La Biblia no es opio: Cuando la Palabra de Dios se utiliza para justificar al poder.
Por: Pastor Nelson Bonilla.
En El Salvador se ha vuelto frecuente acompañar determinadas decisiones gubernamentales con versículos bíblicos. Algunos textos se utilizan para defender la obediencia a las autoridades, las medidas severas, el castigo del delincuente o una disciplina más fuerte para los jóvenes. No todo lo afirmado en esas publicaciones es necesariamente falso. La Biblia reconoce la autoridad, demanda responsabilidad y no niega la disciplina. El problema comienza cuando esa parte de su enseñanza se presenta como si fuera la totalidad de la Palabra de Dios.
Una Biblia que exige obediencia del pueblo, pero nunca responsabilidad del gobernante, ha sido mutilada. Una Biblia que reclama disciplina para el joven, pero guarda silencio ante su humillación, ha sido leída selectivamente. Una Biblia que defiende el castigo, pero olvida la verdad, el debido proceso, la misericordia y la restauración, deja de funcionar como palabra profética y se convierte en instrumento ideológico.
Karl Marx describió la religión como “el opio del pueblo”. Sin embargo, la religión no tiene que ser necesariamente opio. Podemos convertirla en opio cuando la utilizamos para tranquilizar la conciencia, justificar automáticamente al poder y silenciar las preguntas que la propia Escritura nos obliga a formular. La Biblia no es opio, pero podemos utilizarla como opio.
La Escritura exige obediencia legítima, responsabilidad personal y disciplina; pero también somete a todo gobernante al juicio de Dios, escucha el clamor del pueblo, protege al vulnerable y ordena practicar la justicia con verdad, misericordia y respeto por la dignidad humana. Por eso, ninguna autoridad debería responder con represalias contra quienes denuncian injusticias, expresan desacuerdo o exigen rendición de cuentas.
La Biblia es la regla inspirada por Dios mediante la cual examinamos nuestra fe, conducta y relaciones. No pertenece al gobierno ni a la oposición. Sus promesas son para todos, pero también lo son sus exigencias y advertencias: para gobernantes, iglesias y ciudadanos, sean oficialistas u opositores.
En las redes sociales he visto citar Romanos 13:1-7 para exigir sumisión a las autoridades. Sin embargo, el mismo pasaje enseña que la autoridad debe estar al servicio del bien. Romanos 13 no solo establece obligaciones para el ciudadano; también establece el propósito y la responsabilidad moral de quien gobierna. Resulta irónico que algunas personas que citan ese texto olviden pasajes como Isaías 10:1-2, que denuncia a quienes emiten leyes injustas y privan de sus derechos a los pobres, o Miqueas 6:8, que nos manda practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante Dios. Estos pasajes, entre muchos otros, juzgan la manera en que se ejerce el poder.
En la Biblia, el gobernante no recibe autoridad absoluta. En 1 Samuel 8, Dios permitió la monarquía, pero advirtió acerca de sus peligros: el rey podría apropiarse de los hijos, las tierras,
las cosechas y los bienes del pueblo. Desde el establecimiento mismo de la monarquía, la Biblia advierte que el poder político puede volverse abusivo cuando no reconoce límites.
Los profetas tampoco fueron propagandistas del palacio. Natán confrontó a David, Elías a Acab y Juan el Bautista a Herodes. Pero tampoco fueron propagandistas del pueblo: confrontaron tanto al rey como a la nación. Su lealtad no pertenecía al gobierno ni a la oposición, sino a Dios y su justicia. Siguiendo esa tradición profética, la Iglesia está llamada a anunciar la verdad, denunciar el pecado y defender la justicia, independientemente de quién gobierne.
Debido a la violencia que vivimos cuando las pandillas controlaban amplias zonas del país, es comprensible que muchos salvadoreños hayamos identificado la justicia casi exclusivamente con el castigo. Numerosas familias perdieron seres queridos; otras personas fueron amenazadas, desplazadas, mutiladas y humilladas. Ese dolor es real y no debe minimizarse. Quienes cometieron esos crímenes y han sido encontrados culpables mediante un proceso justo deben responder ante la justicia.
Pero la justicia bíblica no consiste solamente en castigar al culpable. También exige proteger al inocente, escuchar al acusado, evitar el abuso, actuar imparcialmente y procurar, cuando sea posible, la restauración (Deuteronomio 16:18-20; Proverbios 31:8-9; Zacarías 7:9-10). No podemos tratar como culpable a toda persona capturada o señalada como sospechosa. Una acusación no es una condena y la prisión no elimina la dignidad humana.
Tampoco debemos convertir la venganza en sinónimo de justicia. No podemos combatir la crueldad reproduciendo sus métodos. Si castigamos al inocente, toleramos el abuso o celebramos el sufrimiento del acusado, terminaremos pareciéndonos a aquello que afirmamos combatir, aunque nuestras acciones ocurran dentro de estructuras estatales.
La Biblia habla de disciplinar a los jóvenes, pero su disciplina busca formar y restaurar, no humillar, atemorizar ni destruir. Pablo enseña: “Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se desanimen” (Colosenses 3:21). Aunque habla directamente a los padres, este principio también nos permite examinar a las instituciones que ejercen autoridad sobre los jóvenes.
Organizaciones defensoras de derechos humanos, familiares de detenidos y organismos internacionales han denunciado capturas sin pruebas suficientes, detenciones arbitrarias, violaciones al debido proceso, muertes bajo custodia y tratos crueles. La CIDH informó en 2025 que había recibido información sobre aproximadamente siete mil casos documentados de presuntas violaciones de derechos humanos. En marzo de 2026 señaló que se habrían registrado al menos quinientas muertes bajo custodia desde el comienzo del régimen de excepción. El Estado salvadoreño ha cuestionado algunas de estas conclusiones, pero la gravedad de las denuncias exige investigaciones independientes, transparencia y rendición de cuentas. La seguridad y la dignidad humana no son objetivos incompatibles.
¿Cuál es entonces nuestro papel como Iglesia y seguidores de Jesús? Debemos reconocer lo bueno que realiza cualquier gobierno, pero perdemos nuestra voz profética cuando convertimos toda decisión oficial, incluidas las injustas o inhumanas, en expresión de la voluntad de Dios.
Antes de publicar un versículo para respaldar una medida gubernamental, preguntémonos: ¿estamos permitiendo que la Biblia examine al poder, o la estamos utilizando para protegerlo de todo cuestionamiento? La Palabra de Dios no pertenece al gobierno ni a la oposición. Todos comparecemos ante ella: gobernantes y ciudadanos, iglesias y partidos, oficialistas y opositores.
