El Salvador ante el espejo de la realidad: La insostenible quiebra del simulacro.
Por: Mauricio Manzano.
Durante siete años, la armadura mediática del oficialismo ha inundado las pantallas digitales con un relato hipnótico; El Salvador es el país más seguro del continente, con desarrollo tecnológico, la meca del turismo de surf y el laboratorio exitoso de las criptomonedas. Sin embargo, los fuegos artificiales de la propaganda no pueden alterar las leyes de las matemáticas de la economía real. En este año 2026 el humo del neón ha comenzado a disiparse, y la realidad se está imponiendo de golpe; el país se desliza aceleradamente hacia el abismo de la insolvencia y el colapso social.
El modelo basado en el espectáculo y la especulación ha chocado con su propia prueba de estrés. Los datos ya no se pueden ocultar bajo un tuit ni maquillar con un video de alta definición.
El síntoma más alarmante de esta crisis estructural es el endeudamiento asfixiante. La deuda pública ha alcanzado un histórico y peligroso 90% del Producto Interno Bruto (PIB). Para ponerlo en términos sencillos: casi todo lo que el país produce en un año ya está empeñado para sostener el gasto de la maquinaria estatal y el pago de intereses de un casino económico que se quedó sin fichas.
Ante este escenario de quiebra inminente, el clan que gobierna, lo más probable, es que preparen la receta clásica de las dictaduras corporativas; socializar las pérdidas. Para intentar cuadrar las cuentas y satisfacer las exigencias de los organismos multilaterales, el régimen ya estará barajando subir el Impuesto al Valor Agregado (IVA). Este incremento no afecta a las elites que habitan los palcos VIP, para quiénes gobierna Bukele, sino que caerá como un mazo sobre las costillas de la clase trabajadora, encareciendo aún más cada producto del consumo diario.
Mientras el relato oficial insiste en que el país ha sido «salvado», las métricas del bienestar humano revelan un panorama de biofobia institucional. El Salvador real no come selfis ni vive de transacciones virtuales:
La canasta básica se ha encarecido hasta volverse un artículo de lujo inalcanzable para las mayorías populares, golpeando con saña el estómago de las comunidades más vulnerables.
El desempleo ha aumentado, alrededor de 50 mil empleados públicos han sido despedidos por el actual gobierno, miles de jóvenes han sido expulsados del mercado laboral formal y destruyendo el tejido productivo del agro y la pequeña empresa local.
Como consecuencia directa de estas acciones del gobierno, la pobreza va en alarmante aumento. Las familias que antes lograban subsistir hoy caen bajo la línea de la miseria, atrapadas entre el costo de la vida y la falta de ingresos.
La gran paradoja del régimen es que su alardeada seguridad jurídica y pública no ha convencido a los verdaderos capitales productivos. La inversión extranjera directa se mantiene en niveles críticamente bajos. Las empresas internacionales no buscan puestas en escena en TikTok; buscan estabilidad constitucional, transparencia y un mercado con capacidad de consumo. El gobierno al destruir la separación de poderes y convertir la economía en una ruleta de riesgo, el régimen ahuyentó la inversión real, dejando al país dependiente, casi exclusivamente, de las remesas que envía la diáspora.
En fin, El Salvador se desliza aceleradamente hacia el abismo de la insolvencia y el colapso social. Las mentiras del poder se han alimentado del aplauso y de la distracción, pero el estómago no se deja engañar por la propaganda. Cuando un gobierno gasta el 90% de lo que tiene en sostener su propia vanidad, el colapso es solo cuestión de tiempo. Hoy les toca pagar la cuenta de su fiesta de luces y quieren cobrársela al pueblo con más impuestos, más despidos y más hambre. La realidad siempre termina por derribar al ídolo de neón, quebrando el espejismo, y demostrando que los simulacros son insostenibles.
