La Reconquista de Ayuso.
Por Imanol Ordorika. *
Hernán Cortés llegó con 500 soldados.
Ella, con tarjeta de crédito institucional.
Quinientos años después de que los barcos españoles tocaran las costas de Veracruz, México recibió a una nueva emisaria de la Madre Patria. No venía con arcabuces ni con frailes: venía con 300 mil euros del erario madrileño, un acuerdo firmado con la Feria de Aguascalientes para que la invitaran de honor y la certeza –tan española, tan reconfortante– de que la Conquista fue, en el fondo, un favor.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de una comunidad autónoma, Madrid, cuyas atribuciones se limitan estrictamente a sanidad, educación y transporte público, aterrizó el 3 de mayo con la agenda más apretada que un canciller y la investidura más endeble que cualquier turista. Nadie la invitó oficialmente. Nadie del gobierno federal la recibió. Claudia Sheinbaum ni la mencionó por nombre. Pero eso, en la cosmología ayusiana, no es un problema diplomático: es una oportunidad narrativa.
Nadie la invitó, pero alguien cobró
La comunidad de Madrid firmó dos convenios con el Patronato de la Feria Nacional de San Marcos y el Instituto de Cultura de Aguascalientes, y pagó 300 mil euros para figurar como “invitada de honor” en la edición 198 del evento. En buen castellano –o en buen español, como prefiere Ayuso– se autocompró la invitación y luego se presentó como huésped distinguida. En México tenemos una palabra para eso. Varias, de hecho. La más elegante es “moche”. La más precisa no se publica en un diario de circulación nacional.
El único recibimiento institucional en la capital lo organizó Alessandra Rojo de la Vega, alcaldesa de Cuauhtémoc y aspirante panista a la jefatura de Gobierno, quien firmó con la visitante una solemne “Carta de amistad” sobre “libertad, democracia y participación ciudadana”. El documento, fotografiado con solemnidad de tratado de Westfalia, tendrá sin duda su lugar en los archivos históricos, junto a los convenios de hermanamiento entre Tlalpan y algún municipio de La Rioja.
La trinidad conservadora
Los anfitriones reales de Ayuso forman una trinidad que merece análisis detenido. En el vértice cultural: Nacho Cano, ex integrante de Mecano –el grupo español de los 80 que una generación entera escuchó en casete– reconvertido en productor de Malinche: El musical, obra que lleva más de un año en el Frontón México reivindicando el mestizaje con la sutileza de un chivo en una cristalería. La oposición madrileña preguntó sin rodeos si Ayuso habría cruzado el Atlántico como “mánager profesional de su amigo”, pregunta que, en ausencia de contestación, adquiere dignidad de respuesta.
En el vértice económico: Ricardo Salinas Pliego, tercer hombre más rico de México, fundador de la Universidad de la Libertad, donde Ayuso pronunció su discurso más aplaudido (el mismo Salinas que explicó alguna vez desde su yate en el Mediterráneo que “no hay nada bueno en la pobreza”). En el político: los gobernadores panistas de Aguascalientes, Querétaro, Chihuahua y Guanajuato. Morena llamó al almuerzo “articulación de redes trasnacionales conservadoras”. El PAN prefirió “diplomacia institucional”. La diferencia es puramente estética.
Hay en todo esto una ironía que merece párrafo aparte. Entre los defensores de la visita figura Sergio Sarmiento, columnista en varios diarios y voz habitual en los medios de Salinas Pliego. Su abuelo Vicente fue diputado del PSOE, gobernador civil de Murcia y director de sanidad del Ejército Republicano: luchó contra Franco y se exilió en México huyendo de la España que Ayuso reivindica como civilizatoria. El nieto aplaudió sin aparente incomodidad a la heredera ideológica de quienes expulsaron a su familia. Lo acompañaban María Laura Medina de Salinas, esposa del anfitrión; Zunzunegui, que argumentó que la Conquista no fue genocidio, sino exactamente lo que Ayuso había venido a escuchar, y el cardenal Aguiar Retes, quien días antes había recibido a Ayuso en la Basílica recordando que ella lo invitó a Madrid. El nieto del republicano, la esposa del oligarca, el intelectual revisionista y el príncipe de la Iglesia: un retablo de época. La libertad, ya se sabe, tiene memoria selectiva.
El catecismo
El discurso de Ayuso tiene la coherencia interna de un dogma, como la “Inmaculada Concepción”. La Conquista: un proceso civilizatorio. Cortés: un visionario que “supo tejer alianzas”. El mestizaje: “el mensaje de la esperanza y de la alegría”. El socialismo: epidemia de tristeza con cura, porque “del socialismo se sale”. Y coronando el edificio: “Que nunca la libertad pida perdón por ser libertad”. Nadie le preguntó qué piensa esa libertad sobre los migrantes latinoamericanos que cruzan a España sin papeles.
Nadie le preguntó si el mestizaje que celebra en el Frontón México es igualmente bienvenido cuando llega en patera al estrecho de Gibraltar o en cayuco a Canarias. La coherencia ideológica no sobrevive el cruce del Atlántico. A 9 mil kilómetros de Madrid, Ayuso ama el mestizaje. En Madrid, prefiere hablar de “invasión”.
El público verdadero
Conviene no perder de vista algo fundamental: México es el escenario, pero el público es español. Cada declaración sobre la hispanidad, cada foto con un gobernador opositor, cada aplauso en la universidad de Salinas Pliego viaja de regreso a Madrid en forma de titular. Ayuso no viene a hacer política mexicana –no tiene ni los instrumentos ni el tamaño para ello–, sino a construir la imagen de una líder con proyección continental, capaz de plantar cara a Sheinbaum donde Feijóo, el líder de su partido, no se atreve a llegar. Ayuso es una derechista del Partido Popular que hace tiempo dejó de distinguirse del ultraderechista Vox. El viaje es un espot electoral de 10 días financiado por los contribuyentes madrileños: una declaración de que el liderazgo de la derecha española tiene, cada vez más, un solo nombre.
El regreso
Ayuso se irá el 12 de mayo con la Medalla de la Libertad del Congreso de Aguascalientes en el bolso, los aplausos de la familia Salinas en la memoria y varios miles de euros del contribuyente madrileño menos en las arcas públicas. Habrá posado en la Feria de San Marcos –la misma donde Nodal cantaba “Adiós, amor” y el palenque coreaba “Vete ya”, de Valentín Elizalde, mientras ella recibía su medalla en el estrado de honor–, cenado en la Riviera Maya y pronunciado el nombre de Hernán Cortés con más devoción que muchos sacerdotes al pronunciar el de Jesucristo.
Lo más irónico es que tiene razón en una cosa: el mestizaje es, efectivamente, una historia de esperanza. Lástima que en su versión sólo se aplique cuando los mestizos tienen 500 años de antigüedad y no se atreven a llamar a su puerta en Barajas.
Hernán Cortés, al menos, vino a su costa.
*La Jornada
