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Balance Político-Social en El Salvador 2025. Se profundiza retroceso de derechos y autoritarismo. “Cuando la oscuridad es intensa, la lucidez se vuelve un acto de resistencia.”

Por: Walter Raudales.

Al cerrar el año, para grandes sectores de la sociedad salvadoreña hay poco o nada que celebrar. Mientras el oficialismo afina sus aderezos populistas, continúa mostrando su espectáculo de pan y circo en un Centro Histórico convertido en su vitrina turística, como un espejo deformado, muestra un país que existe sólo para los visitantes y las cámaras, no para quienes lo habitan anestesiando el malestar nacional bajo luces LED y conciertos que no arreglan el hambre, la precariedad ni la persecución.

A las puertas de 2026, un año preelectoral, el presidente y su séquito operan desde la abundancia de recursos, el aparataje estatal y la obediencia total de los poderes públicos. Amparados en un Estado de Excepción permanente, moldean la realidad a conveniencia. En este país invertido, donde la antítesis se vuelve costumbre, primero se captura y después con sorprendente creatividad jurídica justifican la captura.

Una secuencia tan absurda que casi parece escrita por un guionista con humor negro, si no fuera porque las consecuencias son dolorosamente reales, cualquier acto represivo encuentra cabida bajo el pretexto de “seguridad nacional”.

 La carta del miedo se juega a diario, con una precisión quirúrgica que busca disciplinar al ciudadano común, a cualquier disidente, a cualquier voz incómoda… excepto a sus socios empresariales y aliados políticos, quienes caminan sobre alfombras de impunidad.

Persecución, intimidación y el nuevo estilo de gobernar.

Se ha acentuado la persecución política hacia críticos y opositores. Primero los capturan, luego inventan el caso. El proceso penal ya no es un punto de partida legal, sino un accesorio que se ajusta a conveniencia del poder. Una guerra psicológica y digital se despliega silenciosa: campañas difamatorias, amenazas veladas, capturas televisadas. La justicia deja de ser garante y se transforma en un arma e incluso las instituciones del Estado garante de los Derechos Humanos como la PDDH y otras, se vuelve cómplice de los hechos aberrante.

En el ámbito municipal, las autoridades locales se han reducido a simples administradoras de estructuras vacías: no gestionan ni impulsan proyectos, porque se les ha despojado de los recursos necesarios para responder a las demandas de la población (FODES), sumado a la falta de idoneidad de la mayoría de los funcionarios  del partido oficial que las dirigen, pero que sí cobrar elevados salarios por servir de porteros de esas importantes instancias que perdieron el poder de atender a la gente.

Mientras algunas familias están siendo amenazadas y presionadas con el Estado de Excepción y «una ley de expropiación para obras sociales» que si no venden sus tierras a precios simbólicos  y legalmente caprichosos serán vistos como enemigos del desarrollo pues es para turismo, instalaciones para procesar la basura (Proyecto ANDRES), o proyectos industriales y de generación de energía entre otras; caso que nos recuerda el despojo de las tierras del siglo pasado que produjo una de las causas que generaron la guerra.

En cuanto a los programas sociales dirigidos a comunidades y sectores vulnerables, el país ha retrocedido a la lógica asistencial de los años noventa. Se han debilitado o eliminado iniciativas esenciales como las pensiones para adultos mayores, las clínicas comunitarias, la atención integral a la niñez y a personas con discapacidad, e incluso se ha invalidado el decreto que regulaba los precios de los medicamentos, por mencionar solo algunos casos significativos.

¿Qué podemos esperar? Probablemente lo de siempre, aunque aliñado con esos ingredientes que solo brotan en temporada electoral: sorpresas improvisadas, presiones que huelen a vieja costumbre y algún que otro obsequio destinado a conquistar voluntades… y de paso llenar estómagos con fondos públicos que no se utilizan para tender necesidades urgentes de la población. Todo envuelto en esa atmósfera casi teatral donde cada gesto pretende ser promesa, pero termina pareciéndose más a un déjà vu democrático

Este es el panorama que se vislumbra para el nuevo año: elecciones con dados marcados, árbitros alineados, y un tablero diseñado para que gane siempre el oficialismo. Una democracia donde votar parece un acto ceremonial más que un ejercicio de poder ciudadano, mientras los límites constitucionales se diluyen bajo los aplausos de unos y el miedo de muchos.

Resiliencia: cuando el miedo deja de gobernar.

Resistir no siempre es gritar; a veces es no rendirse aunque sea en silencio. Recordemos que las dictaduras no nacen gigantes: crecen del miedo de muchos y del silencio de los valientes. Cada ciudadano que cuestiona, cada comunidad que se organiza, cada mano que ayuda a otra a levantarse, erosiona el muro del autoritarismo. El poder totalitario parece invencible hasta que alguien decide que no lo es. Y ese alguien nunca está solo. Las sociedades se quiebran… pero también se reconstruyen. Pues ningún régimen totalitario dura para siempre cuando la dignidad vuelve a caminar sin miedo.

Y aquí entra la pregunta que vale más que cualquier titular: ¿qué hacemos con el miedo? ¿Lo dejamos crecer como una mala hierba o lo convertimos en combustible para actuar?

Porque incluso en esta noche larga, hay una verdad que el autoritarismo no ha logrado borrar: el país sigue vivo. Y mientras esté vivo, puede y debe  imaginarse distinto. En cada comunidad que se organiza, cada voz que se atreve, cada persona que decide no callarse se vuelve un recordatorio de que el poder, por muy feroz que parezca, siempre es un gigante con pies de barro.

La historia está llena de pueblos que parecían derrotados… hasta que dejaron de estarlo. Resistir no siempre suena épico; a veces es silencioso, cotidiano, imperfecto. Pero es ahí en la terquedad de seguir adelante pese al vendaval donde nace la semilla del cambio.

Quienes hoy se sienten aislados deben recordar que incluso la chispa más pequeña puede desencadenar un fuego capaz de iluminar un país entero. Y sí, quizá todavía no se vea, pero ya está empezando a arder.

Algo se mueve, aunque lento. Surgen nuevas voces, pequeñas pero firmes, que incomodan al poder. Voces que no buscan ser héroes, sino faros. Su misión es titánica, pero impostergable es despertar a los miles que aún caminan con la cabeza gacha, creyendo que la resignación es su único refugio.

Participar, aun cuando la cancha está inclinada.

La cancha electoral está desnivelada. Eso es indiscutible. Pero no participar es renunciar; es entregar el país a un autoritarismo en pleno apogeo, normalizado e internalizado. Las organizaciones sociales, los gremios y los movimientos ciudadanos deben prepararse, aun con los recursos mínimos y la ausencia de plataformas. El poder real del país no está solo en las instituciones capturadas, sino en la masa silenciosa que hoy observa, pero que mañana puede actuar.

Pero incluso los ríos más violentos han sido desviados por manos persistentes. Entrar en la contienda electoral no es ingenuidad: es la primera fisura en un muro que se cree indestructible.

Un hilo de esperanza

Algo se mueve, aunque el oficialismo se esfuerce por aplastarlo. Brotan nuevas voces: jóvenes, académicos, feministas, ambientalistas, comerciantes, comunicadores ,comunidades migrantes, movimientos culturales. Voces que el poder etiqueta como “enemigos” solo por no aplaudir. Son quienes tienen la misión de despertar a los miles de afectados que aún no se movilizan, a quienes han normalizado la precariedad bajo el espejismo del “orden”.