Cuba hace sufrir.
Por: Salvador Martí i Puig. *
Hace meses que vemos como Cuba se desangra. Bien, mejor dicho, hace años que lo vemos. Pero ahora se percibe de forma acelerada y en directo y sin atenuantes. Tanto es así que, últimamente, fotografías de La Habana abren las cabeceras de la sección de internacional de los diarios e, incluso, semanarios de primer orden, como Time, hacen dossieres del tema —el último, de hace 15 días, se titulaba «Before the Fall» (‘Antes de la caída’).
En este contexto, nadie duda de que los días del régimen de La Habana, tal y como lo hemos conocido desde 1959, están contados. Lo sabe todo el mundo. Las negociaciones en el territorio cubano entre jefes de la Administración norteamericana (incluyendo al director de la CIA) con jerarcas del régimen lo constatan. También lo ponen de manifiesto las declaraciones abrazadas de Donald Trump, que, en medio de ruedas de prensa, saca pecho diciendo que puede apoderarse de la isla en cualquier momento y hacer lo que le plazca. Con todo, la gran pregunta es: ¿cuál es la estrategia que emplearán los Estados Unidos para cruspirse la grande de las Antillas? Es decir, ¿cómo se lo hará para intervenirla y fagocitarla? En caso de que pueda.
Responder estas dos preguntas no es sencillo, y pienso que desde alguna oficina del Pentágono, de la Casa Blanca o de Mar-a-Lago lo están debatiendo. Lo digo porque, si hasta ahora las políticas de máxima presión al régimen han sido exitosas, no tengo claro cómo se puede llevar a cabo una intervención directa sin crear una gran crisis que desestabilice el Caribe.
Una cosa es matar de hambre a la población y otra bien distinta es controlar el país.
Hasta ahora se ha debilitado hasta el extremo el régimen a través del bloqueo energético, de declararlo una amenaza geopolítica extraordinaria, de sancionar a dirigentes, de reforzar el embargo, de acusar a Raúl Castro de asesinato e, incluso, de acercar el portaaviones USS Nimitz a sus aguas. Pero una cosa es matar de hambre a la población y otra bien distinta es controlar el país.
Es difícil pensar que en Cuba pueda funcionar una estrategia «quirúrgica» como la que se utilizó para neutralizar y tutelar el régimen «chavista» a través de un secuestro nocturno del jefe de Estado y de su mujer, y de una negociación inesperada y secreta con la vicepresidenta. En Cuba, con una dirigencia más cohesionada y extendida sobre el territorio, no basta con secuestrar a un personaje. Habría que neutralizar el politburó del PCC, la cúpula de las Fuerzas Armadas y unos cuantos dirigentes territoriales. En este sentido, el régimen cubano se parece más al iraní que al venezolano. Pero, incluso si esto se pudiera hacer, no queda claro para qué le serviría a Washington. A Venezuela, la intervención le ha servido para apoderarse de las zonas petroleras y para bloquear el comercio de crudo que Caracas mantenía con regímenes que los Estados Unidos creía indeseables; pero, en el caso de Cuba, lo que se pretende es otra cosa.
En Cuba no hay petróleo, y a Washington no le interesa ningún recurso específico. Lo que quiere es apoderarse de toda la isla y de todo lo que hay en la isla: su litoral, las tierras, la población, las instituciones, los símbolos y, sobre todo, el imaginario de lo que en algún momento significó. Pero nadie sabe cómo se puede llevar a cabo esto, porque seguro que no es posible hacerlo estrangulando a la población (como se está haciendo ahora), ni tampoco con bombardeos masivos (como en Irán), que supondrían una crisis humanitaria de magnitudes apocalípticas a pocos kilómetros de Florida.
¿Qué quieren los Estados Unidos de Cuba?
He dicho que Washington quiere apoderarse de toda Cuba, que lo quiere todo. Pero sabemos que una cosa son los deseos, y otra bien distinta es la realidad y, por lo tanto, a la hora de la verdad, cuando se debe planificar una acción política de este alcance, lo primero que se debe hacer es clarificar realmente cuáles son los propósitos y las herramientas para poderlos conseguir.
No todos los actores políticos norteamericanos que acosan a Cuba quieren lo mismo
Así, la cuestión es, en primer lugar, definir claramente cuál es el propósito concreto que se busca y, después, averiguar cómo poder llevarlo a cabo. El tema aquí es que no todos los actores políticos norteamericanos que acosan a Cuba (la comunidad de Miami, empresarios hoteleros, los halcones del Pentágono…) no quieren lo mismo.
Para unos, lo más importante es volver al régimen de propiedad anterior a 1959 y conquistar activos y privilegios, y generar un mercado capitalista para hacer negocios, independientemente de quien gobierne. Para otros, lo más importante es cambiar el régimen político y construir un sistema que borre todo lo que significó la revolución cubana. Pero también hay quien preferiría un régimen títere y semicolonial tutelado por los Estados Unidos y que hiciera lo que se dictara desde Miami. El tema es que cada uno de estos «hitos» necesita una fórmula de intervención (y negociación) diferente.
En unos casos basta con poder llegar a acuerdos con sectores pragmáticos de La Habana —posiblemente, dirigentes de las Fuerzas Armadas, que controlan la economía— y, en otros, significa acabar con la dirigencia, intervenir militarmente la isla, bombardear lugares estratégicos y ocuparla militarmente.
Por eso es importante ser conscientes de que lo primero que tiene que hacer Washington es negociar con los diversos sectores e intereses que hay en la comunidad cubanoamericana y en función de eso pensar qué recursos y estrategias se toman. Es diferente negociar que bombardear. Es diferente pactar con militares que invadir la isla y trasladar miles de marinas que no sabemos si serán recibidos a tiros o con gozo festivo.
Crear un estado fallido o una crisis humanitaria en Cuba puede desestabilizar una zona muy sensible, el Caribe, a pocas millas de Florida
Lo que sí sabemos es que Washington se pensará dos veces eso de bombardear y arrasar la isla sin saber cómo se puede reconstruir posteriormente un orden político que le sea de utilidad. Crear un estado fallido o una crisis humanitaria en la grande de las Antillas puede suponer desestabilizar una zona muy sensible, el Caribe, a pocas millas de Florida. Sobre todo porque, hasta ahora, Cuba ha garantizado estabilidad y control en el ámbito de la seguridad, el narcotráfico y el crimen. Y los Estados Unidos lo saben. Una cosa es reventar Siria, Libia o Afganistán, y que luego los países vecinos se empañen la crisis humanitaria y geopolítica, y otra bien distinta es hacerlo en el patio de casa.
Y nosotros, ¿cómo nos ponemos?
Ante esto, desde aquí, poco podemos hacer… pero, ¿qué podemos decir? Es difícil, hoy en día, defender un gobierno como el cubano que, si bien fue un referente hace muchos años para un gran sector de la izquierda, ya hace tiempo que es incapaz de garantizar unos mínimos vitales y de dignidad para su población. Quedan muy lejos los años en que Gabriel García Márquez defendía la revolución cubana y su sistema diciendo que, a diferencia del resto de los países de América Latina, en Cuba nunca había visto a un niño sin zapatos y sin escuela.
El régimen cubano hace tiempo que es incapaz de garantizar unos mínimos vitales y de dignidad para su población
Es cierto que Cuba, durante la primera década de su revolución, se convirtió en un símbolo del antiimperialismo, fue la inspiración y la retaguardia de los movimientos de liberación nacional de toda América Latina, y creó una mitología (y una simbología) de la resistencia popular y nacional en la que se enfermaba el Sur global. Después, a partir de los años setenta, cuando Cuba se sovietizó, se desprendió el romanticismo, pero los intercambios pragmáticos con la URSS sostuvieron un régimen que, si bien carecía de libertades individuales, ofrecía una vida digna a la totalidad de la población, lo que en los países vecinos latinoamericanos, con unas sociedades fuertemente estratificadas, era impensable.
Yo, cuando era joven, a finales de los ochenta y a inicios de los noventa, escuchaba todavía en América Latina muchas voces de la izquierda que suspiraban por un sistema político como el cubano. No se trataba de un espejismo. Lo hacían porque muchos de ellos (y de sus hijos y familiares) habían vivido temporadas (a veces, muy largas) como unos ciudadanos más.
Obviamente, todo esto se empezó a torcer con el fin de la URSS, que supuso una década de fuertes privaciones que, con una retórica imaginativa, se conoció como el «periodo especial». Fruto de aquella crisis, y de algunas medidas de apertura económica en el ámbito del turismo y del pequeño comercio («paladares» y poco más), la sociedad comenzó a transformarse, y lo importante fue el acceso a los dólares a través de remesas de los familiares en el extranjero o gracias a faenas (vender cocos, hacer de botones de hotel, trasladar turistas) que resituaban mucho más que hacer de médico, profesor o director de algún equipamiento.
El petróleo de Venezuela sólo ayudó a mantener el sistema, pero no a revertir una dinámica de decadencia en la que el sueño de los jóvenes es huir
Con este giro, en el siglo XXI, en Cuba comenzó a generarse una dinámica donde el acceso al dólar era inversamente proporcional a la utilidad social y, a menudo, a la formación. Así, la vida de los cubanos comenzó a dar un giro distópico donde el desencuentro fue la divisa. En este marco, el petróleo de Venezuela sólo ayudó a mantener el sistema (que no es poco), pero no a revertir una dinámica de decadencia donde el sueño de los jóvenes era (y es) la salida, es decir, huir. La voz no está permitida, y la lealtad hace tiempo que ha desaparecido.
Hoy, cuando todo se derrumba y los buitres quieren en círculo, nos queda poco que decir. Queda señalar lo que un día significó Cuba, decir que el régimen fue incapaz de regenerarse políticay económicamente después de la guerra fría y que, si bien podemos tener empatía y solidaridad con los cubanos, nadie querría —a diferencia de hace décadas— vivir hoy en la isla. También hay que denunciar el grosero imperialismo norteamericano y la pasividad de las instituciones multilaterales.
No sabemos qué puede suceder en un futuro inmediato, pero sospecho que Trump piensa actuar sobre Cuba con la misma impunidad que Netanyahu lo está haciendo con Palestina. Todo, muy triste.
*Catedrático de Ciencia Política de la UdG. @SalvadorMartiP
