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El Gólgota de Cuscatlán: Entre el Régimen de Excepción y la Cruz.

Una Semana Santa desde la realidad salvadoreña.

Por: Walter Raudales.

La brisa de marzo en El Salvador no solo trae el aroma del incienso y el sonido de las matracas; trae consigo un eco de siglos que se estrella contra el asfalto de un país en «excepción» permanente. La Semana Mayor no es solo un rito litúrgico; es el espejo donde se mira un pueblo que, entre alfombras de aserrín y botas militares, intenta descifrar si su sacrificio tiene un propósito o si es, simplemente, la repetición infinita de una injusticia romana en pleno siglo XXI.

“La Semana Mayor” no es solo rito ni descanso. Es una historia incómoda sobre poder, miedo y verdad. Lo que ocurrió en los últimos días de Jesús no fue únicamente un acto religioso: fue un manual crudo de cómo reaccionan las estructuras cuando se sienten amenazadas.

En los últimos días de Jesucristo, no solo se narró un sacrificio divino: se expuso, sin maquillaje, la arquitectura del miedo, la traición por beneficio y la manipulación de las masas. Hoy, en pleno siglo XXI, esa narrativa parece menos lejana de lo que muchos quisieran admitir.

Y hoy, en El Salvador, bajo un régimen de excepción prolongado, la pregunta deja de ser espiritual y se vuelve urgente:
¿Estamos recordando la historia… o repitiéndola?

Las Treinta Monedas y el mercadeo de la esperanza

En la penumbra de la Última Cena, Jesús anunció la traición. No vino de un extraño, sino de quien compartía el pan. No hay proceso puro ni perfecto; siempre surge y habrá el traidor que confunde la redención con la cuenta bancaria.

“Uno de ustedes me va a entregar”. La frase pronunciada en la Última Cena sigue resonando como una advertencia eterna sobre la fragilidad de los principios ante la oferta correcta. La traición de Judas Iscariote no fue un error de cálculo, fue una transacción.

En la realidad salvadoreña contemporánea, hemos visto un desfile de «Judas» reciclados. Dirigentes sociales, organizaciones que un día fueron baluartes de la resistencia y antiguos líderes insurgentes que, ante el «Candidato de Cuna de Oro», decidieron que sus ideales tenían un precio. No hubo una transición ideológica, hubo un mercadeo: cargos públicos, financiamiento para ONGs, puestos consulares y la seguridad de pertenecer al círculo del privilegio.

El resultado es un aparato organizativo popular desmantelado, entregado a cambio de dividendos personales. Porque, como sentencia la historia: no existe proceso social puro; siempre aparece uno o varios Judas dispuestos a besar la mejilla del poder a cambio de plata.

«La verdad siempre es perseguida; el que dice la verdad, molesta.» — San Óscar Arnulfo Romero, 24 de junio de 1979.

«Un cristianismo que se instala en la comodidad, un cristianismo que no tiene la inquietud del Evangelio, que no intenta convertir el mundo, no es el cristianismo de Cristo.» > — Mons. Romero, 27 de noviembre de 1977.

El Canto del Gallo y la Ceguera del Voto.

Pedro, el impetuoso de los apóstoles, juró lealtad eterna para luego negar a su maestro tres veces antes del alba. En El Salvador, esa negación se ha vuelto sistémica. Una parte considerable de la población, en un ciclo de tres elecciones continuas, parece votar contra su propia dignidad.

Bajo el influjo de una propaganda asfixiante y el discurso de pastores que confunden y predican el Reino con el Régimen, muchos aplauden por temor o conveniencia. Es la entrega ciega a una avalancha política que no busca la prosperidad colectiva, sino la acumulación de riqueza de un clan familiar. El pueblo niega su realidad el hambre, el desempleo, la falta de libertad para sostener el altar de quien lo encadena.

Hoy esa negación no ocurre en patios ajenos, sino en urnas. Se vota, una y otra vez, por estructuras que recortan derechos. A veces por confianza, sí. Pero muchas otras por temor, cansancio o por una narrativa que simplifica todo en blanco y negro.La ironía es dura: se elige seguridad, pero se cede libertad; se busca orden, pero se normaliza el exceso.Y aun con señales evidentes, la negación persiste.

Negamos la realidad del hambre, el desempleo y la falta de rumbo colectivo para abrazar y avalar un proyecto de clan familiar de acumulación de riqueza, convencidos de que, si no miramos las injusticias ajenas, estas no tocarán nuestra puerta.

«Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, y un pueblo que no tiene conciencia de su dignidad, se deja esclavizar.» — Inspirado en el pensamiento de Mons. Romero

El Pretor, Barrabás y el Régimen de Excepción

En el juicio de Jesucristo, Poncio Pilato,no busca la justicia, busca la estabilidad de su cargo. La decisión se traslada a la turba: la multitud, enardecida por el discurso de los sumos sacerdotes, elige liberar a Barrabás y condenar al inocente. Es  la máxima expresión de la «democracia del linchamiento». Pilatos, el nuevo pretor que busca la popularidad antes que la justicia, se lava las manos y entrega al inocente porque la turba aclama a Barrabás.

Hoy, el «pretorio» se traslada a las redes sociales y a las encuestas de opinión. Bajo el Régimen de Excepción, miles han sido capturados; entre ellos, miles de inocentes que no deben nada. Pero la respuesta oficial es inamovible: «el pueblo lo aprueba». La justicia se ha vuelto un espectáculo de aclamación popular donde el debido proceso es un estorbo para la narrativa de eficiencia.

Hoy, esa aclamación se traduce en un Régimen que se prorroga ya , los 49 meses. En nombre de una «seguridad» de fachada, se condena a miles de inocentes. La encuesta es el nuevo oráculo: si el pueblo quiere cárcel para todos, el gobernante obedece, incluso si eso significa pisotear derechos fundamentales. Sin embargo, esa «voz del pueblo» se vuelve sorda cuando miles piden detener la minería o exigen saber el paradero de los capturados sin pruebas. Se libera el espíritu de Barrabás el castigo sin juicio  y se crucifica la presunción de inocencia.

«La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación.»  Mons. Romero, 11 de noviembre de 1979.

Tumbas militarizadas y la verdad pendiente

La crucifixión no fue solo una ejecución; fue un mensaje visual diseñado para disciplinar a través del terror público. Hoy, la seguridad ciudadana se ha convertido en una puesta en escena similar.

Tras la muerte en la cruz, el poder romano mandó sellar la tumba y militarizarla. Temían a la profecía de la resurrección, temían que la verdad escapara del sepulcro. En nuestro contexto, el miedo a la verdad es igual de palpable.

En cada rincón del país se puede verificar la militarización extendida. En un país que ostenta más uniformes que libros, donde hay más soldados en las calles que estudiantes en las aulas universitarias. Se nos vende una fachada de éxito mientras se ocultan las cifras que incomodan: más de 500 muertes documentadas en cárceles, desapariciones forzadas y cerca de 30 mil personas detenidas , que llevan apresadas 4 años sin una sola prueba de vinculación criminal.

Y volviendo a  marzo de 1980, es indignante que, tras 5 décadas, los gobiernos sigan sin profundizar y esclarecer y mucho menos  castigar si es que aún existen los culpables intelectuales y materiales del asesinato de San Romero. Prefieren callarlo y olvidarlo “para no abrir heridas” , vaya, justicia de cartón ;una fachada: con más militares en las calles que estudiantes en las aulas, una capital resguardada por ejércitos de civiles y agentes del CAM, mientras en las cárceles el silencio es mortal. Las cifras son aterradoras: más de 500 muertos bajo custodia y miles de desaparecidos en un sistema que niega el debido proceso.

¿Cómo vivir esta Semana Santa? No se puede buscar a Cristo solo en las imágenes de madera mientras se ignora al «Cristo roto» que habita en las celdas de El Salvador o en las madres que lloran en las afueras de los penales.

¿De qué lado de la Cruz estamos?

La Semana Santa no debería ser solo contemplación. Es espejo que obliga a preguntas que no se responden con incienso:

¿Somos los que sostienen el martillo cuando la injusticia se normaliza?

¿Somos los que nos lavamos las manos mientras el vecino es llevado sin pruebas?

¿Somos los que gritamos «¡Crucifíquenlo!» desde la comodidad de una cuenta anónima?

Al final, la historia no juzgará nuestras oraciones, sino nuestras decisiones y nuestros silencios. Porque como bien enseñó el Santo de América, la fe sin obras que edifiquen la justicia es una fe muerta.

«La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación. No me cansaré de repetirlo: si queremos que la paz sea verdadera, tiene que ser una paz que brote de la justicia.» — San Óscar Arnulfo Romero.

El Sacrificio que Edifica

La Semana Santa nos recuerda que el sacrificio por amor vale la pena, pero solo cuando ese sacrificio busca la vida y no la muerte. El Salvador vive hoy su propio calvario, bajo un cielo donde los drones reemplazan a los ángeles y el Estado de Excepción es la nueva corona de espinas.

Reflexionar desde la fe, o desde la simple humanidad, nos obliga a despertar de la ceguera.Y cuando la resurrección ha  llegue para este país, no vendrá de los palacios de cristal, ni de los nuevos pretores, sino de la capacidad de este pueblo para dejar de ser la turba que pide sangre y volver a ser el cuerpo y tejido social que exige justicia, pan y libertad.

«Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.» > — Mons. Romero.

Que este recordatorio de sacrificio no sea un adormecedor, sino una sacudida de mentes. Porque solo la verdad nos hará, finalmente, libres.

La pregunta queda abierta, vibrante y necesaria en esta Semana Mayor: ¿Estamos del lado del crucificado o del lado del pretorio?