Creencia

Día de muertos

Por: Manuel Alcántara Sáez



Hay identidades cuya configuración son un deseo. Lejos de suponer un caparazón que asegure un determinado tipo de pertenencia son proyectos de vida. Son señuelos de un futuro que dejando de lado la incertidumbre se pretende inmarcesible. No se trata de la respuesta que sigue a la pregunta formulada en la infancia acerca de qué se quiere ser de mayor. Su impronta tiene otro carácter. Mezcla la sombra de un sueño con el avatar de un pensamiento fugaz que quiere transformar la penuria del momento. Identidades confusas que alzan el vuelo en un día aciago y que requieren calzar una máscara para desencajar la voluntad del cambio.¿Quién eres? ¿De qué vives? Dos preguntas incómodas, pero habituales. ¿Quién quieres ser? ¿De qué quieres vivir? Uno mismo se interroga con frecuencia en diferentes etapas de la vida. Formularlas por parte de los demás es delicado. Ser muchas cosas a la vez es más usual que vivir de más de una actividad. Sin embargo, ¿qué puede configurar una identidad? Siempre se alude al sexo, a la raza, a la lengua, a la religión, también a la nacionalidad, a la profesión, ¿a la desigualdad? No obstante, hay muchas más facetas que se solapan, que se superponen como capas tectónicas y que así mismo resultan de la sedimentación de los conflictos. Luego está la tensión con respecto al nivel de su perdurabilidad en el tiempo.

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Acceder al baile de disfraces como si se tratara de un quehacer corriente, aunque fuera la primera vez. Ignorar el sentido de la vestimenta prestada para el caso porque no vale la pena buscar trascendencia alguna. Ni siquiera valorar el significado que para la mayoría tiene la fiesta. Solo el acto de estar da sentido a un gesto que es impostado a medias porque no está claro que el hábito no haga al monje. Asumir la querencia en pro de desaparecer durante un rato transformado al amparo de una identidad falsaria que, no obstante, alguien señala que le viene como anillo al dedo. Dejarse mecer por la música estruendosa del ambiente cuando las luminarias advierten que la función ha comenzado.Olvidar de donde se viene. Omitir cualquier atisbo que denuncie presunción alguna. Ignorar el pasado. Soslayar el furor que dio cabida a la pretensión de una existencia plena. Desdeñar lo aprendido. Dejar de lado los relatos de las veladas nocturnas veraniegas. Desechar la imagen del espejo. Ocultar las historias familiares tan iluminadoras como inciertas. Despreciar los besos robados. Arrinconar las primeras palabras de amor que se balbucearon aquella tarde de primavera. Tapar la vergüenza del progreso a trompicones de una vida estéril, aunque inacabada.Moverse entre iguales mecidos por quimeras afines sonriendo tras la careta o modulando el guiño a través de las pinturas plasmadas en el entrecejo. Los labios coloreados, la nariz aguileña, las cejas encrestadas, las orejas deformes. Figurar un conjunto tenebroso que esconde el afán del jolgorio entre muescas de insomnio. Comulgar con el esperpento para profundizar el estado de abandono que luego deberá dejarse atrás. Escuchar cómo el ruido, que no la música, todo lo invade al secuestrar cualquier atisbo de armonía. Constatar de qué manera las palabras son pasto de la confusión en un Babel que impone su reinado para hacer que todo sea ininteligible salvo la propia presencia de los fantasmas concurrentes.Mientras, el manto de la muerte amable todo lo cubre. Su reivindicación es alegre. Reclama afectos y recuerdos de un pasado donde el amor y la amistad fungieron como un cemento necesario de una existencia cuyo sentido efímero se desbarataba. Momentos entrañables y promisorios pergeñados de vivencias compartidas llenas de calidez y de pasión por la vida. Ahora todo se plasma en la bacanal que desnuda cualquier veleidad de quien tiene conciencia de que el fin no existe. La ola del evento confunde apenas por un instante. Una risa profunda se ha adueñado del ambiente colmado por figuras que se superponen. La alegría es contagiosa, los apegos se multiplican. Hay una sensación inexplicable de que la velada nunca va a concluir. Quienes se sentaron por un rato reanudan la marcha insertos en el carrusel de la danza.El antifaz es otro señuelo que corrige el gesto acerbo. Los velos de gasas finas esconden así los rostros incitando a la fantasía de una libertad en fuga. La prenda que cubre la cabeza da un porte confuso a la figura a quien interpela. Los colores de la ropa introducen contrastes procaces gracias también a la luz que imita a la vela. Las calaveras lo invaden todo con sus sonrisas jocosas que potencian la ironía del aullido. Los dulces yacen a la espera de que la tentación sucumba para ser consumidos como un manjar exquisito. Nada esconde el sentimiento aparentemente contradictorio que al encumbrar a la muerte reclama la existencia. Nada desmiente que el sagrado culto a los muertos no pueda ser pagano. Nadie merece tener el monopolio de ello.La identidad de quien en una jornada se construye como un cadáver viviente y que protagoniza un festín colectivo no es una simple añagaza festiva. Tampoco es proyecto alguno, aunque la reiteración anual en el tiempo le confiera un sentido de eternidad indefinida.Apresado en un sinfín de convenciones que se incrementan año tras año, el día de muertos es un reclamo de algo imperecedero que no comporta pretensión concreta alguna sino la genérica que supone que el ensalzamiento de la muerte significa la reivindicación de la vida. También admite que la parafernalia del disfraz, como ocurre en el carnaval, no es otra cosa que el recuerdo de la forma espuria como se construyen las identidades. La manera, en definitiva, en que huimos de nosotros mismos.