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¿UNGIDOS?: VÍNCULO ENTRE FE Y PODER.

POR JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.

El filósofo político español Lorién Gómez Solano, en “Las aporias de una representación: una aproximación comparativa al concepto soberano de Max Weber y Carl Schmitt” (2022), aborda la figura del soberano. Desde Thomas Hobbes la construcción de un soberano que garantice el orden político ha sido problemática por la pérdida de justificaciones teológicas y tradicionales (https://dialnet.uniroja.es/servlet/articulo?codigo=8765050). Frente a la masificación democrática del Estado moderno, Weber y Schmitt buscan la razón última que sostiene el orden político. Surgen así tres paradojas de la modernidad: ¿cómo otorgar rostro humano y autoridad a un Estado que opera mediante burocracias impersonales? ¿cómo integrar la diversidad de valores y facciones sociales en un orden desprovisto de una verdad compartida? ¿cómo resolver la tensión de tomar decisiones políticas que requieren medios coactivos o violentos para fines colectivos?

Cada autor ofrece una solución distinta. Max Weber plantea un modelo republicano-identitario; Carl Schmitt, un modelo decisionista-identitario. La forma republicana moderna, según Weber, se inspira en estructuras eclesiásticas: el soberano actúa como líder carismático aunque sea elegido por voto popular. Para Schmitt, el soberano es el decisor en situaciones excepcionales. El carisma suele compensar la rigidez burocrática y cataliza la identificación del pueblo con el Estado. Ambos parten de un mundo secularizado, racionalizado y sin verdades absolutas. Weber intenta salvar la democracia parlamentaria integrando elementos carismáticos y plebiscitarios; Schmitt prioriza la homogeneidad del pueblo frente a un enemigo, lo que abre la puerta a salidas autoritarias. Peter Berger, en El dosel sagrado (1967), señala que la religión sacraliza el orden social: transforma el mundo humano en un cosmos eterno e inmutable, como voluntad divina, convirtiendo lo contingente en sagrado y garantizando cohesión frente al caos (https://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci\_arttext&pid=s1853-70812017000200007). La sacralización otorga coherencia a la vida social y legitima instituciones, roles y normas, que aparecen así como naturales e inevitables.

Weber distingue tres tipos de autoridad: tradicional (se sigue porque “siempre fue así”), legal-racional (por mandato de la ley) y carismática (por cualidad extraordinaria). En líderes contemporáneos como Donald Trump (https://www.brookings.edu/articles/religion-and-politics-in-the-era-of-trump/), Daniel Ortega (https://www.crisisgroup.org/es/latin-america-caribbean/control-america/nicaragua) y Nayib Bukele (https://religionnews.com/2021/nayib-bukele-el-salvador-religion-politics) predomina la autoridad carismática. Estos se presentan como figuras “elegidas” por fuerzas superiores; la religión refuerza ese carisma al conferirles un aura sagrada, transformando la obediencia política en devoción.

Con frecuencia, los líderes recurren a la religión como mecanismo de legitimidad ontológica: no gobiernan sólo por mandato popular, sino por un supuesto designio divino. Políticos como Trump, Ortega y Bukele se rodean de líderes religiosos para obtener respaldo moral, apoyo social y una narrativa espiritual que fortalezca su poder político. En contextos donde la religión tiene fuerte influencia cultural, ser ungido por sacerdotes y pastores conecta emociones colectivas y permite presentarse como elegido por Dios. En El Salvador, Nicaragua y Estados Unidos, iglesias evangélicas y católicas tienen gran influencia. La principal crítica a estos líderes es el uso instrumental de la religión: mezclar poder político y legitimidad religiosa erosiona la institucionalidad democrática, limita políticas inclusivas y vulnera la laicidad al generar compromisos con agendas confesionales.

La religión continúa siendo un poder cultural y político; al asociarse con religiosos, los políticos proyectan un liderazgo que pretende ser tanto político como espiritual, reforzando la imagen de “elegidos”. El respaldo religioso sirve para movilizar votos conservadores y legitimar políticas internacionalistas —por ejemplo, el apoyo de Trump a Israel—; también justifica la permanencia en el poder, neutraliza críticas y construye una narrativa espiritual que enmarca la lucha contra enemigos internos como una batalla moral. Así, la relación entre religión y política consigue legitimidad moral, apoyo electoral y una narrativa simbólica: ser ungido se presenta como signo de mandato divino y fuente de legitimidad política, control y poder.

El vínculo entre fe y poder no siempre responde a convicciones personales: muchas veces es una estrategia de comunicación política destinada a conectar emociones colectivas y reforzar la autoridad del líder. La religión actúa como lenguaje y tecnología de poder, recurso para neutralizar críticas y redifinir la autoridad. La apelación a lo divino transforma la política en una contienda moral en la que el líder se exhibe como “elegido”. A su vez, iglesias evangélicas y católicas establecen alianzas ideológicas transnacionales que alimentan modelos de liderazgo autoritario con legitimidad espiritual. Esa convergencia revela la tendencia a emplear la fe como una tecnología de dominio simbólico: la espiritualidad se convierte en herramienta de control y cohesión social.