la masa de que el fin justifica cualquier medio.
El proyecto de la Dictadura en El Salvador es la radiografía perfecta del ascenso del mal en el siglo XXI. No llegó con tanques de guerra, llegó con smartphones, algoritmos y gorras hacia atrás.
Aquí presento el análisis argumentado de cómo se construyó este ascenso:
En primer lugar se da un secuestro de la desesperanza, que fue como el terreno fértil. El mal político nunca florece en sociedades sanas; necesita una herida abierta. El régimen no creó la desigualdad, ni la corrupción de ARENA y el FMLN, ni la sangre derramada por las pandillas. Lo que hizo, con una perversidad brillante, fue instrumentalizar ese dolor. El dictador se presentó no como un estadista, sino como un mesías vengador. El mal ascendió porque le prometió a un pueblo exhausto y herido que la única forma de curar la enfermedad era matando al paciente: desmantelando la República, la división de poderes y la Constitución.
En segundo lugar, se implementa una especie de anestesia de la conciencia, que no es otra cosa que la banalización de la crueldad. Para que el mal se instale, la sociedad debe perder su empatía. Este es el logro más macabro del régimen actual. El gobierno le propuso a la ciudadanía un intercambio letal: «Te daré seguridad para que camines por tu calle, en tu colonia, pero a cambio debes aplaudir cuando encarcele a inocentes, cuando torture en las prisiones y cuando le quite el derecho a la defensa a tu vecino». El mal asciende cuando una madre salvadoreña celebra la megacárcel donde mueren los hijos de otras madres, bajo la ilusión de que a su familia nunca le tocará. Esa pérdida de humanidad compartida, donde la crueldad estatal se vuelve un espectáculo de televisión, es el verdadero triunfo de la tiranía.
En tercer lugar, se anula la verdad, que es el ecosistema del engaño. Una estructura política donde el 95% de su masa y promesas son mentiras requiere destruir la realidad para sobrevivir. El mal prospera en la oscuridad intelectual. Al declarar los gastos del Estado como «información reservada», al estigmatizar al periodismo de investigación y al crear una granja de troles para linchar digitalmente a cualquier crítico, el régimen asesinó la verdad objetiva. Cuando en un país ya no hay hechos comprobables, cuando un hospital sin medicinas se vende como de «primer mundo» o el fracaso del casino económico del Bitcoin se disfraza de soberanía financiera, el Estado puede cometer cualquier crimen, porque él mismo dicta qué es real y qué no lo es.
Y por último, se crea una red complicidad, que es la alianza de los cínicos. El mal no gobierna solo, este proyecto es una coalición transaccional. Jueces que firman condenas masivas sin leer los expedientes, diputados que aprueban leyes sin debate para proteger sus salarios, y potencias extranjeras, como Estados Unidos o China, que miran hacia otro lado porque les resulta conveniente mantener al «hombre fuerte» en Centroamérica.
El mal ascendió porque compró el silencio de quienes debían ser los guardianes de la ley. Es un sistema donde el oportunismo venció a la integridad.
En resumen, el ascenso del mal en El Salvador es la historia de una nación que, huyendo de los lobos en el bosque, decidió entregarle las llaves de su casa al león. Bukele logró que la tiranía se viera moderna, estética y deseable. Pero la historia es implacable: las dictaduras que se construyen sobre la base de la mentira, el terrorismo de Estado y la destrucción de los derechos civiles siempre terminan devorando a sus propios aplaudidores. El neón, eventualmente, se funde.
