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Ante los ventrílocuos del poder y los nuevos bufones de palacio «que el pueblo haga oír su voz».

Por: Migue A. Saavedra.

“No confundas el eco con la verdad alquilada:Hay quienes explican la realidad; otros la maquillan profesionalmente.”

La propaganda moderna no siempre viste uniforme; a menudo usa micrófono, panel y apariencia de analista.

En EL Salvador hay personajes que aparecen en todos los momentos políticos importantes. No ocupan cargos públicos, no fueron elegidos por nadie y, sin embargo, hablan con una seguridad que haría sonrojar a más de un ministro. Están en la radio, en la televisión, en los periódicos digitales, en los podcasts y en las redes sociales. Opinan de economía, seguridad, geopolítica, derecho constitucional o relaciones internacionales con la misma soltura con la que un aficionado comenta un partido de fútbol. Parecen saberlo todo. O al menos eso intentan transmitir. Pero una cosa es analizar la realidad y otra muy distinta es convertirse en portavoz informal del poder.

En toda sociedad existen comentaristas, analistas y observadores legítimos que aportan perspectivas valiosas al debate público. El problema y manipulación surge cuando algunos dejan de interpretar los acontecimientos para convertirse en «operadores narrativos de alta fidelidad» (ONAF), figuras cuya principal función ya no es explicar lo que sucede, sino justificar sistemáticamente a quienes gobiernan. Son una especie de ventrílocuos políticos: prestan o alquilan su voz a quienes prefieren no exponerse directamente, dicen aquello que los funcionarios no pueden decir, defienden decisiones que ni sus responsables logran argumentar convincentemente y construyen explicaciones donde las instituciones guardan silencio.

¿Cómo conocerlos y clasificarlos como tal?

Este perfil es el «bufón moderno» configurado para parecer espontáneo, técnico y moralmente superior.

1. Perfil psicológico : El «narcisista servicial»
Mecanismo: Posee una necesidad patológica de relevancia. El poder le otorga esa relevancia, y él, a cambio, le entrega su agencia.

Rasgo clave: La ausencia de disonancia cognitiva. Es capaz de defender hoy lo que atacó ayer, porque su lealtad no es a la idea, sino al acceso.

Actitud: Se presenta como un «outsider» valiente que «se atreve a decir lo que otros callan», ocultando que es el megáfono predilecto de la institución.

2. Capacidades operativas (El «sexto sentido» del adulador)
Anticipación instintiva (Ventriloquia): No espera instrucciones explícitas. El ONAF tiene el «oído pegado a la pared» del palacio. Sabe qué narrativa necesita el poder antes de que los funcionarios oficiales emitan comunicado alguno.

Capacidad de «Sobre-defensa»: Es más radical que el propio gobernante o sus funcionarios. Esto es táctico: permite al funcionario mantener una pose de «moderado» y «estadista», mientras el opinador hace el trabajo sucio, insulta y descalifica.

El Uso de la «falacia de autoridad técnica»: Si el gobierno toma una medida impopular, no dirá «es bueno porque lo dice el Presidente», dirá además : «Desde una perspectiva de macroeficiencia técnica, esta medida es la única salida lógica y de lo que conviene al país». Le pone corbata ,gafas y chonga a la decisión política en bruto.

3. El «manual de estilo» del ONAF (arquitectura narrativa)
La técnica del «Se los dije»: Se precia de ser un visionario. Su narrativa siempre es retrospectiva: «Ya advertí que esto pasaría». Esto le otorga un aura de infalibilidad que usa para validar el guion oficial.

El Apelativo a las «mayorías que apoyan»: Siempre habla en nombre de «el pueblo», «la gente votó para eso,aquello y lo que vendrá»…»la gente», o «los ciudadanos reales», mientras etiqueta a la disidencia como «élite, chusma política o castas», «traidores» «los mismos de siempre» o «círculos decadentes».

El «Spoiler» de Gobierno: Su trabajo es soltar globos sonda. Lanza una propuesta polémica al aire; si la reacción es positiva, el gobierno la asume. Si es negativa, el gobierno lo ignora y el operador dice que «fue malinterpretado» o que «la gente no está preparada» «que el funcionario x o y tuvo un error de comunicación ,etc».

4. Arquitectura de incentivos (el «Vino rancio en copa nueva»)
Moneda de cambio : No siempre es dinero. Su paga es el acceso . Una primicia, un café privado con un funcionario, una entrevista exclusiva, o la promesa de un cargo público futuro para él o sus cercanos.

Cuando un ONAF ha cruzado el umbral hacia la integración orgánica. Este indicador es vital para invalidar su narrativa, ya que transforma su «opinión» en un acto de autopreservación económica.Eso identifica su actitud disque independiente con  «Pago por Lealtad»: cuando ya es beneficiario de contratos, nombramientos públicos o servicios para sus empresas privadas, su opinión deja de ser un activo comunicacional para ser un conflicto de interés declarado y deja de presentarse públicamente.

Ritual de libreto
Su presencia se ha vuelto tan habitual que muchas veces pasan desapercibidos. Sin embargo, existen señales bastante evidentes para reconocerlos. Una de las más visibles es la liturgia del eslogan. Inician y terminan sus intervenciones repitiendo frases prefabricadas, consignas cuidadosamente elaboradas para alabar al régimen de turno. No desarrollan razonamientos para llegar a una conclusión; parten de la conclusión y acomodan los argumentos para sostenerla.

Cada intervención parece una ceremonia donde el libreto ya está escrito de antemano. La repetición constante busca producir una sensación de verdad por acumulación. Después de todo, una mentira repetida mil veces puede parecer una certeza para quien deja de cuestionarla.

Idolatran y endiosan a su líder.
Otro rasgo llamativo es la obsesiva necesidad de mencionar al líder político que defienden. Lo nombran una y otra vez, casi como si la realidad entera orbitara alrededor de una sola figura. El presidente aparece cada dos frases, como explicación universal de los éxitos, los cambios, las decisiones y hasta de los fenómenos que poco o nada tienen que ver con él. La política deja de analizarse como sistema y se reduce a una narrativa personalista donde todo comienza y termina en un individuo. Es una técnica vieja, aunque ahora se presente envuelta en algoritmos, transmisiones en vivo y perfiles verificados.

Maquilladores de hechos y realidades más allá de lo palpable.
Quizá donde más brillan estos personajes es en la fabricación de hazañas. Tienen la capacidad de convertir decisiones administrativas ordinarias en acontecimientos históricos, de transformar obras públicas rutinarias en epopeyas nacionales y de encontrar virtudes extraordinarias donde apenas existen resultados normales. A veces llegan incluso más lejos que los propios funcionarios encargados de las instituciones.

Representan a los mudos (funcionarios y jefes de instituciones)
Describen logros que nadie había señalado, revelan supuestas proezas técnicas que no aparecen en informes oficiales y ofrecen detalles tan precisos que pareciera que participaron personalmente en cada reunión gubernamental. Son capaces de presentar beneficios que ni los mismos responsables se atreven a proclamar. Cuando la realidad resulta insuficiente para sostener el relato, la adornan para cambiar l resultado ane la gente.

Sin embargo, una de sus habilidades más impresionantes es la amnesia estratégica. Critican una medida cuando la impulsa un adversario político y la celebran cuando la adopta el gobierno que apoyan. Lo que ayer era una amenaza para la democracia hoy se convierte en una muestra de liderazgo. Lo que antes calificaban de abuso, ahora es presentado como necesidad histórica. Cambian de posición con una flexibilidad admirable, aunque rara vez modifican sus lealtades.

Son como veletas que giran con el viento, pero permanecen firmemente sujetas al mismo tejado. Su compromiso no suele estar con los principios, sino con el acceso, la cercanía y, en algunos casos, con las oportunidades futuras que puedan surgir de esa fidelidad.

Validadores de la narrativa
Pero estos personajes no operan solos. Necesitan escenarios y cómplices funcionales. Aquí entran los medios de comunicación y ciertos conductores de programas que actúan como validadores del relato. No se limitan a prestar un micrófono; construyen cuidadosamente el contexto para que el mensaje llegue revestido de credibilidad. Preparan el terreno con preguntas dirigidas, presentan al invitado como una autoridad indiscutible y refuerzan su supuesta capacidad predictiva con frases del tipo “usted ya lo había adelantado”, «el espectro político es claro…» “Como lo pronosticó hace meses” o “la historia le está dando la razón”.

Así, lo que muchas veces fue una filtración previamente coordinada termina apareciendo como una brillante intuición personal. La propaganda se disfraza de análisis y el libreto se presenta como reflexión independiente.Cuando un medio y sus presentadores dedican más recursos a proteger la imagen del líder que a realizar un escrutinio técnico de su gestión, dejan de informar para convertirse en una interfaz del poder que maquilla profesionalmente la realidad

Quizá uno de los fenómenos más reveladores sea la sincronía con la que operan. Basta observar cómo, de repente, distintos comentaristas, panelistas e influencers comienzan a repetir exactamente los mismos argumentos, las mismas expresiones y hasta las mismas palabras sobre un tema específico. No importa si aparecen en medios distintos o plataformas diferentes: el mensaje es prácticamente idéntico. Lo que parece una coincidencia suele ser una operación de saturación narrativa.

Modo de operar

Como una orquesta disciplinada, cada integrante toca un instrumento diferente, pero todos siguen la misma partitura. El objetivo no es convencer mediante argumentos sólidos, sino inundar el espacio público con una única interpretación de los hechos hasta que cualquier otra lectura parezca marginal o sospechosa; existen  roles que cumplen diferentes actores del plan:

El Validador Técnico: Le pone «corbata y gafas» a las decisiones arbitrarias, utilizando un lenguaje especializado para presentarlas como la «única salida lógica»
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El puntero de escenario : El influencer que no discute hechos, sino que valida «sentires» y calienta el ánimo de la audiencia para que acepte ciegamente una causa. «La minería va a llevar riqueza a esos lugares olvidados» «Porque ahora la minería , no contamina  pues usa tecnología verde» » Se va a construir el CIFCO en El Espino ,porque es una obra de progreso y además que estará en una zona declarada como habitable … «Aunque ningún estudio lo asegura)», dijeron hacer unos años y lo piensan volver a repetir luego de las elecciones de 2027.
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El Troll: Son granjas de personas tras el teclado y bots  cuya  herramienta de choque  no argumenta, sino que ataca y desgasta a la disidencia mediante el insulto y el ataque frontal, incluso de acoso digital en redes.

Por eso resulta inevitable pensar en ellos como los nuevos bufones de palacio. Ya no llevan cascabeles ni entretienen a monarcas en grandes salones. Sus herramientas son más modernas: cámaras, micrófonos, transmisiones digitales y cuentas verificadas. Pero su función sigue siendo parecida. Mantener el relato en circulación permanente, proteger la imagen del poder, distraer la atención de los problemas incómodos y desplazar las preguntas que podrían resultar peligrosas.

Son expertos en mover el foco. Cuando surge un tema delicado, rápidamente aparece una polémica alternativa, un debate secundario o una nueva narrativa diseñada para ocupar el espacio público (cortinas de humo, escándalos montados a alguien de oposición ,eventos por aquí y allá y cualquier tema absurdo).

La pregunta inevitable es qué obtienen a cambio. A veces la respuesta es ideológica. Otras veces es mucho más práctica. El acceso al poder es una moneda valiosa. Las entrevistas exclusivas, las filtraciones privilegiadas, la cercanía con figuras influyentes y la posibilidad de convertirse en referencia mediática son incentivos poderosos. Tampoco resulta extraño que algunos de los más fervientes defensores terminen, tiempo después, ocupando cargos públicos, asesorías gubernamentales o posiciones dentro de estructuras partidarias. En esos casos, la recompensa ayuda a comprender ciertas lealtades que antes parecían simples coincidencias.

Frente a este escenario, la reacción más saludable no es la censura ni la indignación permanente. Es el pensamiento crítico. La verdadera independencia ciudadana consiste en desarrollar el hábito de preguntar quién gana con determinado mensaje, qué intereses representa, qué temas evita y por qué ciertas narrativas aparecen simultáneamente en tantos espacios distintos. El ciudadano libre no es quien rechaza automáticamente todo lo que escucha, sino quien conserva la capacidad de contrastar, verificar y cuestionar.

Porque al final, el mayor temor de la propaganda no es el enojo. Tampoco es la crítica apasionada. Lo que realmente la debilita es la luz. Cuando el público identifica las cuerdas del titiritero, el títere pierde buena parte de su magia. Cuando se reconoce el libreto, la actuación deja de parecer espontánea. Y cuando la ciudadanía recupera su criterio propio, los ventrílocuos descubren que hablar mucho no siempre significa convencer.

Reflexión final

Vivimos una época donde la batalla principal ya no se libra únicamente sobre los hechos, sino sobre la interpretación de los hechos.Por eso abundan los ventrílocuos,proliferan los opinadores profesionales, se multiplican los expertos instantáneos.

Pero la responsabilidad última sigue estando del lado del ciudadano.No se trata de creer ciegamente ni de desconfiar de todo.
Se trata de conservar algo cada vez más escaso: el criterio propio.Porque la democracia necesita ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

La propaganda, en cambio, solo necesita audiencias dispuestas a repetir.
Y la verdadera independencia intelectual comienza cuando dejamos de alquilar nuestro juicio a quienes hablan demasiado… y preguntamos por qué hablan exactamente de lo mismo, al mismo tiempo y con idéntica convicción.

Por eso conviene recordar una idea sencilla en tiempos de sobreinformación y ruido constante: la democracia necesita ciudadanos que piensen; la propaganda, en cambio, solo necesita audiencias que repitan. Y quizá la forma más efectiva de resistir no sea gritar más fuerte que los bufones, sino negarse a entregarles el privilegio de pensar por nosotros y hacer  valer cada día el pensamiento de Ignacio Ellacuría: «Que el pueblo haga sentir su voz».