Internacionales

LA SALUD MENTAL EN EL FINAL DE LOS IMPERIOS.

POR: MIGUEL BLANDINO.


El imperio británico se tuvo que retirar del trono tras ser finalmente derrotado por los Estados Unidos, en 1945, junto a todas las otras potencias europeas colonialistas.
Después de la Conferencia de Berlín (1884-1885), en la que los europeos se repartieron África, y del clandestino Pacto Sikes-Picot (1916), mediante el cual Inglaterra y Francia -contando con la connivencia del Zar Nicolás II- acordaron dividirse el imperio Otomano, los apetitos imperialistas no quedaron saciados con el reparto las colonias africanas y acabaron enfrentados, todos contra todos, en la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Lenin caracterizó cabalmente aquella Primera Guerra Mundial como una guerra imperialista, verdaderamente de rapiña.
En ese momento, los Estados Unidos era ya una potencia con aspiraciones imperiales de nivel planetario, pero que ejercía su dominio pleno solo en el continente americano. Todavía no las tenía todas consigo. Necesitaba que los otros imperios se destruyeran mutuamente para poder aspirar a alzarse hasta la cumbre.
Inglaterra, Francia, Bélgica, y otras eran muy fuertes porque contaban con las riquezas que extraían de los territorios bajo sus respectivos dominios. Pero su debilidad residia en la insaciable voracidad de sus consorcios que necesitaban incesantemente expandir sus fuentes de materias primas y conquistar nuevos mercados.
Esas urgencias expansionistas les llevaban inevitablemente a la conflagración y, al final, fueron arrastradas de modo inexorable a la Trampa de Tucídides, que se tenía que resolver por medio de la confrontación bélica que oficialmente arrancó el 28 de julio de 1914.
Los Estados Unidos, mientras tanto, estuvo echándoles porras desde lejos a los que se mataban en el campo de batalla. Hasta que en 1917 -según sus cálculos- la guerra ya estaba por terminar y se metió para recoger el botín.
Pero, aunque la guerra terminó, algunos de los contendientes todavía no estaban fuera de combate y aun conservaban suficientes fuerzas para defender sus cotos de caza.
Una década después del fin de la primera conflagración total entre los pretendientes del imperio británico, los Estados Unidos derrumbaron la economía del mundo capitalista para arrodillar por hambre a Europa, mediante la guerra económica. Pero esa táctica tampoco tuvo el resultado que esperaban.
Entonces estimularon la industrialización de una Alemania que albergaba el deseo de venganza, para intentar por ese medio el reavivamiento del conflicto, y que se agotaran todas las fuerzas, por fin, en el infierno arrasador de una segunda guerra.
A lo largo de la década de 1930, todos vieron crecer la propaganda de odio y de miedo en la sociedad alemana; todos tuvieron ante sus ojos impávidos la remilitarización y la implantación del estado policiaco; y todos contemplaron complacientes el desarrollo de la industria militar y escucharon la oratoria plagada de supremacismo racista aria, las razones xenófobas de las radios y los discursos públicos hitlerianos y leyeron los argumentos de la necesidad de expandir el territorio o levensraum para el pueblo alemán. Y nadie dijo nada, al contrario, aclamaban el milagro que el hombre del bigotito estaba realizando.
Es que desde el mismísimo Rey Eduardo VIII y su esposa estadunidense eran simpatizantes y apoyadores del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), y admiraban y visitaban a Adolfo Hitler en su palacio. Incluso, después de la abdicación del Rey Eduardo, en 1936, se mantuvieron inalteradas las relaciones de colaboración británico-germanas, cuando ya Jorge VI había ascendido al trono como el nuevo monarca desde ese mismo año.
Y para más inri, la Reina Juliana de los Países Bajos se casó el 7 de enero de 1937
con el militante nazi que ostentaba el carnet de afiliación número 2 millones 583 mil 9 del NSDAP, un tal Bernardo de Lippe-Biesterfeld, que resultó graduándose de príncipe consorte y siendo el principal promotor del Grupo Bilderberg -el club de los ricos y super poderosos-.
Sin embargo, Hitler no hubiera prosperado en popularidad tan rápidamente sin la incomparablemente valiosa propaganda que a su favor realizaron en todos los púlpitos los curas católicos que satanizaban a los judíos por haber crucificado y escupido a Jesus.
Y, especialmente, sin la muy conocida encíclica papal anticomunista Divini Redemptoris, del 19 de marzo de 1937. En ella, el Sumo Pontífice, Pio XI, condena explícitamente al comunismo ateo, al que califica como un sistema intrínsecamente perverso, que amenaza la fe, la familia y la civilización. Por lo que, aunque no lo dice, estaría muy bien si Alemania se lanza con todas sus fuerzas contra el territorio en donde reina la doctrina marxista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Hitler era el salvador del mundo cristiano, que actuaba como la mano de Dios, para limpiar las afrentas de esas dos grandes religiones enemigas de Jesucristo.
Y así por el estilo, en mayor o menor medida los reinos de Suecia, Finlandia, Noruega y Dinamarca también brindaron su apoyo al régimen nazi, permitiendo el tránsito de los trenes de carga de minerales y otros materiales para la industria bélica y para el traslado hacia el norte de las tropas hitlerianas.
El dictador español Francisco Franco y el Duce Benito Mussolini, obviamente, también fueron cómplices de Adolfo Hitler y de su reinado del odio y del miedo.
En esas condiciones, el terrorismo de Estado sirvió para silenciar todas las voces de la oposición y de denuncia. Y en ese ambiente prosperaron en Alemania las ciencias y la técnica con fines bélicos y las industrias de las comunicaciones, la cibernética, la farmacéutica, química, automovilística, aeronáutica, aeroespacial de cohetes y misiles, entre otras que son decisivas para la guerra.
Pero en aquella Europa que había quedado en ruinas después de una guerra que llevó la destrucción por doquier, una epidemia de gripe española que atacó campos y ciudades, y una debacle económica que derrumbó todas las economias europeas, sin duda que solo la intervención extranjera podía acelerar el desarrollo de la industria y la economía de guerra alemana. Y esa intervención provino de los Estados Unidos.
En efecto, el 71 por ciento de las importaciones que realizaba Alemania en la década del ascenso de Hitler provenían de los Estados Unidos. Y así se mantuvieron hasta 1941 cuando lo relevó Brasil.
Les mandaban algodón, que sirve tanto para la confección de los uniformes los soldados como para la fabricación de explosivos. Petróleo y derivados del petróleo para usar como gasolina o diésel, como aceites lubricantes etc. Vehículos ensamblados y refacciones o partes para ensamblar. Caucho para fabricar llantas. Metales, minerales, alimentos, frutas, verduras, grasas animales y mantecas. De todo llegaba puntualmente a los puertos alemanes.
Y siguiendo el ejemplo estadunidense, otros países negociaban con Alemania y, de esa manera, hacían poderoso al ejército nazi. La consigna era la misma que esgrimen hoy los diseñadores de la inteligencia artificial, que ante las advertencias acerca del riesgo de su desarrollo autónomo que elimine la intervención humana para su control, dicen «si no lo hacemos nosotros, otros lo harán y se quedarán con las ganancias».
Al final de la guerra, cuando el glorioso Ejército Rojo aplastó a los hitlerianos y los hizo retroceder a lo largo de todo el frente oriental, los estadunidenses pusieron sus tropas en pie de guerra. Era el 6 de junio de 1944, faltaba menos de un año para la caída de Berlín.
En julio de 1944, con la toma de Varsovia, la capital polaca, la ofensiva general soviética había hecho retroceder a los nazis hasta el suelo alemán del que partieron cinco años antes, cuando Adolf Hitler invadió Polonia, el 1 de septiembre de 1939.
Hasta entonces fue que comenzó a hablarse de la locura del líder alemán que llevó a Europa hasta los infiernos.
Pero, ¿qué habría ocurrido si Hitler hubiera llegado a Moscú después de aplastar al estado soviético? De seguro su nombre brillaría como el glorioso libertador de las tierras europeas y como el heroico destazador de la enorme Rusia soviética, que sería repartida entre sus allados europeos y financistas estadunidenses.
Hoy, cuando se acelera el final del imperialismo estadunidense, también se escuchan las voces que hablan de locura. De Trump, de Milei, de bukele: ¿será verdad que están locos o es que realmente son precisamente lo que necesita el imperio para mantenerse vivo y con el vigor requerido para impulsar su vocación expansionista?