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El Salvador: ¿Por qué las próximas elecciones son solo una farsa?

Por: Mauricio Manzano.

En El Salvador ya no hay elecciones, hay escenografías. El próximo evento electoral de 2027 no será un ejercicio democrático, sino un trámite administrativo diseñado para coronar y validar la dictadura.

Participar en este juego bajo las reglas del régimen es como sentarse en un casino donde las cartas están marcadas, los dados están cargados y el dueño del lugar ya decidió quién se lleva las fichas. No hay condiciones para una elección libre y transparente porque el Estado mismo ha sido rediseñado como una maquinaria de fraude estructural.

Las variables que aseguran que los ganadores ya estén decididos de antemano son claras y contundentes, describamos las tres pricipales:

  1. El secuestro absoluto del árbitro.
    En una democracia, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) es el garante de la voluntad popular; en la dictadura actual, es un simple notario que firma los caprichos de Casa Presidencial. Al controlar a los magistrados del TSE, la Corte Suprema de Justicia y la Fiscalía General de la República, Bukele ha eliminado cualquier posibilidad de apelación o justicia electoral. El árbitro no lleva un silbato, lleva una mordaza, y lo más probable, al cierre y declaración del ganador, el TSE clasifique como información reservada los informes de auditoría del votos y del sistema de procesamiento de resultados, ya lo hizo en las elecciones de febrero de 2024.
  2. El algoritmo de la trampa y el espionaje.
    La manipulación trasciende el papel y ha invadido lo digital. El régimen tiene el control absoluto del banco de datos de los ciudadanos, tanto de los que caminan sobre el suelo nacional como de la diáspora en Estados Unidos. Han utilizado el dinero público para comprar software de espionaje y vigilar a periodistas, opositores y ciudadanos críticos.
    Este control de datos permite que el voto electrónico y en el exterior sea una caja negra sin auditoría real, donde el algoritmo puede multiplicar los votos del oficialismo sin dejar rastro físico.
  3. La memoria del fraude.
    Las irregularidades no son un miedo a futuro, son un hecho histórico documentado. Las elecciones pasadas fueron el laboratorio donde probaron hasta dónde podían estirar el descaro. Vimos sistemas que «caían» misteriosamente en horas claves. Fuimos testigos de la aparición de urnas con «papeletas planchadas», sin los dobleces naturales que tendría un voto depositado por un ciudadano real.
    Hubo extravío de actas y una ruptura total de la cadena de custodia. Si hicieron todo eso cuando aún fingían ser democráticos, ¿qué no harán ahora que la Constitución ha sido pisoteada públicamente?

En conclusión. Ir a las urnas bajo este ecosistema de control, espionaje e impunidad es legitimar una farsa y a la dictadura. La armadura mediática intentará vender al mundo la imagen de filas de ciudadanos felices votando en paz, pero la realidad material es que el voto ya no decide nada; solo es la cuota de participación forzada en el teatro del dictador.
Cuando un régimen necesita espiar a su gente, manipular los padrones y planchar papeletas para retener el control, está confesando que jugar limpio conlleva el peligro que el pueblo los expulse. Si los que cuentan los votos son los mismos que esconden información, no rinden cuentas, espían, encarcelar, torturan y desaparecen personas sin comprobar su participación delictiva, ese papel, en esa caja de cartón, no es un voto libre, sino un recibo de sumisión.