CulturaDestacadas

¿A quién le importa si escuchas?

Por: Manuel Alcántara Sáez.

Cuando era joven con frecuencia le decían que no escuchaba. Lo achacaba a su tendencia a sumirse en un estado habitual de ensimismamiento. Pasaba muchos ratos en estado de incomunicación cuyos efectos no se aminoraban en los momentos de socialización. Pero su silencio no significaba que desatendiera a la interlocución con la gente.
La introspección no siempre hace buena compañía a la soledad. Aquella condimenta una ensalada que no tiene por qué degustarse a solas, aunque la mayoría apruebe la combinación. “Yo me lo guiso y yo me lo como” es el aforismo clásico. El taciturno siempre se equipara al solitario convirtiéndose esa relación en un lugar común, a pesar de que la persona apenada pueda apartarse del resto solo momentáneamente para lidiar con su congoja “haciendo de tripas corazón”. También pareciera que el silencio es un atributo de quien muestra retraimiento y cuyo comportamiento se vincula con la clausura monacal. Sin embargo, lo que supone a menudo es una señal de cautela porque en “boca cerrada no entran moscas”.
El oficio de oidor es muy viejo. No obstante, acontece que el arte de escuchar tiene diferentes matices. Cuando el asunto le interesaba mucho ella solía hacerlo con los ojos cerrados quizá para confrontarlo porque él miraba siempre fijamente a la cara. Se dice que las personas solitarias no escuchan. ¿Seguro? Además, la búsqueda empecinada del silencio opaca cualquier intento de confrontar la verdad. La callada por respuesta es una conducta de supervivencia más que el estilo de arrogancia que representa el hecho de que lo dicho por un oído le entra y por el otro le sale. Cuando escuchar es un acto de misericordia la vida pertenece a los sordos.
Las actitudes vitales y los sentidos caminan juntos. Los demás juzgan el comportamiento de uno en la medida en que su relación aparente cierta coherencia. Ello comporta actitudes predecibles. La atención supone una conducta que es siempre loable. Trae consigo la empatía de quien mira a su interlocutor asintiendo con la cabeza según sus frases van construyendo ideas, sentimientos, propósitos. Pero, invariablemente cabe la duda. ¿Estará escuchando realmente? La pregunta no se refiere a si estará entendiendo lo que se está diciendo. Es algo más prosaico, pues “hacer oídos sordos” es una práctica muy habitual. Casi diría que más familiar de lo que cabría esperar. No escuchar al oponente en política es lo usual y lo contrario sería una extravagancia. En ciertas parejas veteranas es una práctica muy consolidada con resultados no siempre halagüeños.
Dos breves historias
En la reunión han hablado todos los presentes. Se han repetido las evidencias esgrimidas una y otra vez. A veces con énfasis, otras de modo rutinario. Parecieran puros argumentarios que las organizaciones se encargan de realizar a través de sus portavoces de comunicación. Una mezcla de sofisticación y de trámite administrativo. Nadie plantea una idea dispareja, una posición nueva, si no original, que al menos se saliera del corsé que configuran los clichés habituales. Son conscientes que no se escuchan y, algo peor, que si se escucharan no importaría tampoco pues son siervos de sus lealtades. Están allí habiendo asumido una postura previa que es innegociable. Dicen ser fieles a su identidad. Por ello, las palabras se las lleva el viento, se desvanecen en lo que si al principio amenazó ser una tormenta pronto vino la calma.
Camina por la vereda del río. Su mano aprieta a la de su última pareja mientras sus dedos se entrecruzan. Hace muchos días que no realizan el paseo que durante el invierno fue práctica cotidiana. El contacto físico no alivia su zozobra. Su semblante es distraído. Un observador externo diría que proyecta una pose altanera. Ninguna palabra se cruza entre ellos. Espera que su pareja le cuente algo, pero siente tener las manos atadas porque le han dicho a menudo que no escucha a quien le habla. Cree saber que no es cierto, pero ahora no importa. El tiempo pasa y la oscuridad comienza a adueñarse de la tarde. Es hora de regresar. Siente una profunda congoja cuando toma conciencia de que la que hasta hace apenas un rato fue su pareja ya no le importa que le escuche.