Reseña del libro: LA OBSOLESCENCIA DEL HOMBRE.
POR: JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.
Günther Anders fue un filósofo alemán de origen judío, discípulo de Martin Heidegger y Edmund Husserl. Fue además esposo de Hannah Arendt entre 1929 y 1937. La obsolescencia del hombre, “Volumen 1: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial”, fue publicada en 1956. El “Volumen 2: sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial” apareció en 1980.
La tesis del primer volumen sostiene que el ser humano experimenta vergüenza hacia su propio producto: quiere ser como las máquinas, es decir, perfecto, sin fallas y sin emociones. En el segundo volumen, Anders advierte sobre el futuro nuclear, informático y biotecnológico. En el primero, se centra en cómo la tecnología afecta nuestra psicología, nuestra percepción y, en consecuencia, nuestra alma. En el segundo, plantea que el sistema tecnológico se ha vuelto autónomo y termina devorando la estructura política y social del planeta.
La tecnología, en principio, es un medio para que el ser humano alcance sus fines. Sin embargo, esa relación se ha invertido: las máquinas ya no parecen estar para ayudarnos, sino que nosotros terminamos alimentándolas, manteniéndolas y consumiéndolas.
La obsolescencia del hombre es una obra filosófica sobre la relación entre el ser humano y la técnica moderna. Anders considera que existe un “desfase prometeico”: los seres humanos se sienten incapaces ante máquinas que ellos mismos han creado. Frente a sus productos técnicos, experimentamos inferioridad: nos vemos imperfectos y, en cierto sentido, obsoletos. Nuestros instrumentos se vuelven más eficientes, más duraderos y más “perfectos” que nosotros.
Nuestra capacidad técnica ha superado nuestra capacidad moral y emocional. Además, los medios de comunicación de masas moldean la experiencia y producen una relación pasiva, distante y casi espectral con el mundo. Vivimos, entonces, una época apocalíptica, no solo por la capacidad auto-destructiva de la humanidad, sino también por la incapacidad psicológica para tomar en serio la aniquilación total. La tecnología impone su lógica de producción y expansión y arrastra consigo a la humanidad. En el fondo, el hombre carga con un sentimiento de inferioridad e incapacidad para responsabilizarse moralmente de aquello que es capaz de producir.
El núcleo del pensamiento de Anders es que el ser humano ya no es el sujeto de la historia: ahora es la técnica. Los seres humanos quedan “anticuados” frente a los productos que crean. Existe una asincronía entre lo que somos capaces de producir y lo que podemos imaginar o asumir sobre las consecuencias de lo producido. Nuestra técnica avanza a la velocidad de la luz, mientras nuestra moral y nuestra imaginación permanecen ancladas en una época más primitiva. Los medios convierten la realidad en un fantasma y, al mismo tiempo, en una matriz de percepción: traemos el mundo exterior a casa —por medio de la televisión— ya masticado, editado, perdiendo la experiencia directa.
Así, los viejos totalitarismos se quedan cortos ante el totalitarismo de la técnica. El gran aparato tecnológico impone un estilo de vida sutil y cómodo, y la gente renuncia a su libertad de forma voluntaria.
En este escenario, el ser humano construye un mundo en el que él mismo ya no es necesario. La tecnología convierte al ser humano en un ser “obsoleto”, incapaz de seguir el ritmo de sus propias creaciones. La técnica deja de ser herramienta y se transforma en sujeto de la historia; el hombre queda relegado a un papel secundario. Por eso, ya no puede hablarse con propiedad de una “esencia” humana: esa esencia ha sido transformada de manera profunda.
La automatización, la energía nuclear y la informática amenazan la continuidad de la vida en el planeta. La humanidad se autodestruye por su incapacidad para controlar lo que produce. El hombre ya no define el mundo: el mundo técnico lo define a él. La existencia pierde espacios genuinos de libertad, porque la libertad se vuelve un flujo constante de consumo. El sujeto moderno se fragmenta en áreas especializadas que dejan de dialogar entre sí: por ejemplo, el funcionario de un campo de exterminio puede comportarse como “buen padre de familia”. Coexisten sin conflicto porque simplemente dejan de verse.
Las categorías morales heredadas —responsabilidad, culpa y deber— resultan insuficientes para enfrentar un poder técnico capaz de eliminar a la humanidad entera. El ser humano ya no está a la altura de lo que él mismo produce: nuestros productos nos sobrepasan moral y cognitivamente, y por eso estamos “obsoletos”.
Anders observa que las máquinas se producen en serie y son idénticas. Del mismo modo, fabricamos “tipos humanos”: el consumidor, el trabajador, el soldado; y con ello perdemos individualidad. Inventamos bombas para destruirlo todo, incluso sin quererlo por accidente, porque creamos cosas demasiado grandes como para entenderlas y controlarlas. El mundo real también se vuelve obsoleto: sustituimos la realidad por su copia, y la copia siempre “gana”, porque resulta más cómoda.
El trabajador del apocalipsis fabrica bombas, drones y software de vigilancia sin sentirse culpable. El daño se invisibiliza mediante la fragmentación del trabajo: así nadie observa el resultado final. Se puede hacer el mal sin sentirse malvado; basta “apretar un botón”. En consecuencia, el hombre moderno ya no puede imaginar, sentir ni responder.
Su pensamiento se condensa en cinco conceptos: vergüenza prometeica (avergonzarnos de ser menos perfectos que nuestras máquinas); distancia del espectador (ver el sufrimiento como una serie); obsolescencia del mundo (preferir la copia a la realidad); apocalipsis a plazos (poder destruirnos sin querer); y trabajador del apocalipsis (hacer daño sin verlo). Concluye que nos volvimos pequeños frente a nuestras máquinas y que, si seguimos así, destruiremos el mundo sin darnos cuenta.
La solución de Anders es la desobediencia: apagar, no consumir, no participar, y ser analfabetos técnicos a propósito, para recuperar humanidad.
Dos procesos socio-técnicos se observan en El Salvador: la digitalización masiva de perfiles ciudadanos y la implementación de la plataforma de salud digital DoctorSV. La creación masiva de perfiles digitales por parte del Estado refleja la aspiración tecnocrática de transformar al ciudadano en un conjunto de datos. La vida social, el acceso a derechos y la validación ciudadana quedan supeditados a un perfil digital. Si el ciudadano falla, carece de conectividad o no encaja en el algoritmo, la culpa recae sobre su “diferencia” analógica.
En cuanto a DoctorSV, la aplicación gestiona consultas médicas mediante videollamada y pre-diagnósticos asistidos por inteligencia artificial. El acto médico tradicional se apoya en una vulnerabilidad compartida: el tacto, la escucha directa y la empatía presente. En cambio, la consulta mediada por pantalla y por un algoritmo que traduce los padecimientos a datos fríos implica que el cuerpo humano se vuelve una molestia “ruidosa” que debe depurarse y traducirse a formato digital.
Por tanto, el control mediante perfiles estatales y la optimización de la salud vía DoctorSV pueden interpretarse como una abdicación de la condición humana: el ser humano se somete al espejo de máquinas que considera superiores, aun cuando esa superioridad termina reemplazando la experiencia viva del mundo.
