León XIV y la paradoja de la inteligencia artificial: progreso técnico versus regresión antropológica, según la encíclica Magnifica humanitas.
Por José Luis Preciado.
En la primavera de 2026, la Santa Sede ha vuelto a situarse en el vértice del pensamiento contemporáneo con la publicación de la carta encíclica Magnifica humanitas, del Papa León XIV (1), un documento que no solo actualiza la Doctrina social de la Iglesia para la era digital, sino que ofrece un diagnóstico penetrante sobre la condición humana frente a su más deslumbrante y peligrosa criatura: la inteligencia artificial. Fiel a la tradición inaugurada por León XIII con Rerum novarum, el Pontífice no se limita a moralizar sobre los excesos técnicos, sino que elabora un ensayo teológico-político que sitúa el debate donde realmente debe dirimirse: en la comprensión misma de lo humano. Así, la encíclica revela una paradoja central de nuestro tiempo: el innegable progreso material y técnico, simbolizado por los algoritmos generativos y los sistemas autónomos, coexiste y, de hecho, acelera una profunda regresión antropológica que, al debilitar los vínculos de verdad, trabajo y libertad, termina por erosionar los cimientos de una paz social justa y estable. Frente al paradigma tecnocrático, que reduce a la persona a un dato y la eficiencia a ídolo, León XIV propone una resistencia luminosa: custodiar la magnífica humanidad herida que Dios ha creado, edificar la ciudad de la civilización del amor en lugar de la nueva torre de Babel digital.
El diagnóstico del Papa parte de una constatación que recorre toda la Doctrina social, desde el Concilio Vaticano II hasta el magisterio de Francisco: la técnica, lejos de ser neutral, es un hecho profundamente humano que puede encerrar una ambivalencia radical. Hoy, sin embargo, nos hallamos ante un cambio de época, donde el poder tecnológico ha adquirido un rostro predominantemente privado y transnacional, que concentra datos, capacidad de cálculo y, por tanto, dominio sobre la vida cotidiana. La inteligencia artificial, advierte León XIV, no es un simple instrumento. Mientras promete eficiencia y liberación de tareas pesadas, instaura silenciosamente una lógica que mide el valor de la persona por su rendimiento, su optimización y su adaptabilidad a las máquinas. Esta es la raíz de la paradoja que el título de este artículo anuncia: asistimos a un desarrollo sin precedentes en la capacidad de modificar el mundo, pero también a una regresión en lo que respecta a la percepción de la dignidad inalienable de cada ser humano. Cuando la eficiencia se erige en medida de todo, el sufrimiento, el límite, la ancianidad o la simple improductividad se convierten en defectos a corregir o, peor aún, en vidas indignas de ser sostenidas. La paz social, que no es mera ausencia de conflicto sino fruto de la justicia, se ve así amenazada desde su fundamento: si no hay un reconocimiento compartido de una verdad sobre el bien y sobre la persona, cualquier consenso se vuelve frágil y cualquier derecho, negociable.
Para iluminar esta encrucijada, León XIV recurre a dos imágenes bíblicas que estructuran su reflexión: la torre de Babel y la reconstrucción de los muros de Jerusalén por Nehemías. Babel representa la tentación perenne de unificar bajo un solo poder, un solo lenguaje técnico y una sola ambición de autosuficiencia, eliminando la diversidad y aplastando al débil en nombre de un progreso grandioso pero inhumano. Es el paradigma de la inteligencia artificial cuando se convierte en fin y no en medio: un algoritmo que clasifica, excluye y decide sin apelación posible, confundiendo la velocidad del cálculo con la sabiduría del juicio. En el polo opuesto, Jerusalén es la ciudad que se reconstruye desde la fragilidad, con la oración, el discernimiento y la responsabilidad compartida. Nehemías no impone soluciones desde arriba, sino que examina las ruinas, convoca a las familias, asigna a cada uno un tramo de muralla. Así, la paz y la justicia no nacen de un diseño omnisciente, sino de un trabajo lento, participativo y subsidiario, donde cada persona, comunidad e institución aporta su piedra. La inteligencia artificial, sugiere el Pontífice, será babeliana o jerusalémica según la orientación del corazón humano que la diseñe y gobierne.
En el corazón de la encíclica late una defensa apasionada de los fundamentos de la Doctrina social, que León XIV aplica con rigor al fenómeno de la inteligencia artificial. El principio del bien común exige que la tecnología no sirva solo a los intereses de unos pocos actores privados, sino que garantice condiciones para que todos puedan florecer. El destino universal de los bienes, un principio clásico del pensamiento social cristiano, se amplía aquí para incluir los datos, los algoritmos y las plataformas digitales: estos bienes inmateriales, fruto de la cooperación de muchos, no pueden ser acaparados por monopolios opacos. La subsidiariedad, por su parte, reclama que las decisiones sobre el uso de la inteligencia artificial se tomen en el nivel más cercano posible a las personas afectadas, protegiendo a las comunidades locales y a los cuerpos intermedios de ser meros ejecutores de una lógica impuesta desde los centros globales de poder. Finalmente, la solidaridad y la justicia social se convierten en criterios para desenmascarar las nuevas esclavitudes digitales: el trabajo invisible y mal pagado de quienes etiquetan datos, la extracción violenta de minerales para dispositivos, la trata de personas facilitada por algoritmos. Sin estos principios, el progreso técnico no es más que una coartada para una dominación más eficaz.
Uno de los análisis más finos de Magnifica humanitas es el que deslinda la verdadera naturaleza de la inteligencia artificial frente a la inteligencia humana. León XIV advierte contra el equívoco antropomórfico: estos sistemas no poseen conciencia, no experimentan el dolor ni la alegría, no juzgan moralmente ni asumen la responsabilidad de sus actos. Pueden simular empatía, pero no la sienten; pueden optimizar resultados, pero no comprenden el sentido. Por ello, confiarles decisiones letales o irreversibles, especialmente en el ámbito bélico, constituye una traición a lo humano. La guerra, ya de por sí una derrota de la razón, se vuelve aún más monstruosa cuando se delega en sistemas que no pueden distinguir entre un combatiente y un niño, ni sentir el peso de una vida truncada. El Papa rechaza explícitamente la idea de “agentes morales artificiales” y aboga por un control humano significativo y responsable en toda la cadena de decisión. La paz justa no se construye con algoritmos de disuasión, sino con el diálogo paciente, la diplomacia y el reconocimiento del rostro del otro.
Frente a las narrativas del transhumanismo y el posthumanismo, que prometen una superación técnica de los límites humanos, la encíclica ofrece una respuesta teológica de gran profundidad. El verdadero “más que humano”, sostiene León XIV, no se alcanza potenciando el rendimiento o fusionando la carne con el silicio, sino mediante la gracia. El misterio de la Encarnación muestra a un Dios que no desprecia la fragilidad, sino que la asume y la diviniza desde dentro. La grandeza del ser humano no reside en la ausencia de límite, sino en la capacidad de amar, de perdonar, de entregarse gratuitamente; realidades que ningún algoritmo podrá nunca replicar porque no nacen de un cálculo, sino de la libertad herida y elevada por el Espíritu. La civilización del amor, ese sueño de Pablo VI que el Papa actualiza, se construye cuando la técnica se pone al servicio de esta humanidad magnífica y herida, cuando la inteligencia artificial ayuda a curar, conectar y liberar, en lugar de vigilar, explotar y dividir.
Las consecuencias prácticas de este discernimiento son vastas y afectan a todos los ámbitos de la vida social. En el trabajo, la irrupción de la inteligencia artificial no puede ser gestionada solo con criterios de productividad; se requiere una reconversión justa, el fortalecimiento de la negociación colectiva y políticas activas que impidan que la automatización genere una masa de excluidos permanentes. En la educación, la escuela debe ofrecer aquello que la máquina no puede dar: tiempo, relación, confrontación con la realidad y amor por la verdad. En la comunicación, la Iglesia llama a una ecología digital que desenmascare la desinformación, proteja a los menores de la depredación algorítmica y defienda la verdad como bien común, frente a la posverdad que corroe la democracia. En el ámbito internacional, el Papa condena la normalización de la guerra, el auge de los arsenales y la crisis del multilateralismo, instando a una cultura de la negociación y el desarme real. La inteligencia artificial no puede ser un arma más en la geopolítica del miedo.
En última instancia, Magnifica humanitas es una invitación a no sucumbir al síndrome de Babel. El Papa León XIV sabe que la inteligencia artificial ha llegado para quedarse, pero su uso no está escrito en piedra. Depende de nosotros, de nuestra capacidad de orar y de actuar con responsabilidad, como Nehemías, para que esta poderosa tecnología se convierta en una herramienta de justicia y fraternidad y no en un nuevo ídolo que exija sacrificios humanos en su altar de eficiencia. La paradoja entre progreso material y regresión antropológica se resolverá en el único terreno donde siempre se decide la historia: en el corazón de cada persona, llamado a elegir entre el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, que construye torres de poder vacías, o el amor de Dios hasta el desprecio de sí, que edifica la ciudad de la paz. En este combate cultural y espiritual, la encíclica se erige como una brújula indispensable para navegar el futuro. La magnífica humanidad que Cristo ha asumido no es un accidente del pasado, sino el destino de un presente que, incluso en la era de los algoritmos, sigue siendo un tiempo de salvación.
Notas a pie de página
1. CARTA ENCÍCLICA MAGNIFICA HUMANITAS DEL SANTO PADRE LEÓN XIV SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANA EN EL TIEMPO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL; La Santa Sede, 15 de mayo de 2026. Disponible en el sitio web oficial del Vaticano (vatican.va).
