Internacionales

Una guerra en construcción.

Por:  José Alfredo Villalta.

Las guerras raramente comienzan con un disparo. Con frecuencia se construyen, ladrillo a ladrillo, a través de la acumulación de agravios amplificados, declaraciones cargadas de profecías funestas, incidentes fronterizos convertidos en casus belli mediáticos, y la deshumanización gradual del vecino. Centroamérica, en la primera mitad de 2026, ofrece un caso de estudio inquietante: la fabricación sostenida de un clima de hostilidad entre El Salvador y Honduras que merece análisis riguroso, no por la inminencia de un conflicto armado, sino por los efectos que ese ambiente produce sobre la democracia, la soberanía y la dignidad de los pueblos involucrados.

El Salvador y Honduras son naciones hermanadas por la historia, la geografía, la migración y el drama compartido. También son naciones que se hicieron la guerra en 1969, un conflicto que la historiografía redujo a eufemismo deportivo —»la guerra del fútbol»— pero que dejó miles de muertos, comunidades desplazadas y heridas territoriales que el fallo de la Corte Internacional de Justicia de 1992 redujo sin sanar completamente. Esa memoria es el suelo fértil sobre el que hoy se siembra, con deliberada eficacia, una nueva narrativa de confrontación.

  1. La retórica como arma.

El profeta de la catástrofe hondureña

El 15 de febrero de 2026, el presidente Nayib Bukele tomó su herramienta favorita —la red social X— para lanzar una advertencia que combinaba la condescendencia del experto con la frialdad del vaticinador: el nuevo ministro de Seguridad de Honduras, Gerson Velásquez, acababa de señalar públicamente que el modelo salvadoreño de combate al crimen no es una fórmula que pueda replicarse automáticamente en otros contextos. Era una observación académicamente sólida, políticamente moderada y técnicamente razonable. La respuesta de Bukele fue desproporcionada y cargada de significado político.

«Escuchar al nuevo Ministro de Seguridad defender los ‘derechos humanos’ de los criminales es triste, de verdad. Miles de hondureños morirán por culpa de estas personas.» Nayib Bukele, red social X, 15 de febrero de 2026

La declaración contiene varios elementos que merecen disección. Primero, la trivialización deliberada de los derechos humanos mediante el uso de comillas: una técnica retórica que convierte las garantías constitucionales en un obstáculo al orden, en cómplice del crimen. Segundo, la atribución de responsabilidad por muertes futuras a un funcionario que apenas comenzaba su gestión: la muerte como profecía política, como instrumento de presión. Tercero, la construcción de un posicionamiento que ubica al gobierno salvadoreño —con Bukele como sumo sacerdote del orden— como árbitro moral de la seguridad regional.

Este patrón no es nuevo ni accidental. Forma parte de una estrategia comunicacional sistemática que el bukelismo ha perfeccionado para exportar su modelo político: primero se establece la superioridad del «método salvadoreño», luego se denuncia a quienes lo cuestionan como cómplices de la criminalidad, y finalmente se predice un desastre que justifica la imposición del modelo. Honduras, en este relato, no es un país soberano con sus propias condiciones institucionales, históricas y culturales: es un alumno díscolo que rechaza la salvación ofrecida.

 Cronología 

 Enero 2026

 Nasry Asfura asume la presidencia de Honduras el 27 de enero, abriendo una nueva etapa política que Bukele había observado con comentarios críticos durante la campaña electoral.

 Febrero 2026

Bukele ataca públicamente al ministro de Seguridad Gerson Velásquez por cuestionar el «modelo Bukele». Predice que «miles de hondureños morirán» por las políticas de su gobierno.

19 mayo 2026

Incidente en el paso fronterizo Pasa Mono / Nahuaterique: una comitiva salvadoreña liderada por la ministra de Educación Karla Trigueros, que porta personal con uniforme militar activo, es frenada por autoridades hondureñas al no contar con autorización diplomática previa.

20–22 mayo 2026

El gobierno salvadoreño denuncia públicamente el incidente como bloqueo a «acción humanitaria». Honduras responde mediante comunicado de Cancillería invocando el artículo 205 de su Constitución. Analistas regionales llaman a la moderación.

  1. El incidente de Nahuaterique

Una entrega de útiles escolares convertida en conflicto diplomático

El 19 de mayo de 2026, en el puesto fronterizo conocido como Pasa Mono, ocurrió un incidente que condensa, con claridad casi pedagógica, los mecanismos de manufactura del conflicto. Una delegación del gobierno salvadoreño, encabezada por la ministra de Educación Karla Trigueros, intentó ingresar a la zona de Nahuaterique —territorio hondureño desde el fallo de la CIJ de 1992, pero habitado por comunidades con doble nacionalidad que reciben apoyo educativo salvadoreño— con cerca de 1,900 paquetes escolares destinados a estudiantes de entre 35 y 38 centros educativos públicos.

Las autoridades hondureñas detuvieron a la delegación. El motivo, según la Cancillería de Honduras, era preciso y técnico: parte del personal logístico de la comitiva vestía uniformes militares en servicio activo sin contar con la autorización previa del Congreso Nacional hondureño que la Constitución exige en su artículo 205, numeral 26, para el ingreso de personal militar extranjero. No se trató de una negativa a la entrega de los materiales en sí: las autoridades hondureñas indicaron que los miembros civiles de la delegación y los propios materiales educativos podían ingresar.

«Honduras desea dejar constancia expresa de que en ningún momento existió intención alguna de obstaculizar una acción humanitaria.» Cancillería de Honduras, comunicado oficial, 19 de mayo de 2026

El gobierno salvadoreño, sin embargo, presentó el incidente ante la opinión pública en términos radicalmente distintos: una acción humanitaria bloqueada, niños con doble nacionalidad privados de sus útiles escolares, una afrenta a la buena voluntad salvadoreña. La narración no mencionó los uniformes militares, ni el requisito constitucional hondureño incumplido, ni la alternativa que Honduras ofreció para que el personal civil pudiera continuar. La historia fue construida para resonar emocionalmente, no para informar.

Nahuaterique no es un lugar cualquiera en la memoria centroamericana. Es una de las zonas que formó parte de los bolsones territoriales disputados entre ambos países, adjudicada a Honduras por la CIJ tras un proceso de décadas. Sus habitantes mantienen vínculos afectivos, familiares y educativos con El Salvador. Convertir esa zona en escenario de una narrativa de confrontación no es neutral: es instrumentalizar la historia, la identidad y el dolor de comunidades fronterizas para alimentar un relato político.

«Las guerras se construyen antes de librarse.El campo de batalla inicial no es el territorio: es la percepción.»

  1. Anatomía del belicismo manufacturado.

Los mecanismos de construcción del enemigo.

Para comprender la lógica que subyace a estos episodios, conviene desagregar los mecanismos concretos mediante los cuales se construye un ambiente de hostilidad sin declarar formalmente una guerra, ni pretenderla.

La profecía autoproclamada y la deuda de gratitud.

El modelo comunicacional de Bukele hacia Honduras replica una estructura de dominio simbólico: el que se declara salvador tiene autoridad para condenar a quien rechaza ser salvado. Al afirmar que «miles de hondureños morirán» por las decisiones de su nuevo gobierno, Bukele no solo hace una predicción: establece una jerarquía en la que El Salvador —o su presidente— ocupa el lugar del que sabe, y Honduras el del que ignora. Si el diagnóstico resulta incorrecto, nadie recordará la profecía; si Honduras enfrenta problemas de seguridad —como cualquier país en la región— la narrativa retroactiva estará lista. La profecía genera ganancia política en cualquier escenario.

La militarización de lo humanitario

El incidente de Nahuaterique ilustra otra técnica: presentar acciones que involucran personal militar como misiones humanitarias, y luego denunciar a quienes aplican protocolos soberanos como enemigos de los niños. La entrega de útiles escolares es, en sí misma, una acción valiosa y legítima. Pero la presencia de personal uniformado en servicio activo, sin autorización diplomática previa, en un territorio con carga histórica de disputas soberanas, no es un descuido logístico: es, en el mejor de los casos, una imprudencia; en el peor, una provocación calculada cuyo rédito político se cosecha en el escándalo que genera la respuesta hondureña.

La desinformación como infraestructura

El ecosistema de información en torno a estas tensiones ha estado plagado de contenido falso o manipulado. Verificadores de medios hondureños documentaron la circulación de citas falsas atribuidas a Bukele sobre el proceso electoral hondureño, de imágenes antiguas presentadas como recientes para sugerir relaciones de reconciliación inexistentes, y de narrativas que simplifican deliberadamente los hechos para maximizar la indignación. Este ruido mediático no es accidental: cumple la función de mantener activado el nivel emocional de la disputa, independientemente de los hechos concretos.

La exportación del modelo como imperialismo blando

En el trasfondo de todas estas tensiones opera una pretensión más profunda: la de convertir el «modelo Bukele» en paradigma regional, exportable y obligatorio para los países que aspiren a ser tomados en serio. Cuando el ministro de Seguridad hondureño señala que ese modelo responde a condiciones políticas e institucionales específicas de El Salvador, no está criticando a nadie: está haciendo una observación que cualquier cientista social avalaría. Sin embargo, para el proyecto político de Bukele, esa observación es intolerable porque cuestiona la universalidad del modelo, y por tanto, su valor como producto de exportación política.

IV. Contexto regional

Honduras en 2026: entre sus propias crisis y la presión externa.

Para entender la asimetría de poder en este conflicto narrativo, es preciso considerar el contexto hondureño. El país llegó a 2026 tras un proceso electoral marcado por acusaciones de fraude, al menos trece muertes de violencia política en el período preelectoral, presiones externas —incluida la intervención pública del presidente Trump a favor de un candidato— y la asunción de Nasry Asfura el 27 de enero. Un estado de excepción vigente enfrentó denuncias internacionales graves: la ONU documentó ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y torturas en San Pedro Sula durante 2025, y la OACNUDH reportó 17 muertes violentas de activistas y comunicadores en ese mismo año, más del doble del año anterior.

Honduras, en otras palabras, es un país con problemas genuinos de seguridad, institucionalidad y derechos humanos que está construyendo, a trompicones, su propia respuesta política. En ese contexto, la presión externa que lo interpela desde El Salvador no llega como ayuda solidaria: llega como señalamiento, como amenaza implícita, como recordatorio de que el vecino tiene opiniones sobre cómo Honduras debe gobernarse. Esto no genera receptividad: genera defensividad soberana, y con razón.

La zona fronteriza de Nahuaterique, por su parte, condensa décadas de complejidad humana irreducible. Aunque quedó bajo soberanía hondureña tras el fallo de 1992, sus habitantes han mantenido vínculos con El Salvador que el Estado salvadoreño ha cultivado a través de programas educativos. La cooperación binacional en esa zona es posible y deseable. Pero requiere coordinación diplomática, respeto a los marcos constitucionales del vecino, y la humildad de quien entra a territorio ajeno como aliado, no como tutor.

V. El costo histórico

Lo que se pierde cuando se siembra hostilidad

Las tensiones manufacturadas entre El Salvador y Honduras tienen costos concretos que superan el ciclo de noticias. En primer lugar, erosionan la confianza entre instituciones que necesitan cooperar: la coordinación en seguridad fronteriza, el combate al narcotráfico, la respuesta ante desastres naturales, la protección de comunidades migrantes. La C-FAC —Comisión Fronteriza conjunta— y la Fuerza de Tarea Lenca-Sumpul son ejemplos de mecanismos que funcionan cuando los gobiernos priorizan la cooperación sobre la confrontación. Ese tejido institucional es frágil y se daña con cada declaración hostil, con cada incidente amplificado.

En segundo lugar, la hostilidad manufacturada consume la atención política y ciudadana que ambos países necesitan para enfrentar sus problemas internos. Cuando el debate público salvadoreño se concentra en el «agravio» hondureño de Nahuaterique, no está discutiendo las condiciones del régimen de excepción que ha dejado más de 90,000 detenidos, 470 muertes en prisiones y más de 6,400 denuncias de arbitrariedades. El enemigo externo, real o construido, siempre ha cumplido esa función: desviar la mirada.

En tercer lugar, y quizás más profundo, la generación de un ambiente belicista normaliza un modo de relacionarse con la diferencia política que es incompatible con la democracia. Cuando un presidente establece que quienes no replican su modelo son responsables de las muertes de sus conciudadanos, no está haciendo política exterior: está imponiendo una lógica de subordinación que convierte la soberanía en obstáculo y el disenso en traición.

VI. Conclusión

La paz también se construye: antes de que sea necesario defenderla.

No hay, hasta hoy, ningún indicio serio de que El Salvador y Honduras vayan a la guerra. Esa precisión importa y no debe perderse de vista. Lo que ocurre es algo diferente pero igualmente peligroso: la construcción deliberada de un clima de desconfianza, de narrativas de agravio, de jerarquías morales en las que uno de los países ocupa el lugar del tutor y el otro el del alumno díscolo. Este clima no requiere un campo de batalla para producir daño: lo produce en las relaciones diplomáticas cotidianas, en las comunidades fronterizas que dependen de la cooperación, en la opinión pública que aprende a ver al vecino como amenaza.

La historia de Centroamérica, escrita con sangre en demasiadas páginas, ofrece una lección que no debería requerir repetición: los conflictos entre pueblos pequeños, pobres y entrelazados no producen vencedores. La guerra de 1969 entre estos mismos dos países terminó sin resolver nada y dejó una herida que tardó décadas en cicatrizar. El fallo de 1992 ayudó; no fue suficiente. Las heridas de las comunidades de Nahuaterique no se curan con incidentes diplomáticos convertidos en espectáculo mediático.

La paz, como la guerra, se construye antes de que llegue el momento de defenderla o sufrirla. Se construye en el lenguaje que los gobernantes usan para referirse a sus vecinos, en los protocolos que se respetan aunque nadie esté mirando, en la voluntad de reconocer que la soberanía ajena es tan sagrada como la propia. El Salvador y Honduras tienen todo para ser aliados robustos. Lo que no pueden permitirse es que sus gobiernos los conviertan, por cálculo político o por imprudencia, en adversarios.

Referencias y fuentes consultadas

Bukele ataca al ministro Velásquez de Honduras. AFP / La Jornada, 15 de febrero de 2026.

Declaraciones de Bukele: «Miles de hondureños morirán». SWI swissinfo.ch / AFP, 15 de febrero de 2026.

Incidente en el paso fronterizo Pasa Mono, Nahuaterique. Cancillería de Honduras, comunicado oficial, 19 de mayo de 2026.

Honduras dice que frenó comitiva por uso de uniformes militares sin aval diplomático. El Diario de Hoy, 20 de mayo de 2026.

Honduras–El Salvador: sanar la frontera para construir el futuro. La Tribuna, 22 de mayo de 2026.Informe Mundial 2026: Tendencias de los derechos en Honduras. Human Rights Watch, febrero de 2026.

ONU denuncia ejecuciones y torturas en Honduras bajo el estado de excepción en 2025. La Prensa HN, 5 de marzo de 2026.

Régimen de excepción en El Salvador: más de 90,000 detenciones, 470 muertes en cárceles y 6,400+ denuncias de atropellos. Organismos humanitarios citados por SWI swissinfo.ch, 2026.

Bulos y desinformación en torno al conflicto Honduras-El Salvador. EH Verifica / El Heraldo, febrero-diciembre de 2025 y 2026.

Nasry Asfura asume la presidencia de Honduras. Wikipedia / fuentes combinadas, 27 de enero de 2026.