EL LABERINTO SALVADOREÑO: Elecciones en tiempos de dictadura tecnofascista.
Por; Miguel A. Saavedra.
En cancha amañada se construye ciudadanía y se cambia el juego.
Se ha regado la noticia como pólvora por los intersticios de la red: un rostro reconocido, articulado con movimientos sociales, estaría a punto de saltar a la arena electoral bajo la bandera del FMLN. Y aquí, lo primero que salta a la vista no es la noticia en sí, sino el ruido de su ausencia del oficialismo. Un silencio ensordecedor. Los opinólogos oficiales aún no han bajado la escaleta de los ataques; Los medios tradicionales hacen como si la tierra no temblara. El único polvo real es el que levantan las redes sociales y la comunicación alternativa.
Ante este escenario, se reabren de inmediato los viejos debates de la oposición. «¿De qué sirve pelear si el ‘Rey del Cuento’ tiene la cancha amañada?», sentencian algunos. Lo que no calculan es que renunciar a jugar antes de que suene el silbato inicial también produce un ganador por defecto. En la vereda de enfrente, está la visión de quienes aseguran que ante la trampa de una moneda que aparenta tener dos caras pero sigue siendo la misma, la única salida es desenmascarar la cara falsa… o desnudar a ambas.
Así es como nos vuelven a encerrar en el laberinto. Y la pregunta que ahora flota en el aire no es si tenemos la magia para ganar la elección, sino si siquiera vale la pena participar. Si hay que darle un Azar al ciudadano de creer que su voto aún tiene peso, en un ambiente donde las reglas, el árbitro y hasta las líneas de la cancha le pertenecen exclusivamente al emperador.La dicotomía de los agoreros y el miedo a perder… ¿qué?
Ya empiezan a perfilarse los escenarios de la casta analítica. Y aquí viene la primera gran contradicción, pura medicina amarga para el pensamiento crítico: por un lado dicen que *»ya era tiempo de contar con una alternativa de»ya era tiempo de contar con una alternativa de peso», pero de inmediato sacan la vuelta y sentencian que . «aún no es el tiempo»
¿Perdón? Primero nos dicen que no hay quien le compita al emperador, y ahora que todavía no es el momento. ¿Entonces hay que esperar a la cuarta, quinta o sexta reelección del actual «Rey del cuento» para empezar a pensar en un relevo?
Luego están los que admiten que el candidato propuesto es bueno, pero se rinden antes de pelear: «¿Cómo va a competir con semejante maquinaria oficial?». Y es cierto, la asimetría es descomunal. A estas alturas, con las fiestas patronales de por medio, ya están regalando las famosas cajas de comida. Están gastando más en la alborada de cohetes de un fin de semana que lo que han invertido en tres años en políticas públicas reales. Anuncian que regalarán dinero a los hogares donde lleguen a encuestar. La piñata de los vouchers y los regalos, manejada por empleados gubernamentales convertidos en promotores clientelares, ya está en marcha.
Participar no garantiza el triunfo, pero la resignación sí garantiza la derrota.
Pero a qué le temen estos analistas agoreros, estos pregoneros de malos augurios? ¿A perder? ¡Si ya perdimos! Ya perdimos derechos, ya perdimos la libertad de expresión, la seguridad del empleo, el poder adquisitivo para llenar la olla. Los pueblos no solo pierden cuando les quitan derechos; sino también cuando éstos dejan de ejercerlos.
Que ahora vengan con palabras leguleyas a decir que «vamos a perder legitimidad y legalidad al participar» Le suena hueco al pueblo. Al ciudadano de a pie no le importan los tecnicismos jurídicos-políticoa si no ve resueltos los ingentes problemas de su cotidiano estropeado y de paso le quieren evitar que tenga espacios de resiliencia y esperanza.
Bajo y en el marco lógico de reconstrucción, lograr que la gente se inserte activamente en la dinámica de los eventos electorales tiene una ganancia estratégica gigantesca, a menudo invisible para los encuestadores y los analistas de escritorio.Al activar el eje político electoral ,se reanuda la experiencia de base, ese roce con la organización ciudadana y la necesidad de reactivar espacios ciudadanos perdidos, es el combustible que luego impulsa y desborda hacia otras formas de movilización donde participa muchísima gente.
Para comprender la magnitud del reto y actuar en consecuencia con la altura de propuesta que esta hora crítica exige frente a la hegemonía tecnofascista que se ha consolidado en la región y, particularmente, en nuestro país, resulta insoslayable un replanteamiento estratégico actualizado para estos nuevos tiempos. Los viejos recetarios se han quedado cortos: las categorías de análisis de la Guerra Fría, los «tests» de pureza ideológica y los medios de calco (esa insistencia de querer fotocopiar fórmulas de lucha del siglo pasado para aplicarlas al presente) colapsaron estrepitosamente frente a la velocidad del algoritmo y la necropolítica disfrazada de eficiencia digital.
Es exactamente en ese cruce de energías colectivas donde se quiebra de tajo la inercia, el miedo y la inmovilidad cívica que se ha impuesto en el país durante décadas, o el anestesiamiento digital de hoy. Dejas de depender de los algoritmos o de la cúpula partidaria, y se generan miles de replicadores orgánicos sembrados directamente en el terreno, listos para accionar mucho más allá de la jornada electoral.
Hay que dar el salto hacia nuevos paradigmas. Esto implica ejercer una audacia consciente: la osadía metodológica de innovar en las formas de resistencia, de hackear los códigos del poder dominante, pero sin caer en el vacío académico ni en el activismo de vitrina.
