El ejército ciego.
Por: Manuel Alcántara Sáez.
| Hace algo más de mil años, en la batalla de Klyuch, el emperador de Bizancio Basilio ordenó sacarles los ojos a quince mil prisioneros búlgaros, dejando tuerto a uno de cada cien para guiar al resto de vuelta a casa. Basilio era el menos interesado en que murieran de hambre, pudo ejecutarlos a todos, “pero eligió la ceguera y enviarnos de vuelta como lastre que acabaría por hundir a Bulgaria”. Su plan era convertirles en un gravamen para el imperio de Bulgaria. Que hombres y mujeres los vieran por las calles como recordatorios de una derrota. Que inundaran los atrios y las plazas y extendieran las manos para pedir limosna o aprendieran a tocar un instrumento como los ciegos de nacimiento. |
| Los maestros sacaojos de la corte de Constantinopla “se consideran una casta distinta de los torturadores o verdugos, pues su propósito no es matar ni hacer sufrir, aunque siempre hagan sufrir y a veces terminen matando. Sacar ojos no es un método de ejecución ni de obligar a nadie a confesar o a delatar. Para el oficio hay dos medidas que hacen perfecto un trabajo. La primera es que casi no se derrama sangre. La segunda se alcanza si los ojos siguen viendo hasta antes de cortar el cordón, cuando cuelgan a la altura de las mejillas. El maestro hace su trabajo en un reo maniatado; a él no le corresponde luchar contra piernas, brazos, ni cabezas, sino contra u par de párpados bien apretados”. |
| El zar de Bulgaria al verlos llegar carece de fuerza moral para soportar la escena y muere. “Morir de pesadumbre tenía una altura que no tiene la muerte por una vejiga podrida o por un mal viento de invierno”. Los integrantes del ejército derrotado son recibidos sin celebración alguna por su retorno. |
| “Una vez que corrió la historia, no faltaron comerciantes que montaran ciegos en sus carretas para venderlos a esas familias que tanto los querían. Se curaban con el cuento de que era un oficio noble, pues los filisteos pusieron a Sansón a empujar la rueda del molino en Gaza. Y los molineros aseguran que los ciegos son los mejores en el oficio de rodar la muela porque no llevan cuenta de las vueltas y nunca se marean”. |

| La épica culmina con el regreso a Constantinopla, es el momento de la revancha. “Nos habían tildado de cobardes porque dejamos que nos cegaran. Ahora esa gente se quedaba encogida en cada mientras nosotros marchábamos hacia la muerte como el ejército más valiente que jamás se vio… La carpa de Basilio quedó en pie. Una lástima que Basilio fuese tan austero…” |
| “Nos embriagó el vino y la batalla. Nos agotó el desvelo y la batalla. La noche cayó y nos fuimos quedando dormidos. Dormíamos en otro mundo. Cerrábamos los párpados para verlo todo. Veíamos uno por uno cada cabello en la cabeza. También veíamos los viñedos floreciendo y contábamos cada racimo y cada uva en los racimos. La huella de cada casco de caballo. Veíamos el fondo del mar donde estaría zozobrando aquél de los nuestros que quiso llegar a Samotracia”. |
| “Un hombre no es de donde nace en un instante; es de donde muere para siempre”. |
| Ese es el contexto en el que el autor construye la gesta coral de unos guerreros derrotados cuyo futuro es desesperanzado. Sin embargo, se convierten en protagonistas de un mundo nuevo al que deben adaptarse y que les arrostrará al triunfo. La fortaleza del ser humano sirve para configurar un canto a la literatura. -«¿Hasta dónde llega la vista de un centinela ciego?»- Los guerreros descubren a través de la imaginación y las palabras un mundo libre y portentoso. Demuestran que tras la barbarie y la humillación puede haber dignidad y belleza. |
| Este libro fue galardonado por el XXIX Premio Alfaguara de Novela, el acta del jurado, presidido por Jorge Volpi señala que: “el autor crea una fábula oscura y poderosa, alejándose del relato histórico convencional para ofrecer una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia. Una gran épica de los vencidos”. |
| David Toscana (Monterrey, Nuevo León, 1961) cuenta con una docena de novelas en las que aborda temas como el fracaso, la muerte y el duelo. En 2002, su novela Santa María del Circo fue reconocida en Estados Unidos como una de las mejores del año. En 2016 publicó la novela Evangelia, en la que plantea una versión alternativa y crítica de los evangelios católicos, protagonizada por Emanuel, primogénita de María y José, y quien sustituye a Jesús, al varón anunciado por las profecías. |
| David Toscana (2026). El ejército ciego. Alfaguara. Barcelona. ISBN: 978-84-204-7930-9. 229 págs. |
