SHOW CON MORAZÁN FRENTE AL PLATO VACÍO
Por: Walter Raudales.
Mientras en El Salvador sus ciudadanos no ajustan para la canasta básica, el gobernante Bukele continúa con su estrategia de propaganda y más propaganda sin importar que los platos están vacíos. Muchos ciudadanos atónitos viven entre silencio, ante una realidad que cada día los llama a despertar
Mientras celebran datos macro-económicos falsos, el pueblo fía en la tienda
A la esperanza no se espera, se le hace caminar
«¿Y ahora quién podrá salvarnos?». La pregunta no es un chiste de televisión; es el murmullo ahogado que recorre los pasillos de un país donde el costo de la vida sube por ascensor y los salarios apenas suben las gradas.
Durante décadas se nos enseñó a esperar. A esperar las próximas elecciones cada tres o seis años; a esperar que el relevo traiga a alguien con la «camisa de la salvación» (bendecida por iglesias o por la moda política del momento); a esperar que el derrame del crecimiento económico mágicamente caiga sobre el plato del trabajador. Pero la esperanza no es una silla de espera: a la esperanza hay que hacerla caminar y gritar junto a la gente.
La fantasía macroeconómica vs. la tarjeta al tope
Nos bombardean a diario desde los noticieros con portadas de diseño pulcro: el sector construcción creció un 5%, ingresó medio millón más de turistas, la recaudación aumentó un 20% y se va inaugurar otro estadio de primer mundo con cien mil butacas donado desde el otro lado del globo, a costa de tala masiva de árboles de la Finca El Espino. Luces LED en los puentes, shows internacionales y entradas regaladas en vísperas electorales.
Pero para el ciudadano de a pie, la vida sigue igual que en la canción. La macroeconomía de vitrina con datos inventados no llena la bolsa del supermercado. Por cada par de centavos que sube el galón de gasolina, el comercio le sube un 10% o más a los alimentos, y si se consigue fiado para comer, falta pagar la luz eléctrica que ha subido mas de 30% a partir de febrero desde que han concesionado a privados la distribución eléctrica; mientras la Defensoría del Consumidor, posa sonriente para la foto del día. La verdadera realidad salvadoreña se cuenta a fin de mes: estirar la tarjeta de crédito al límite, pedir prestado al vecino, al compadre, a la tienda de la esquina o al compañero de trabajo para lograr llevar comida a la mesa.
Del «Que sea lo que Dios quiera» al «Lo que diga el Gobernante»
Hay un fenómeno cultural profundo en marcha. Si antes la resignación popular se amparaba en la fe («que se haga la voluntad de Dios»), hoy se ha transferido un cheque en blanco hacia una sola figura: «lo que el Gobernante diga está bien». Un dogma que valida cualquier ocurrencia o desatino gubernamental bajo un trance mediático sin precedentes.
Sin embargo, ese «sí a todo» está empezando a marcar su fecha de vencimiento. La única promesa pública que el régimen ha cumplido al pie de la letra ha sido entregar El país de las ilusiones caras: cuando al silencio se le vence el contrato. Mientras los conciertos con entradas de cortesía del gobierno se llenan en vísperas electorales, la mesa del salvadoreño de a pie sigue igual. O peor.
Vivimos en la arquitectura de un espejismo: la propaganda oficial ahora satura con la ocurrencia del desentierro de Morazán, pero días atrás celebraban un supuesto crecimiento del 5% en la construcción, medio millón más de turistas y un incremento del 20% en la recaudación fiscal. Sin embargo, para Juan Pueblo y María Ciudadanía, la macroeconomía no se come. Esas cifras rimbombantes manipuladas caen en el saco roto de un endeudamiento desbocado que sofoca el futuro del país solo para financiar el despilfarro y pagar los intereses de una fiesta de deudas a la que la población no fue invitada.
La burbuja del «Show» frente al plato vacío
En El Salvador, la realidad cotidiana choca de frente con la fantasía gubernamental:
La economía del «tarjetazo» y la fiada: A fin de mes, cuando los centavos no alcanzan para la canasta básica, el salvadoreño no recurre a los indicadores oficiales; recurre a la tienda de la colonia, al préstamo entre compadres o a llevar la tarjeta de crédito al límite.
La inflación sin freno: Cada vez que el combustible sube un par de centavos, el comercio remarca más del 10% a los alimentos. Mientras tanto, las instituciones de protección al consumidor se limitan a montar operativos fotográficos para las redes sociales y montar eventos en hoteles para mostrar cual tarjeta de crédito es más barata y dónde comprar para Black Friday próximo.
A la población la mantienen en un «Circo sin pan» , donde se inauguran obras a sobre valor según valúos realistas, se presentan 3 veces más caras , ej. remodelación de escuelas que aún con trabajo forzado de reclusos, aparecen sobrevaloradas.
El show mediático gubernamental incluye anunciar cada cierto tiempo eventos internacionales, como: torneos de surf, sedes de turismo o para el fútbol playa femenino , mientras el costo de la vida aplasta al trabajador que apenas tuvo incremento al salario mínimo el año pasado. Lo que nos demuestra que el show entretiene, pero no llena la refrigeradora.
Deja vu autoritario: Mercenarios digitales y el espejo de 1932
No estamos recorriendo un camino nuevo; habitamos un déjà vu nefasto. El poder acumulado y proyectado a más de una década no es una anomalía histórica, es la repetición del guion de Maximiliano Hernández Martínez, quien detentó el poder entre 1931 y 1944 hasta que la presión social y la asfixia socioeconómica hicieron insostenible su continuidad.
La diferencia radica en los métodos modernos:
«Desde 2019, el país ha sido el laboratorio de un séquito de mercenarios del algoritmo que, en complicidad con una red de espionaje oficial, opera la manipulación masiva mediante el método «Cedimero». Mientras por un lado amplifican y magnifican la figura presidencial hasta el endiosamiento, por el otro persiguen, vigilan y atacan de forma coordinada a cualquier voz o medio disidente. Esa imagen de invencibilidad no es magia ni aprobación espontánea: es el producto fríamente calculado de consultores de neuromarketing digital, empaquetado hoy como un modelo de control exportable a otros gobiernos»
Han normalizado el despojo de bienes y derechos. Tras anular a la oposición mediante irregularidades electorales y la toma absoluta de la Asamblea, los nuevos funcionarios debutan subiéndose el salario un 300% en municipios quebrados que no recaudan ni para la planilla básica.
Estamos ante una clara involución hacia las prácticas criollas del siglo XIX, cuando las élites emergentes aquellos próceres y sus allegados cooptaban instituciones, moldeaban las leyes a su antojo y estigmatizaban a ladinos, indígenas y esclavos para consolidar su rapiña patrimonialista bajo el disfraz de «patriotismo». Hoy, más de doscientos años después, el libreto se ejecuta al pie de la letra; únicamente han cambiado los apellidos con acento de medio oriente.
La olla de presión y el desencanto silencioso.
Hoy, la población platica bajito. En el cafetín, en el trabajo, en el parque, en el partido de fútbol del domingo, se comenta sobre los contratos oscuros, los lujos de los funcionarios y la incertidumbre de lo que pueda pasar con las remesas si la crisis migratoria empeora en EE. UU. La conversación siempre se corta abruptamente con la misma frase de supervivencia: «Mejor no digo más, vos sabés cómo está la cosa…».
El Régimen de Excepción eterno ahora se utiliza como un chantaje psicológico para mantener a la sociedad en mute obligado. Pero el miedo prolongado agota. Cuando el combustible de la narrativa oficial, los bots, los analistas pagados y la intimidación también se agotán, el régimen solo tendrá una herramienta: la represión directa y descarada mediante el uso del aparato judicial, policial y militar.
Es notorio el cierre total de espacios y puentes para el diálogo social y político. La clausura es absoluta: en los ministerios, en las autónomas, en las alcaldías y en cualquier espacio del poder público se han atrancado las puertas, dejando a la gente sin un solo lugar a donde recurrir para ser escuchada. Ante un Estado que fomenta la confrontación con su propia población, no resulta extraño que empiecen a buscarse rutas y alternativas para acelerar respuestas frente a esta violencia institucionalizada a todo nivel. Este escenario genera una inevitable inestabilidad, profundizando la fractura entre una mayoría que ya no aguanta y aquellos sectores que prefieren mantener su corrupción y privilegios, sin importar qué tan degradado esté.
La vida institucional y política, tal como funciona hoy, no garantiza una estabilidad permanente. El bienestar se ha vuelto propiedad exclusiva de la élite gobernante, su círculo cercano y sus aliados de la vieja oligarquía. Frente a un modelo sostenido en imposiciones continuas, medidas antipopulares, despojo de bienes y desmantelamiento de derechos, se acelera la concentración de poder y riqueza en la nueva élite gobernante, mientras el peso de la precariedad y la escasez aplasta a las grandes mayorías
¿Qué nos queda? Rescatar la semilla y hacer que la esperanza camine y grite.
Esperar que la salvación llegue cada tres o seis años a través de urnas manipuladas o de mesías políticos con la camiseta de la bendición religiosa, pero con más mañas que el diablo, si hablamos de esos que ya conocemos y que han terminado siendo más ladrones que los anteriores y se vendieron como la nueva clase política, solo han demostrado ser un fracaso sistemático (preguntenle a la Corte de Cuentas, que por 7 años no lo dirá).
Esto no es un debate de ideologías; es un asunto de hambre, dignidad y supervivencia.
Esto nos mueve a pensar que la verdadera transformación no vendrá de la élite ni de la propaganda, sino de la gente que empieza a reconocerse en el agravio del vecino. Vendrá de acciones de abajo para arriba, cuando los afectados por los despojos, los despidos injustificados y las medidas antipopulares entiendan que el silencio individual es la fuerza del opresor, la respuesta colectiva bajará con más fuerza que una repunta de invierno.
Para que El Salvador no siga transitando hacia un pasado feudal administrado por una nueva casta, a la esperanza hay que hacerla caminar y gritar junto a la gente. Demostrado está de sobra que cuando los pueblos callan por conveniencia tarde o temprano terminan despertando por necesidad. Porque despertar no es un opción es la única forma de sobrevivir.
Es urgente que el conformismo ceda el paso al hartazgo, que la indiferencia se agote y que surja una generación dispuesta a construir, no el país de la fantasía mediática y de luces, sino El Salvador posible y digno para todos.
