30 de julio de 1975: lucha, sangre y esperanzas de la juventud universitaria salvadoreña.
Dr. Víctor Manuel Valle Monterrosa.
Es asombroso y alentador que, 51 años después , haya conmemoraciones, como algo “que fue ayer”, de un día fatídico para la historia del país cuando el gobierno del coronel Molina, su ministro de Defensa Carlos Humberto Romero y la jerarquía represora del momento perpetraron un hecho infame, eslabón de una cadena de otros que bañaron nuestro país de sangre de los luchadores de siempre por un país con justicia y libertad para todos.
La masacre del 30 de julio de 1975 ha sido muy rememorada y documentada. En 1975 yo vivía en Costa Rica pues emigré a ese país por la toma de la Universidad de El Salvador en julio de 1972 por el mismo gobierno masacrador.
El hecho me indignó y conmovió por el significado político que tuvo como parte de una cadena de sucesos, desde la represión corta pero intensa de Lemus en 1960 hasta la erupción de la guerra interna en 1980; pero sobretodo porque ese día fue capturado un primo mío, José Domingo Aldana, quien se dice que fue capturado en la cercanía de la llamada entonces Políclínica Salvadoreña (actualmente Hospital de la Familia) por su papel en el liderazgo de la protesta repririmda.
Mi madre, Eva Monterrosa Aldana, era prima hermana del profesor José Domingo Aldana, de familias de Teotepque que habían tenido relaciones de amistad con la familia de Farabundo Martí. El Profesor Jose Domingo Aldana, nuestro Tío Mingo, era un Maestro formado en los 1940 con un compromiso para la defensa de la dignificación del magisterio, gremio largamente sometido y humillado. Sin duda, insufló en su hijo del mismo nombre los ideales de justicia y dignidad para todos y las necesarias luchas para lograrlas.
Nuestro primo José Domingo Aldana desaspareció ese día, junto a otros jóvenes ´patriotas revolucionarios. Sus fotografías aparecen recurrentemente en publicaciones alusivas a la lucha de los jóvenes universitarios salvadoreños con la inherente rebeldía contra las injusticias que los han caracterizado.
Las conmemoraciones han seguido y seguirán teniendo lugar en los sucesivos aniversarios de esa cruel masacre, grotesca porque se dio en el momento en que los matones en el poder político de turno vendían al país como el de la sonrisa y marco ideal para concursos de belleza femenina universal que ya sabemos han sido negocios montados por empresarios inescrupulosos.
Cuando milité en el movimiento estudiantil universitario, desde principios de los 1960 hasta culminar ese decenio, la Navidad Sangrienta de 1922, perpetrada contra mujeres en marcha por la dinastía Meléndez Quiñonez (otra que se creía eterna) había ocurrido 40 años antes y nadie la recordaba. ni mucho menos organizaba actividades de conmemoración histórica.
Es alentador y promisorio que la masacre del 30 de julio de 1975, 51 años después de ocurrida, sigue dando lugar a actividades de recordación y propósitos de continuar las luchas por la que esos estudiantes heroicos y mártires fueron asesinados o desparecidos por la dictadura militar que campeaba en 1975.
Extraigo de ese mosaico de dolor, sangre y lágrimas, como un vívido parche, el recuerdo de mi primo José Domingo Aldana como ´símbolo de la rebeldía estudiantil, noble y valiente, que ha caracterizado a los estudiantes universitarios de nuestras latitudes. Renueva las esperanzas el hecho de que, después de más de cinco décadas de la inaudita y cruel masacre, todavía se la rememora para reiterar la disposición de los jóvenes universitarios para luchar por un mundo mejor, más justo, digno y solidario con libertad y dignidad para todos. Con Otto René Castillo, poeta guerrillero guatemalteco decimos que “ellos cayeron para que la esperanza no muera” y recordarlos es renovar esa esperanza con mayor firmeza.
