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CRÓNICA DE UN MIEDO DESGASTADO. La gente ya no se asusta, se aburre. Apagar el tele o el cel, durante una cadena nacional, (no solo es ahorro de energía) es un acto de insurrección mental y de soberanía digital.

Por: Eduardo Ramos.

La pantalla no llena el plato: Crónica de un miedo desgastado
Volvió la propaganda del miedo: Mientras la vida real golpea

Entre anuncios eternos, discursos kilométricos y problemas que siguen intactos.

No es casualidad que en El Salvador, la propaganda no es información, es una operación de saturación. Cuando las cuentas no cuadran, cuando el precio de los frijoles sube más rápido que los «likes» en Twitter, o cuando se cocina un nuevo decreto entre sombras, la receta es siempre la misma: recalentar el miedo.

Hay gobiernos que construyen hospitales,zonas productivas agroindustriales; otros construyen políticas sociales sostenibles, más centros tecnológicos para formar jóvenes con STEM . Aprender haciendo. Probar, fallar, corregir. La educación tradicional muchas veces castiga el error; STEM lo trata como combustible del aprendizaje.Pero también están los que construyen fantasmas, como en El Salvador, el país de la eterna fantasía y el show.

En El Salvador, cada vez que se acercan elecciones, aparecen otra vez las mismas sombras: anuncios solemnes, música inquietante, imágenes oscuras, voces graves que intentan convencerte de que cualquier crítica al poder es una amenaza para tu familia. La fórmula ya parece una telenovela reciclada: cambia el logo, pero el libreto sigue oliendo a humedad política.

Y, curiosamente, esas campañas regresan justo cuando faltan medicinas, cuando sube el costo de la comida o cuando aprueban leyes que casi nadie entiende pero que terminan afectando al ciudadano común. Es como esos magos baratos de feria que agitan una mano para distraerte mientras la otra vacía tus bolsillos.

La propaganda del miedo no busca informar. Busca condicionar. No quiere que pienses; quiere que reacciones. Y ahí está el verdadero mecanismo: convertir el miedo en reflejo automático.

El techo de cristal de la propaganda
Pero algo está cambiando. El «veneno» de la publicidad masiva está perdiendo su efecto por una ley básica de la estrategia: la saturación genera inmunidad.

El hastío La gente ya no se asusta, se aburre. Apagar la televisión o el celular ,durante una cadena nacional no es solo un acto de ahorro de energía, es un acto de insurrección mental y de soberanía digital.

La realidad vs. el render: Podemos tener bibliotecas con estética de nave espacial, pero si dentro no hay libros (o si los niños que lelvan en buses cada semana ,que entran, pero que tienen hambre), el diseño se vuelve un insulto.

Luces LED en el vacío Puentes iluminados donde no pasa nadie y «quintas piedras» de obras que nunca terminan. El ciudadano ya empezó a notar que las luces led no iluminan el camino hacia el supermercado.

Cambiar el terreno de juego, pero:
¿Cómo responder a una campaña que usa el miedo como moneda de cambio? No peleando en su terreno. Si ellos hablan de sombras, nosotros hablemos de costos.

La próxima vez que veas ese anuncio de 30 segundos que te dice que el vecino es tu enemigo, hazte estas preguntas:

¿Cuánto cuesta ese anuncio? Cada vez que aparece en tu celular o en el cable, se están quemando los impuestos que podrían haber reparado la calle de tu colonia.

¿A quién beneficia mi miedo? El miedo es el anestésico perfecto para que no sientas el dolor de tu bolsillo vacío.

La fábrica de enemigos

La estrategia es vieja. Tan vieja que ya la usaban imperios decadentes antes de que existiera la televisión. Cuando un gobierno necesita blindarse, inventa una frontera moral sencilla: “nosotros” somos el orden; “ellos” son el caos.El problema aparece cuando “ellos” terminan siendo cualquiera que haga preguntas incómodas.

En esa lógica torcida, pedir justicia para inocentes detenidos equivale a defender criminales. Exigir transparencia se convierte en “traición”. Criticar abusos es “estar con el enemigo”. La democracia empieza entonces a parecerse a esos espejos deformes de los parques de diversiones: uno entra siendo ciudadano y sale convertido en sospechoso.

Y sin embargo, algo está cambiando.

La repetición excesiva empieza a desgastar el hechizo. La gente ya no mira los anuncios con la misma ansiedad de hace cuatro años. Muchos cambian de canal durante las cadenas nacionales. Otros simplemente bajan el volumen o lo apagan. Hay una fatiga visible, una especie de cansancio colectivo frente al espectáculo permanente.

Porque incluso el miedo tiene fecha de vencimiento cuando se administra como comida rápida.El ruido ya no emociona… cansa.

Hay un detalle interesante y bastante humano en todo esto: cuando una alarma suena demasiado tiempo, el cerebro deja de reaccionar.Pasa con los carros,con las sirenas. Y pasa con la propaganda.

Por eso hoy los anuncios oficiales se sienten más como ruido de fondo que como mensaje épico. La saturación terminó convirtiendo la amenaza en monotonía.
Cada cinco minutos aparece la misma advertencia. En televisión, en redes, en YouTube, en el celular de tu abuela. Hasta en canales internacionales donde uno solo quería ver fútbol o una película mala de domingo.

La ironía es brutal: un gobierno que presume control absoluto necesita recordarte, todos los días, que tengas miedo. Como un vigilante nocturno que grita “todo está bajo control” mientras corre desesperado por el pasillo.

Y mientras tanto, la realidad cotidiana sigue haciendo preguntas incómodas.

¿Por qué hay dinero para campañas permanentes, pero no para medicinas?
¿Por qué abundan las luces LED decorando puentes vacíos mientras comunidades enteras siguen sin agua?
¿Por qué inauguran bibliotecas futuristas donde faltan libros, o plazas impecables en municipios donde las calles parecen campos lunares después de la lluvia?

La política del espectáculo funciona como esos restaurantes elegantes que sirven platos enormes… con muy poco o vacíos en el centro. Mucha decoración. Poco alimento.

Seguridad versus dignidad

Aquí aparece la gran antítesis de esta época salvadoreña: seguridad sin libertad, orden sin justicia, silencio presentado como paz.

Nadie sensato quiere volver a los años donde las pandillas controlaban comunidades enteras. Eso sería absurdo. El país salió de una pesadilla real. Pero otra cosa muy distinta es convertir ese trauma en cheque en blanco permanente para cualquier exceso estatal.

Porque cuando el miedo se vuelve herramienta política, el poder ya no necesita demostrar nada. Solo necesita señalar enemigos.Y eso tiene consecuencias profundas.
Una sociedad que aprende a callar por miedo termina perdiendo algo más importante que la discusión pública: pierde la capacidad de distinguir entre justicia y obediencia.

Negar derechos a inocentes no fortalece al Estado. Lo debilita.
Un gobierno que encarcela sin transparencia puede parecer fuerte desde afuera, igual que una represa gigantesca parece invencible… hasta que aparecen pequeñas grietas internas que nadie quiso atender por miedo a arruinar la fotografía oficial.

El nuevo cansancio social

Tal vez el fenómeno más importante no sea el miedo. Tal vez sea el agotamiento.

La gente empieza a sospechar que vivir en campaña permanente también es una forma de manipulación. Porque mientras el ciudadano permanece distraído peleando fantasmas ideológicos, la economía aprieta, el empleo informal crece y los problemas básicos siguen ahí, inmóviles, como piedras en medio del camino.

Hay algo casi teatral en inaugurar jardines kilométricos o encender luces de colores sobre estructuras vacías mientras miles de familias hacen malabares para comprar frijoles y las de cada día. Es el viejo truco romano: pan y circo. Solo que ahora a veces ni siquiera alcanza para el pan; queda únicamente el espectáculo.

Y claro, la propaganda intenta cubrir esa contradicción con más propaganda.Como alguien que intenta apagar un incendio echándole gasolina perfumada.

¿Cómo responder sin caer en la trampa?

Quizá el error más grande sería responder con el mismo tono histérico. El miedo se alimenta del grito. La propaganda necesita enemigos furiosos para justificarse.

La respuesta más inteligente puede ser otra: recuperar la conversación cotidiana. Hablar de agua, de salarios, de escuelas, de agricultura, de medicinas, de transporte. Llevar el debate desde el miedo abstracto hacia la realidad concreta.

Porque la señora que no recibe sus medicinas entiende perfectamente dónde están las prioridades del poder.El agricultor que ve tierras abandonadas mientras aumentan las importaciones también entiende.La familia que pasa semanas sin agua potable comprende mejor la política que muchos analistas y opinadores televisivos.

Y ahí está el punto que quizá más incomoda al aparato propagandístico: el ciudadano común empieza a comparar el discurso con su propia vida.

No con los anuncios.
Con el recibo de la luz.
Con el mercado.
Con la calle destruida frente a su casa.
y con el bolsillo vacío…

El límite del humo

La verdadera seguridad no nace de una valla publicitaria ni de un video repetido cada 5 minutos con música y voz tenebrosa. La verdadera seguridad es saber que, si eres inocente, la ley es tu escudo y no tu verdugo.

¿Seguridad para quién? Una seguridad que te obliga a caminar con la cabeza baja ante un uniforme no es paz, es tregua bajo vigilancia.El gobierno sigue apostando al miedo porque es lo único que saben producir bien en masa. Pero el miedo tiene fecha de vencimiento, y el hambre, el desempleo y la falta de agua no se quitan con filtros de Instagram.

Toda propaganda necesita una dosis mínima de realidad para sobrevivir. Cuando esa realidad empieza a erosionarse, el espectáculo se vuelve demasiado evidente. Demasiado repetitivo,es demasiado artificial.Es como ver fuegos artificiales a plena luz del día: mucho ruido, poca magia.El problema de gobernar a punta de miedo es que llega un momento en que la gente deja de asustarse… y empieza a observar.

Y cuando una sociedad comienza a mirar con atención, las sombras pierden poder.¿De qué sirve una ciudad sin murallas si el miedo ya ha construido una celda dentro de cada casa? Es hora de encender la mente y, si es necesario, apagar la pantalla , como ya lo está haciendo la gente.