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El entretenimiento.

Por: Manuel Alcántara Sáez. * 

De pronto, un sismo cambia radicalmente el escenario y lo que parecía relevante se hace banal. El punto de atención se traslada hacia el drama humano. La política toma un carácter inesperado para atender con urgencia el desaguisado. La toma de posesión presidencial que parecía que iba a llenar los titulares se desvanece. Deja de importar que se trata de algo más que un acto protocolario; que su simbolismo se engarzara con disposiciones normativas de naturaleza constitucional, con tradiciones de larga data y con la oportunidad que abre para plasmar un plan de gobierno o incluso del futuro individual de quien asume el cargo. Queda lejos que políticamente supusiera que el relevo se haya producido satisfaciendo una premisa fundamental del orden democrático. Cuando, además, el color político de quienes dejaron el cargo y lo asumieron es diferente se dice que el efecto es aún más positivo. En efecto, se consuma una alternancia, situación más favorable si cabe para consolidar la democracia.
No hay que olvidar que la entrega y la recepción de los atributos simbólicos tiene también un componente escénico nada desdeñable. Desde el lugar en el que se celebra hasta las personas invitadas que se ubican en un lugar destacado de la ceremonia. La teatralización es un componente sustantivo del ser humano que se sublima cuando el poder está presente. De hecho, el término “posesión” que define la ejecutoria del acto tiene que ver con aquel. Incluso en el ámbito laboral corriente la toma de posesión conlleva cierto grado ceremonial.
Ahora bien, en la sociedad del entretenimiento en la que nos encontramos las tomas de posesión presidenciales cada vez acentúan más su condición de ritos festivos en los que todo evoca un significante vacío. Su configuración es signo de los tiempos al menos en cuatro aspectos que hay que observar. La reafirmación de los atributos del presidente investido, sus propuestas para el futuro, la satanización del presidente saliente y la cohorte de invitados que son inevitables palmeros.
La toma de posesión de Abelardo de la Espriella el pasado 7 de agosto, que hoy queda ya tan lejos, tiene mucho de ello y constituye un eslabón más de la cadena articulada en diferentes países de la región en los últimos tres años. No hay que olvidar que el acto fue atrabiliario al llevarse a cabo de forma sucesiva en dos lugares diferentes no capitalinos para reafirmar su mensaje descentralizador: una universidad y un cuartel. La posición inicial de celebrarlo solo en un cuartel entretuvo a la sociedad colombiana por cuenta de que Gustavo Prieto bloqueó esta opción gracias a su condición de comandante en jefe del Ejército hasta el último momento por considerarlo anticonstitucional.
El juramento y la imposición de la banda presidencial tuvieron lugar en la Universidad de Cali ante unas 2.500 personas y diez jefes de estado estando ausente el presidente saliente y contando con una delegación de Estados Unidos integrada por personal de un rango inferior a pesar de que el Departamento de Estado ha ofrecido un paquete de 1.000 millones de dólares para respaldar la nueva estrategia de seguridad basada, una vez más, en la erradicación de la coca, la guerra contra las drogas y el narco y la adhesión de Colombia al Escudo de las Américas por lo que Medellín será la capital en este proyecto.
En el batallón, de la Espriella, en el marco de una prédica envuelta en un contenido altamente religioso, reforzó ante un contingente silente de militares formados en cuadro y con uniformes de gala su ideario de librar “la batalla cultural para recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley, el amor por la patria, la creencia en Dios y la responsabilidad individual”.
Fiel a su epígono y admirado Nayib Bukete, quien no asistió a la ceremonia, una vez superado el trauma del sismo, el nuevo gobierno colombiano tendrá entretenida a la gente, al igual que hizo su predecesor, a través de su comunicación en redes social en la que ya se ha advertido que “nosotros todo el tiempo estaremos mandando comunicados, imágenes y videos de todo lo que está pasando”.
Quizá se debiera prestar atención a propósito del riesgo que esto último tuviera en cuanto a cierta conexión con la toma de posesión del inquilino de la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 y, sobre todo, con respecto a alguna de las derivas que aquel acto preludiaba. Entonces, los magnates de las principales tecnológicas acompañaban a alguien que transformaría su red Truth Social a través de Truth API en su segundo mandato presidencial en el activo más lucrativo de toda su carrera. La novedad consistía en cobrar a los clientes de Wall Street hasta 1,2 millones de dólares al año por una licencia que les otorgaría una ventaja instantánea sobre publicaciones que podrían —y con frecuencia lo hacen— sacudir los mercados globales.
Según Axios el acceso a las 10 cuentas más populares de la plataforma cuesta entre 60.000 y 100.000 dólares al mes. La innovación es que es el entretenimiento que inicialmente supuso la red social hoy es una forma novedosa de especulación: el poder sin parangón de la presidencia para influir en los mercados, empaquetado y vendido como una suscripción. Truth API proporciona a los algoritmos de negociación una fuente de datos directa y legible por máquina sobre la que pueden actuar antes de que la mayoría de los inversores reciban una alerta o actualicen sus pantallas. El sitio web de noticias The Intercept y la Freedom of the Press Foundation, una organización de defensa de los consumidores, han demandaron a Donald Trump por ello. Un presidente que al parecer dedica el 70% de su tiempo a sus proyectos de ostentación, construcción, renovación, cambio de nombre y homenajes. El entretenimiento de muchos se convierte en el negocio de uno, el entretenimiento de uno supone acentuar la irresponsabilidad de la acción política.

* https://elpais.com/america/2026-08-18/el-entretenimiento.html

Publicado en El País 17 de agosto de 2026