MOLOCH, SACRIFICIOS HUMANOS
POR JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.
Adolfo Sagastume es un escritor e investigador guatemalteco. Su libro “Moloch, sacrificios humanos” es una obra breve, publicada en 2016. Moloch es el toro-dios de bronce, representado con los brazos abiertos, en cuyo interior fenicios y cartagineses colocaban niños vivos que caían al fuego. Era la divinidad a la que se entregaba lo más valioso para obtener el favor de los dioses y preservar el orden del mundo. La tesis central del libro sostiene que los sacrificios humanos no fueron actos de barbarie ni producto de la locura, sino acciones políticas y religiosas dotadas de una determinada lógica.
El autor usa como fuentes del libro las crónicas de los conquistadores, códices y arqueología, busca entender la lógica interna de los sacrificios. El libro está compuesto por siete capítulos. La introducción ofrece un contexto histórico y conceptual de las prácticas sacrificiales vinculadas con Moloch. El segundo capítulo, titulado “Características del Molk o sacrificio”, presenta los rituales antiguos, así como las formas y los métodos empleados en las ofrendas. El tercero, “El Molk en la Biblia y las primicias”, se concentra en la entrega de lo más valioso dentro de ciertos contextos antiguos. El cuarto, “El sentido esotérico del sacrificio”, analiza el significado oculto, simbólico y espiritual que diversos pueblos antiguos atribuían al acto de sacrificar. El quinto, “Sacrificio del ego”, interpreta el sacrificio como una renuncia al ego y a las pasiones humanas. El sexto, “Los sacrificios satánicos”, aborda la vertiente oscura de las prácticas sacrificiales a lo largo de la historia, vinculándola con cultos modernos y tendencias satánicas. Finalmente, la conclusión integra las perspectivas históricas, esotéricas y simbólicas sobre los sacrificios humanos.
Moloch funciona como una metáfora de los sistemas o fuerzas que “devoran” vidas humanas en nombre de una causa política, económica o ideológica. En el mundo antiguo se registraron sacrificios humanos en Cartago y Fenicia, así como en Grecia y Roma y la Europa celta y nórdica.
En Mesoamérica también se practicaron sacrificios de sangre entre los mayas y sacrificios masivos entre los mexicas o aztecas para alimentar al sol. En esa región, el sacrificado no siempre era considerado una víctima, sino un héroe que se transformaba en dios; esto representaba un motivo de prestigio para su familia. Las funciones de los sacrificios humanos eran diversas: religiosa, porque buscaban mantener el equilibrio del cosmos; política, porque permitían al gobernante demostrar su poder; social, porque unificaban al pueblo mediante el ritual; y económica, porque facilitaban la distribución de bienes.
En opinión del autor, Moloch no ha muerto. En la actualidad, los sacrificios humanos se manifiestan en las guerras por el petróleo, en los niños que trabajan en fábricas y en las personas que mueren a causa del sistema económico: por la patria y por el progreso. Los sacrificios humanos funcionaban como una tecnología social destinada a controlar, explicar el mundo y proporcionar orden frente al caos. Moloch es el dios del intercambio: se entrega una vida para recibir orden, lluvia o victoria. Sagastume afirma que no hemos dejado de sacrificar seres humanos; únicamente han cambiado el altar y la víctima.
En Mesoamérica, los reyes y sacerdotes mayas practicaban el autosacrificio: se extraían sangre de las orejas, la lengua o el pene. Además, sacrificaban cautivos mediante la decapitación, la extracción del corazón o el desollamiento. En el juego de pelota, el capitán del equipo perdedor era sacrificado. La pelota representaba al sol y a la luna, mientras que el juego recreaba el mito de la creación. El significado de estos sacrificios era pedir lluvia, marcar el inicio de la construcción de templos y legitimar la entronización de los reyes.
Los mexicas o aztecas realizaban las llamadas guerras floridas, no con el propósito de conquistar territorios, sino de capturar prisioneros vivos que serían utilizados como “materia prima” para el altar. En el Templo Mayor, los corazones eran extraídos y ofrecidos a los dioses Huitzilopochtli y Tlaloc. Entre los distintos tipos de sacrificio, el corazón se destinaba al sol; el desollamiento, a Tlaloc; y el fuego evocaba el sacrificio de los dioses que, según el mito, habían creado el mundo. La muerte del sacrificado garantizaba las cosechas y otorgaba prestigio a su familia. No se le consideraba una víctima, sino un tecuhtli, un señor. Durante las semanas previas al sacrificio, se le trataba como a un dios.
El Moloch moderno se encuentra en las guerras por los recursos, la patria o la ideología. El sistema económico sacrifica obreros, migrantes y niños, además de provocar muertes por pobreza. En nombre del progreso y la tecnología, comunidades enteras son desplazadas por represas, minas o experimentos. La nación, el partido y el mercado sacrifican a disidentes y periodistas, mientras justifican las muertes como “daños colaterales”. Las reglas del sacrificio son siempre similares: debe ofrecerse lo más valioso, debe hacerse en nombre de algo superior y debe negarse su verdadera naturaleza. Nadie dice “sacrificamos”; se habla de víctimas colaterales, ajustes económicos o costos del progreso.
Cualquier gobierno puede aplicar la tesis de Sagastume: cuando un sistema siente que está a punto de colapsar, exige sangre en nombre de un bien mayor para sostenerse. Moloch no es una persona, sino el Dios-Sistema al que se entregan vidas humanas.
Todo Estado usa sacrificios. En El Salvador, el “Moloch” estaría representado por la seguridad, el orden y la promesa de acabar con las pandillas. El argumento del Régimen de Excepción sostiene que, sin estos sacrificios, el país colapsaría a causa de la violencia. La función religiosa del sacrificio sería salvar a la nación. La narrativa oficial presenta a El Salvador como un país condenado, que solo puede ser “purificado” mediante medidas extremas.
La función política consiste en demostrar el poder del Estado. La detención de más de ochenta mil personas transmite el mensaje de que “el Estado ahora manda, no las pandillas”. Al mismo tiempo, legitima al gobernante como aquel que “sí pudo” resolver el problema. La función social es unir al país contra un enemigo común. El miedo a las pandillas se transforma en apoyo masivo al régimen mediante la consigna: “Si no estás con nosotros, estás con ellos”. La función económica, por su parte, consiste en que los “sacrificios” compran estabilidad y favorecen la actividad económica. El discurso oficial vincula la seguridad con el turismo, los negocios y el bitcoin.
Los sacrificados son los pandilleros confirmados, considerados el núcleo del “ritual”, pero también quienes son detenidos por parecerse a ellos o por error. En todo sacrificio masivo existe un supuesto “daño colateral”. Los más de quinientos fallecidos en las cárceles representarían el precio pagado en el altar para que el resto de la sociedad viva en paz.
En Mesoamérica, al sacrificado se le otorgaba el estatus de héroe. En El Salvador, en cambio, a los sacrificados se les deshumaniza para que el acto resulte socialmente aceptable. El Moloch moderno encarcela masivamente en nombre de la seguridad nacional y, por tanto, seguimos entregando vidas para evitar que el sistema colapse.
En El Salvador, una parte considerable de la población apoya el Régimen de Excepción porque ha vivido directamente la violencia y considera necesario el sacrificio. Antes mataba el sacerdote; ahora lo hacen, simbólicamente, la policía, el juez y la cárcel. La violencia se encuentra institucionalizada. El Régimen de Excepción sería, así, un “sacrificio político masivo”: se entregan libertades y vidas individuales al altar de la seguridad para comprar una apariencia de orden colectivo.
