LA GLORIA QUE NO NOS PERTENECE. El presidente de El Salvador no construye un puente. El gobernante es un administrador temporal de recursos de la nación.
Por: Pastor Nelson Bonilla.
En Hechos 9 encontramos a Pedro visitando a los creyentes de Lida. Allí conoce a Eneas, un hombre que llevaba ocho años paralítico. Pedro se acerca a él y le dice:
“Eneas, Jesucristo te sana; levántate y haz tu cama” (Hechos 9:34).
Las palabras de Pedro son importantes. Él no dijo: “Eneas, yo te sano”. Tampoco permitió que la gente creyera que el poder provenía de él. Antes de que alguien pudiera confundir al instrumento con la fuente, Pedro dejó claro quién había realizado el milagro: “Jesucristo te sana”.
Pedro sabía que ser usado por Dios no significaba ocupar el lugar de Dios. Pedro era el instrumento; Cristo era la fuente. Por eso, cuando la gente vio a Eneas restaurado, no debía glorificar a Pedro, sino volverse al Señor.
En Hechos 14 sucede algo todavía más dramático. Pablo y Bernabé se encuentran en Listra, donde Pablo sana a un hombre que nunca había podido caminar. Cuando la multitud contempla el milagro, comienza a gritar: “¡Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros!”. A Bernabé lo llaman Júpiter y a Pablo, Mercurio. El sacerdote del templo trae toros y guirnaldas porque el pueblo quiere ofrecerles sacrificios.
Pablo y Bernabé pudieron haber guardado silencio. Pudieron disfrutar de la admiración, aceptar los honores y aprovechar la influencia que la multitud quería concederles. Sin embargo, cuando comprendieron lo que estaba sucediendo, rasgaron sus ropas y corrieron en medio de la gente, diciendo: “Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros” (Hechos 14:15).
No aceptaron una gloria que no les pertenecía. No solamente rechazaron los títulos de dioses; también protestaron públicamente contra la idolatría. Comprendieron que, cuando una multitud comienza a divinizar a una persona, tanto la multitud como la persona se encuentran en peligro.
Estas historias deberían hacernos reflexionar sobre nuestra relación con los líderes políticos.
Es correcto reconocer cuando un gobernante administra bien, toma una decisión acertada o dirige un proyecto beneficioso. La gratitud y el reconocimiento no son idolatría. El problema comienza cuando hablamos como si una sola persona fuera la fuente de todo lo bueno que sucede en una nación.
En El Salvador escuchamos constantemente expresiones como: “El presidente construyó esta carretera”, “el presidente levantó este hospital”, “el presidente entregó estas casas” o “el presidente envió ayuda a Venezuela”. Poco a poco, el país, sus instituciones y sus ciudadanos desaparecen del relato, mientras una sola persona ocupa todo el escenario.
Pero el presidente no construye una carretera con su dinero personal. Los hospitales, las escuelas, las obras públicas y la ayuda humanitaria se financian principalmente con recursos públicos. Es decir, se realizan con el dinero aportado por los salvadoreños mediante sus impuestos y con otros recursos que pertenecen al Estado. También participan médicos, policías, soldados, bomberos, rescatistas, obreros y muchos otros trabajadores cuyos nombres nunca aparecen en los titulares.
Cuando El Salvador envía ayuda a otro país, no es únicamente el presidente quien ayuda. Es El Salvador. Es el pueblo salvadoreño compartiendo sus recursos. Es el personal que organiza la ayuda, quienes preparan los suministros y quienes arriesgan su vida en una misión humanitaria. El presidente puede autorizar, coordinar o representar esa acción, pero no es su dueño exclusivo. El gobernante es un administrador temporal de recursos que pertenecen a la nación.
Por eso, el lenguaje importa. Cuando atribuimos constantemente cada obra, cada donación y cada logro a una persona, estamos construyendo algo más que una imagen política: estamos construyendo un ídolo. Tal vez nadie se arrodille literalmente ante él ni le ofrezca sacrificios como los habitantes de Listra, pero la idolatría moderna no siempre tiene altares visibles.
Existe idolatría cuando creemos que una nación depende completamente de un hombre.
Existe idolatría cuando confundimos al servidor público con el salvador del pueblo.
Existe idolatría cuando dejamos de examinar sus decisiones porque pensamos que todo lo que hace es bueno.
Existe idolatría cuando la lealtad a un dirigente se vuelve más importante que la verdad, la familia, la justicia y la dignidad humana.
También existe idolatría cuando un gobernante comienza a aceptar como propia la gloria que corresponde a todo un pueblo.
Pedro, Pablo y Bernabé nos enseñan que una persona íntegra corrige a quienes le atribuyen una gloria desmedida. Pedro señaló inmediatamente a Jesucristo. Pablo y Bernabé corrieron hacia la multitud para detener el sacrificio. No estimularon la confusión porque los beneficiaba. No dijeron: “Si la gente quiere tratarnos como dioses, esa es decisión de ellos; el pueblo manda”. Protestaron porque comprendían el peligro espiritual de aquella admiración.
Esta responsabilidad también corresponde a los líderes políticos. Un gobernante prudente debería recordarle al pueblo: “Esta obra no la hice yo solo. Fue realizada con los recursos de ustedes y mediante el trabajo de muchos servidores públicos”.
Pero la responsabilidad no es únicamente del gobernante. La multitud de Listra fue la que decidió convertir a Pablo y Bernabé en dioses. De manera semejante, los ciudadanos, los
medios de comunicación, los funcionarios y aun las iglesias podemos contribuir a la fabricación de un ídolo político.
Pedro dijo: “Jesucristo te sana”.
Pablo y Bernabé dijeron: “Nosotros también somos hombres”.
Quizá nuestra sociedad necesita recuperar esas dos confesiones: Cristo es el Salvador y nuestros líderes solamente son seres humanos.
Un pueblo libre no necesita fabricar salvadores políticos. Necesita autoridades responsables, instituciones fuertes, ciudadanos conscientes y una memoria capaz de reconocer de dónde vienen realmente los recursos, el trabajo y los logros de la nación.
El gobernante administra. El pueblo contribuye. Muchos trabajadores hacen posible la obra. Y sobre todos nosotros está Dios, quien es la fuente última de la vida, la justicia y todo verdadero bien.
