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Autobiografía de Malcolm X: cárcel, fe y revolución (Parte I)

Malcolm X nació el 19 de mayo de 1925 en un hospital de Omaha, en el estado de Nebraska. Fue inscrito con el apellido: Litlle. Su padre fue un ministro bautista —sin iglesia propia en la que oficiar con regularidad— que militó en el nacionalismo negro liderado por el jamaiquino Marcus Garvey, cuyo movimiento agrupó a cinco millones de activistas en Estados Unidos. Su madre era de la isla de Granada y llevaba la sangre de un violador blanco; tenía esa tez con el pelo lacio. Malcolm sacó la piel más clara que sus hermanos y ella se ocupó de que no se sintiera poseído de un sentimiento de superioridad. La familia se estableció en East Lansing, Michigan, donde aún muy pequeño Malcolm acompañaba al papá en las actividades políticas contra la discriminación. “¡Álzate, raza poderosa, podrás conseguir todo lo que te propongas!” (X, 2004: 21), repetía este al final de las reuniones mientras los presentes coreaban sus palabras —recuerdo indeleble en la mente del niño.    

Tenía seis años cuando el papá fue asesinado a golpes por la Legión Negra, una organización supremacista que actuaba en el norte del país. A sus 34 años la madre quedó con ocho niños pequeños sin marido, protector ni auxilio. Cayeron en la miseria; la física no tan rápido como la psicológica, y terminó internada en un centro psiquiátrico con los hijos dispersos en distintos hogares de acogida.

Una oveja descarriada 

A Malcolm lo alojaron en la casa de un matrimonio amigo de su padre y lo recibieron como a un hijo; pero tras una travesura contra un maestro blanco que lo humilló, un funcionario de Bienestar Social lo envió a una casa que constituía el escalón previo a un reformatorio. Entró a una secundaria básica para blancos y resaltó por obtener las notas más altas, pese a que combinaba el estudio con el trabajo de fregar platos en una cafetería. Tenía madera de líder y no tardó en ganar la preferencia de sus compañeros de clase, entre los que era el único de piel negra: lo eligieron para encabezar el club de oratoria, el equipo de básquet y la presidencia del aula. 

Fueron los maestros quienes dieron contenido a la violencia racial entre adolescentes que empleaban el vocablo “niche” sin sospecharlo un insulto. Amó la Historia hasta llegar al capítulo del negro en Estados Unidos del libro de texto, exactamente un párrafo, que el profesor leyó de un tirón: “…hablaba de que los negros habían sido esclavos, que después habían sido libertados, que generalmente eran torpes, haraganes e inestables. Recuerdo que añadió una acotación antropológica de su cosecha y nos dijo riendo que los pies de los negros eran tan grandes «que cuando caminaban no dejaban huelas, sino un hueco en la tierra»”, recordaría Malcolm al relatar esa etapa (X, 2004: 45). 

El golpe que cambió el curso de su vida esperó a octavo grado. En vísperas de su ingreso a la secundaria superior, estaba entre los tres primeros expedientes de la escuela y abrazó la idea de continuar estudios hasta hacerse abogado; pero el maestro que acostumbraba a inspirar a sus condiscípulos lo devolvió a la realidad de un país segregacionista: “Ser abogado no es una ambición realista para un niche. Debes pensar en algo que puedas ser” (X, 2004: 53), le dijo casi sonriendo. 

Empezó a cambiar por dentro y dejó los estudios. Se mudó con una hermana a Boston, donde lustró zapatos y fregó platos. La gran urbe lo arrastró en plena adolescencia a la vida nocturna y con ella llegaron los salones de baile hasta la madrugada, el alcohol, la mariguana… Se convirtió en el “Rojo”, por el tono de su pelo alisado mediante derriz. Un contrato como camarero en el coche comedor de un tren que cubría la ruta a Nueva York, lo llevó a Harlem, donde las luces de neón y las descargas de jazz lo dejaron deslumbrado. 

Esa etapa refleja el efecto corrosivo del racismo estructural sobre un adolescente negro sin oportunidades de movilidad social: se involucró en el juego, la venta ambulante de mariguana, el proxenetismo. Llegó a consumir opio y cocaína; asumió el código del buscavidas en la selva de aceras que convirtió en su mundo. 

En cuatro años no cayó preso gracias a un milagro. Cercado por el hampa regresó a Boston temiendo que lo mataran y terminó robando casas. En 1946 un tribunal lo condenó a 10 años de presidio. 

La Cárcel: punto de quiebre y reconversión

Malcolm fue internado en la cárcel estatal de Charlestown, un centro construido en 1805 con un diseño similar al de La Bastilla, en cuyas celdas oscuras y húmedas podía tocar las dos paredes con las manos. El servicio sanitario era un cubo con tapa y tuvo que convivir con el hedor de las defecaciones de toda su galera. No llegaba a los 21 años, ni siquiera había comenzado a afeitarse. 

Con la Biblia y Dios como blanco preferido de sus imprecaciones, durante el primer año sus compañeros en la galera lo apodaron: “Satanás”. Un interno negro que leía mucho y al que respetaba le recordó que tenía cabeza para pensar, y reaccionó; de súbito, comenzó a educarse por correspondencia y abrazó el islam. Dejó atrás la vida en el crimen y comenzó a forjar en sí mismo un modelo inspirador: leyó todo cuanto pudo conseguir acerca de la historia universal; de las civilizaciones griega, etíope y china; de África y de la esclavitud en Estados Unidos. Estudió a los más importantes filósofos antiguos, occidentales y orientales —prefirió a estos últimos—; a Spinoza, Schopenhauer, Kant y Nietzche; a Gandhi…

Era un orador penetrante y directo que devino polemista imbatible, al punto de llevar a que un seminarista de Harvard —rubio y de ojos azules— reconociera en un grupo de estudio de la Biblia en la prisión, que ni el apóstol Pablo ni Jesús tuvieron la piel blanca —los primeros hebreos fueron negros—; aunque aceptó que aquel típico anglosajón “cercado” frente a internos blancos y negros a los que conducía en las escrituras sagradas, saliera del apuro con una solución de compromiso que en aquel país podía tomarse por blasfemia: “Jesús era pardo”, atinó a decir.

Adoptó la doctrina de la Nación del Islam, que con Elijah Muhammad como líder predicaba un dogma entre la población negra más marginada, que presentó a la sociedad estadounidense como un infierno dominado por el demonio blanco. El “Mensajero de Alá en Estados Unidos” proclamaba que de seguirlo a él y a las enseñanzas de Alá eso cambiaría y ese demonio recibiría su castigo. 

Malcolm salió en libertad condicional el 7 de agosto de 1952 y cambió su apellido por una X, patronímico africano. Se mudó a Detroit y con la pasión de un hombre de fe centró su empeño en quienes estaban atrapados por las redes del crimen en bares, salas de juego y las esquinas del ghetto. 

En 1953 fue nombrado ministro asistente en una mezquita de Detroit y cayó en los radares del FBI. Abandonó su empleo en la División Lincoln-Mercury de la Ford para dedicarse a la prédica y Elijah Muhammad lo envió Boston, donde no había mezquita. La Nación del Islam tenía 400 miembros activos y Malcolm caló entre adolescentes y jóvenes llenos de rabia por la brutalidad policial, que impresionados por la audacia y el coraje de aquella voz que llamaba a dejar atrás los días de quedarse sentados, arrastrarse y suplicar, lo tomaron como referente. 

“El hombre negro más iracundo de América”

De la capital de Nueva Inglaterra pasó a Filadelfia y de allí en junio de 1954 a Harlem. En un lustro alcanzó celebridad entre los musulmanes como el ministro más influyente de la Nación del Islam y con la serie de la cadena televisiva CBS: El odio que generó ese odio —intentó privarlo de una audiencia imparcial asociándolo a términos como “supremacía negra”, “racismo negro” y “evangelio del odio”—, emitida en cinco partes durante la semana del 13 al 17 de julio de 1959, por primera vez millones de afroamericanos vieron a un líder negro desafiar el régimen de apartheid en Estados Unidos exaltando la historia de África. 

Dos meses más tarde el Departamento de Estado intentó privar a Fidel Castro de la tribuna de las Naciones Unidas, conminando a los hoteles de Nueva York a no abrirle sus puertas. Presionado por la oficina del secretario general, el Shelburne aceptó acogerlo previo pago de un depósito de 10 mil dólares por “daños y perjuicios”. Querían humillarlo y Fidel estaba resuelto a dormir en una casa de campaña frente a la sede de la ONU, cuando Malcolm le brindó el hotel Theresa. Fue un golpe psicológico contra la Administración Eisenhower, a la que jamás se le ocurrió pensar que se alojaría en la Capital Negra de Estados Unidos; menos que causaría tal impresión en su comunidad. Las imágenes corrieron por el mundo.

Hacia 1960 la presencia de Malcolm se hizo habitual en debates televisivos y en los campus universitarios. La síntesis de su fe y la conciencia política adquirida en la búsqueda de la justicia lo colocó a la izquierda. Se tornó obsesión para el FBI: intentaron reclutarlo como informante y, al no conseguirlo, tramaron generar encono en su contra comprando a tres de los hombres del círculo más estrecho de Elijah Muhammad, quien no era orador ni tenía la capacidad de persuasión de aquel discípulo suyo carismático e influyente, cuya voz elevó la cifra de musulmanes activos a cerca de 40 mil con templos en 47 de las ciudades grandes del país. 

Malcolm era visto como el sustituto natural en el liderazgo de la Nación del Islam y a sus 68 años Elijah Muhammad presentaba problemas de salud. La organización tenía un brazo entrenado con disciplina férrea y en el ejercicio de artes marciales: el Fruto del Islam, que podía ser convertido en un ejército de lucha por quien proclamaba el derecho negro a tomar las armas para enfrentar la violencia armada de la policía y de las organizaciones supremacistas. Frente a ese previsible escenario el FBI orientó a sus agentes pagados frustrar la sucesión. 

Tenían a su favor a los hijos de Elijah Muhammad. Malcolm era un hombre íntegro y el cuartel general en Chicago de la Nación del Islam acostumbraba a invertir los fondos de la cotización entregados por las mezquitas en negocios y bienes raíces que enriquecieron a la “familia real”. Un escenario sucesorio lo sacaría a flote. 

En 1962 los sentimientos de Malcolm hacia Elijah Muhammad sufrieron una primera sacudida. El 27 de abril la policía mató a Ronald Stokes, veterano de la guerra de Corea y miembro de la sociedad académica Phi Beta Kappa, que asumió la secretaría de la mezquita de los Ángeles. La policía lo molió a golpes mientras agonizaba en la acera con una bala en el corazón. Fue la única vez que se vio llorar a Malcolm y Elijah Muhammad no solo veto una protesta, sino que indicó calmarlo para sus negocios no se vieran afectados en una guerra contra la policía. 

Un año más tarde, disertaba en su mezquita sobre el versículo 102 del capítulo 20 del Corán: los pecadores el Día del Juicio Final se distinguirán por sus ojos azules. Para la Nación del Islam se aludía al hombre blanco; pero en la exégesis del Corán del erudito indio: Abdullah Yusuf Ali, el “azul” indica los ojos aterrorizados: “Hermano Malcolm, te desafío”, protestó Ahmed Osman, un joven sudanés que había ido a escucharlo. “No hay ningún ser humano al que puedas llamar el diablo en el islam. No hay lugar para ninguna forma de discriminación” (Hughes, 2020), y, en vez de generarse una discusión, nació una amistad duradera.       

El asesinato de John F, Kennedy brindó la oportunidad de silenciarlo: una orden expresa prohibió hacer comentarios y Malcolm optó por no callar. Empleó una imagen que sacada de contexto acaparó titulares: el segundo hombre de la Nación del Islam sintió alegría por el magnicidio. Acató el castigo de 90 días sin siquiera oficiar, y se sorprendió cuando el Muhammad Speaks divulgó que sería rehabilitado solo “si se somete”. Supo que le hacían “una cama”; pero las cosas fueron aún más lejos y un antiguo ayudante incitó a asesinarlo en la mezquita. Pensó que la orden provenía de Elijah Muhammad. Quizás se equivocó y eran el FBI y la pequeña unidad de Contrainteligencia de la Policía de Nueva York —creada para controlar sus actividades políticas— quienes tomaban la iniciativa. 

La imagen de Elijah Muhammad comenzó a desdibujarse en él, sobre todo cuando descubrió sus aventuras extramatrimoniales: tuvo ocho hijos con seis adolescentes que eran sus secretarias privadas. Se le reveló como un hombre de doble moral. 

Bibliografía

George, Nate: “Malcolm X in Lebanon” (PDF). Presentation in American Beirut Unversity, MEST 301, January 1, 2009. Disponible: https://aub.edu.lb.libguides.com/ld.php?content_id=57419052

Hughes, C.J.: “He Was My Brother”. Dartmouth Alumni Magazine (Hanover), November-December 2020 Issue. Disponible: https://dartmouthalumnimagazine.com/articles/he-was-my-brother 

O’Dell, Emily Jane: “Following in the Footsteps of Malcolm X”. Huffington Post, January 13, 2015. Disponible:  https://www.huffpost.com/entry/following-in-the-footstep_b_6434534 

X, Macolm: Autobiografía. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2004.