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Los discursos exacerbados convierten la polarización en odio.

Por: Freddy Santamaría-Velasco.

Frente al actual panorama de “polarización”, lo primero que debemos decir es que lo social es, ante todo, un espacio discursivo. No vivimos simplemente entre instituciones o estructuras. Las instituciones son, constitutivamente, palabras, usos y prácticas lingüísticas que sostienen nuestras acciones y nuestras formas de convivencia. En este sentido, hablar un lenguaje —como advertía Wittgenstein— es participar en un juego, en una forma de vida, en ese trasfondo en el que prometemos, disentimos, persuadimos, obedecemos o resistimos. 

Por eso, en el contexto político, las palabras importan, y no solo en un sentido moralizante o retórico, sino en un sentido ontológico. Es decir: las palabras hacen mundos. Y es justamente allí donde el discurso político, en tiempos de polarización, adquiere una relevancia sin precedentes.

El discurso político es una práctica social que muestra cómo vivimos. No es un simple vehículo para transmitir información; es, más bien, una forma de configurar la realidad social. Cuando analizamos un discurso, descomponemos usos, intenciones, gestos pragmáticos e implicaturas que orientan la vida pública. En política, ese uso lingüístico se intensifica, pues ahí convergen emociones, identidades, promesas, miedos y, en muchos casos, actos de manipulación que terminan moldeando la percepción del mundo natural y social. 

Por eso me preocupa la facilidad con la que ciertos discursos, sobre todo los populistas, simplifican la complejidad social, reduciéndola a oposiciones estériles que luego escalan paulatinamente hacia expresiones de odio.

Muchos de estos discursos están asociados a lo que llamamos “líderes carismáticos”. Ahora bien, no hablo de carisma como una categoría peyorativa. En efecto, Max Weber mostró que el carisma es difícil de definir y, a la vez, es indispensable para comprender cómo ciertos líderes movilizan a sus seguidores. Sin carisma, un político difícilmente podrá convocar a un grupo significativo. El asunto no es negar esa realidad, sino comprender qué tipo de uso lingüístico se articula en torno al carisma. En mis investigaciones he observado que los líderes populistas leen la crisis (o la anticipan) y ofrecen explicaciones y soluciones extremadamente simples, emocionalmente efectivas, pero políticamente inviables. Reitero: soluciones fáciles de entender, pero imposibles de aplicar. El líder, debería ser un profesional de la política, como advierte M. Alcántara en “El oficio de político”. 

Todorov lo formuló claramente: el discurso populista necesita un enemigo. El líder identifica una fuente de malestar (una clase social, un grupo económico, un adversario político) y se presenta como el único capaz de restaurar el orden, proteger al “pueblo” y resolver lo que otros, supuestamente, no quisieron o no pudieron hacer. Este mecanismo lingüístico opera sobre el miedo. No es casual: el miedo cohesiona, permite articular un “nosotros” y un “ellos”, y abre la puerta a narrativas excluyentes. Cuando la crisis se explica de forma reduccionista, se clausura la posibilidad de pensar soluciones complejas y se crea, en cambio, un ambiente emocionalmente cargado que favorece la obediencia y la adhesión acrítica.

Algunos académicos, como Laclau y Mouffe, sostienen que el populismo puede ser una oportunidad para radicalizar la democracia desde abajo, articular demandas y fortalecer la justicia social. Conozco bien estas lecturas. No niego que la democracia exige participación y crítica; tampoco niego que la movilización popular tiene un papel ineludible en la ampliación de derechos. Pero algo debe quedar claro: esa dimensión constructiva de la democracia no elimina el riesgo que observo en ciertos discursos populistas. 

Mi preocupación no se sitúa en la intención moral del líder (no hablo de buena o mala fe) sino en los efectos pragmáticos del lenguaje que utiliza. Como bien dice Wittgenstein: el sentido está en el uso. Y cuando el uso se orienta a dividir, a exacerbar tensiones o a consolidar adhesiones emotivas, los efectos pueden ser peligrosos para la convivencia democrática. No solo sus crisis, sino su extensión. A veces no tenemos en cuenta de lo frágil de la democracia. 

La polarización, en ese contexto, no es un fenómeno exclusivo de nuestra democracia colombiana: aparece en muchas sociedades contemporáneas, tanto europeas como americanas. Y no, la polarización no es siempre negativa. Puede ser señal de una democracia viva, donde distintas visiones del mundo se enfrentan y se elaboran. El problema surge cuando la polarización deja de ser debate y se convierte en una práctica discursiva de exclusión. 

Gobiernos tan distintos como los de Trump, Bukele, Milei o Petro han recurrido a expresiones que clasifican a la sociedad en bandos irreconciliables: “casta y pueblo”, “buenos y malos”, “ellos y nosotros”. Esa lógica binaria empobrece la vida democrática y tiene un efecto que no debemos minimizar: la imposibilidad de escuchar. 

Aquí es donde la noción de “discurso exacerbado” se vuelve clave. Cuando no solo se radicalizan posiciones, sino que se demoniza al otro, el lenguaje deja de ser un espacio para dar razones y se convierte en un arma política. El riesgo es evidente: pasamos de la discrepancia legítima al discurso de odio. Y el discurso de odio no es un exceso anecdótico; es una práctica que institucionaliza formas de rechazo, exclusión e, incluso, violencia. En teoría del lenguaje se estudian figuras como las de slurs o dogwhistles, expresiones que, aun cuando parecen inocuas, activan significados compartidos que degradan la dignidad de ciertos grupos. Cuando estas expresiones se normalizan, la sociedad empieza a aceptar como legítimo lo que antes habría considerado inaceptable.

De este modo, ¿estamos condenados al discurso exacerbado? En análisis del discurso solemos decir que somos amos y señores de lo que callamos y esclavos de lo que decimos para señalar un hecho fundamental: nuestras palabras son acciones y, por ende, nos comprometen vitalmente. Por eso debemos ser cuidadosos de cómo nos expresamos, en términos políticos y sociales. Un insulto repetido crea hábitos lingüísticos; un hábito lingüístico crea prácticas sociales; y estas, finalmente, pueden derivar en decisiones políticas. Lo vemos en hogares donde familiares dejan de hablarse por diferencias ideológicas; lo vemos en calles donde el “enemigo” ya no es un adversario sino alguien a eliminar. El lenguaje, inevitablemente, estructura nuestra experiencia de mundo.

Por eso sostengo que la relación entre política y lenguaje es indisoluble. La política es una práctica discursiva: nos constituimos en comunidad al dar razones, justificar acciones y disputar visiones del mundo. Una ideología no es otra cosa que un conjunto de palabras que adquieren fuerza y orientan la realidad. Si esas palabras buscan incluir, ampliar el horizonte democrático o fortalecer la convivencia, las democracias se robustecen. Si, por el contrario, buscan dividir, señalar o excluir, abrimos la puerta al deterioro institucional y, en el peor de los casos, al odio.

En definitiva, el discurso político está referido a la actividad misma de participar en una comunidad lingüística en la que damos razones y justificamos nuestras acciones de vida. Por eso importa en la política y en la vida misma: porque somos lenguaje.

Freddy Santamaría Velasco

Docente de la Facultad de Ciencias Políticas-UPB. Experto en Filosofía del lenguaje, psicología política y análisis del discurso. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín. Colombia.