EL MIEDO, EL ODIO Y LA DEMOCRACIA.
POR: JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.
Las instituciones democráticas se muestran incapaces de responder a los problemas sociales generando impotencia y cinismo. El miedo a la inseguridad y el odio al otro alimentan la fragmentación social y refuerzan la debilidad democrática, sobre todo cuando la vida pública se retira a lo privado y aparece la apatía política. La salida no está en el encierro, sino en el encuentro entre grupos que normalmente se ignoran o solo se comunican mediante la violencia.
Escuchar las emociones de miedo y odio permite descubrir posibilidades de cambio y reconstruir vínculos sociales. Las propuestas de espacios de diálogo siguen siendo posibles en sociedades atravesadas por la violencia y la desinformación. Violencia no es lo mismo que conflicto. El conflicto es democrático, necesario y saludable: es la expresión abierta de nuestras diferencias. En cambio, la violencia aparece cuando el conflicto se reprime, se ignora o se vuelve tabú.
Con frecuencia, los seres humanos se encierran en la victimización. Cuando nos percibimos únicamente como víctimas, terminamos justificando cualquier violencia que ejerzamos contra los demás. Si la democracia no ofrece espacios reales para que la gente manifieste su malestar y sus pasiones, los ciudadanos se sienten abandonados. Así se crea el caldo de cultivo para discursos populistas y autoritarios, que prometen “seguridad” señalando a un chivo expiatorio.
Para salvar la democracia, debemos dejar de fingir que todos somos iguales o que necesariamente nos amamos, y empezar a aprender el difícil arte de conflictuar sin destruirnos. El miedo y el odio se alimentan de la exclusión, la desigualdad y la humillación, que se traduce en la deshumanización del otro: en la creación de chivos expiatorios, en la circulación de rumores y en las medias verdades.
Las instituciones pueden fallar al gestionar las diferencias. Una vía para crear espacios de escucha es la mediación intergrupal y comunitaria. Entre las técnicas de psicología social destacan la facilitación del diálogo, el trabajo con relatos personales, los ejercicios de reconocimiento y la reparación simbólica. Las escuelas y los servicios públicos inciden en la formación emocional mediante procesos de mediación en barrios, escuelas y contextos posteriores a conflictos. Y también importan políticas que reduzcan la exclusión, promuevan una ciudadanía activa y favorezcan la integración curricular mediante educación emocional y entrenamiento en resolución de conflictos.
El miedo y el odio son fuerzas profundas que sabotean la convivencia democrática desde dentro. Hay que distinguir entre el miedo útil —la alerta ante un peligro real— y el miedo crónico, un miedo difuso que se instala como identidad. Este segundo miedo paraliza, divide y empuja hacia el pensamiento binario: busca seguridad en el propio grupo y encuentra un enemigo en el ajeno. El miedo crónico permite externalizar el malestar propio: protege una imagen de uno mismo, cohesiona al grupo y facilita la desresponsabilización. Una persona con baja autoestima difícilmente puede reconocer la dignidad del otro, tolerar la diferencia y participar en una deliberación genuina. La democracia requiere ciudadanos capaces de relacionarse sin dominio y sin someterse. Por eso, hace falta reinventar la educación ciudadana y formar personas que sepan gestionar el conflicto: reconocer sus propios miedos y construir vínculos a través de la diferencia.
Charles Rojzman es un psicólogo social y terapeuta de origen francés. Publica “El Miedo, El Odio y La Democracia” en 1999. Su tesis central es que la democracia no muere por golpes de Estado: muere por el miedo y el odio entre los ciudadanos. Cuando los grupos sociales dejan de hablarse y empiezan a verse como enemigos, la democracia se vacía. El miedo es miedo a no ser reconocido, a perder estatus y a ser excluido. El odio nace cuando el miedo no se habla y se proyecta en un chivo expiatorio. El odio justifica la violencia y rompe el pacto de vivir juntos. La violencia no solo es física: también es violencia simbólica, como humillar, despreciar y negar la humanidad del otro.
Entre los mecanismos de auto destrucción democrática se encuentran la frustración social, cuando la gente siente que nadie la escucha; el silencio y el resentimiento, cuando las instituciones no dan espacio real para expresar esa rabia; la búsqueda de culpables, porque si no puedo nombrar mi dolor, lo convierto en odio hacia un grupo; la polarización, cuando los grupos dejan de verse como adversarios legítimos y pasan a considerarse enemigos; y la demanda de autoridad, cuando una mayoría con miedo exige “mano dura” contra el grupo odiado.
Rojzman propone como solución la Terapia Social Transformacional: crear espacios seguros de conflicto donde los grupos puedan hablar. Sus reglas se condensan en permitir que la gente diga: “Te odio porque…”, dentro de un marco controlado. Quien sufre deja de quejarse y pasa a proponer soluciones. Reconocer el miedo del otro —también tiene miedo a perder el trabajo, miedo a la injusticia— y acordar reglas para vivir juntos sin matarnos. Defender la democracia no es solo votar: es atreverse a hablar con quien se odia, reconocer el propio miedo y negociar antes de que sea demasiado tarde.
El libro se estructura con una introducción, cuatro partes y una conclusión. En la introducción, el autor plantea que el problema no son las diferencias, sino que ya no hay espacio para tramitar el conflicto sin violencia. La primera parte —el retorno de la violencia— comprende los capítulos uno al tres. Allí, la violencia aparece como una forma distorsionada de comunicación: es el último lenguaje cuando nadie te escucha. Antes de los golpes viene el desprecio: los medios políticos y los “ciudadanos normales” humillan al otro, lo que prepara la violencia física, porque toda sociedad con miedo busca un culpable. La segunda parte —el miedo, matriz de la violencia— incluye los capítulos cuatro al seis. El miedo “vende” y otorga poder: partidos políticos y medios de comunicación lo usan para movilizar. La negación del miedo se convierte en odio, y detrás de todo discurso de odio hay un miedo no reconocido.
La tercera parte —el odio, la enfermedad del vínculo social— reúne los capítulos siete al nueve. El odio aparece cuando decido que mi miedo es culpa, cien por ciento, del otro. Para odiar con tranquilidad, le quito la humanidad al adversario: se cohesiona el grupo propio, pero se destruye el “nosotros” de toda la sociedad. La cuarta parte —reinventar la democracia: la Terapia Social— comprende los capítulos diez al doce. Rojzman explica su método: reunir, en una sala, a grupos enfrentados. La regla central es que ahí se puede decir todo menos golpearse. Las fases de la terapia social son: descarga (se permite el insulto, el llanto y la rabia); toma de conciencia (cuando grito al de enfrente y descubro que también siente miedo, aparece la empatía); negociación (pasar de víctimas a responsables mediante reglas para que ni yo te mate ni tú me quemes el automóvil).
La democracia real no es solo votar cada ciertos años: es crear miles de espacios donde el conflicto se hable en lugar de estallar. La democracia se salva en lo micro: en el barrio, en la escuela y en el trabajo. Si en esos lugares no hay diálogo, el voto no sirve de nada. Rojzman cierra señalando dos caminos: seguir alimentando el miedo y el odio hasta que alguien imponga un orden autoritario, o construir espacios de verdad donde podamos decirnos cosas feas a la cara y seguir viviendo juntos después. En última instancia, la democracia no es un régimen político, sino una apuesta ética por la capacidad de transformar la violencia en palabra.
El miedo crónico no delibera: busca protección y un enemigo claro. El Salvador vivió durante décadas con índices altos de homicidios. Las pandillas controlaban territorios, extorsionaban y asesinaban con relativa impunidad. Ese miedo difuso y acumulado fue capitalizado por Nayib Bukele en un mandato político. Su mensaje fue simple y emocionalmente potente: “Yo los voy a proteger cueste lo que cueste”. Sin embargo, eso no resolvió el miedo colectivo; lo instrumentalizó.
El odio hacia el otro cumple una función: cohesiona al grupo propio y externaliza el malestar. En el discurso de Bukele, los pandilleros operaron con poder absoluto, deshumanizado y sin matices: no eran personas en condiciones de vulnerabilidad. La retórica sistémica los presenta como terroristas y como una plaga a erradicar. Cuando el odio deja de ser una emoción por elaborar y se convierte en política de Estado, se normaliza la suspensión de garantías: “¿Quién defiende a los monstruos?”. Por ejemplo, el régimen de excepción, con más de 80,000 detenidos y miles de casos documentados de inocentes encarcelados.
Una población con autoestima colectiva golpeada por décadas de violencia, pobreza, corrupción e impunidad es terreno fértil para el liderazgo mesiánico. La promesa de un líder fuerte permite recuperar dignidad “por delegación”: somos grandes porque él es grande; ganamos porque él gana. La comunicación de Bukele no es solo política, sino emocional y narcisista. El país se convierte en extensión de su figura: cuando El Salvador sube en rankings de seguridad, él lo personaliza; cuando alguien ataca su “modelo”, responde como si atacaran a la nación entera.
El problema no es que Bukele haya reducido la violencia —los datos de homicidios muestran una caída real y dramática—, sino a qué costo psicosocial. El miedo no se elaboró: se suprimió. La seguridad se logró mediante el terror de Estado, no mediante la reconstrucción del tejido social. No hubo encuentro entre grupos en conflicto: hubo aplastamiento. La Terapia Social de Rojzman requiere que los grupos se reconozcan mutuamente como humanos; aquí se eligió la lógica contraria.
Así, la democracia procedimental se vació de sustancia: control de la Asamblea, destrucción de magistrados y reelección inconstitucional. Un ciudadano que delega tanto poder en un “salvador” no es un ciudadano democrático, sino alguien que intercambia autonomía por seguridad. Y entonces surge la pregunta: ¿Qué tipo de ciudadano se está formando? ¿Personas capaces de deliberar, disentir y construir instituciones, o personas que aprendieron que la seguridad viene de obedecer y que dudar es ser cómplice de su enemigo?
