Bukele: La mentira de importación y el falso espejo del «primer mundo».
Por: Mauricio Manzano.
Una de las herramientas más perversas de cualquier autoritarismo es su capacidad para manipular la ignorancia, vistiendo de modernidad lo que en realidad es un retroceso histórico. Cuando el presidente ilegal de El Salvador intenta justificar su perpetuidad en el poder argumentando que «así lo hacen los países desarrollados», está lanzando una mentira de importación. Es un recurso diseñado para confundir y engañar a un pueblo oprimido y reprimido, haciéndole creer que violar su propia Constitución es un atajo para ser como el «primer mundo».
Si pasamos este discurso por el filtro de la moral y la memoria histórica, descubrimos que la comparación no solo es falsa, sino que revela un desprecio por la historia y la inteligencia de nuestra propia gente.
Las tres grandes mentiras de ese argumento:
En primer lugar. El engaño de los sistemas de gobierno.
Cuando el dictador señala a países como Alemania, Inglaterra o Canadá para defender su reelección indefinida, oculta perversamente cómo funcionan esas naciones. En esos países desarrollados que describe, los líderes, primeros ministros o cancilleres, no son tiranos absolutos; son elegidos por un Parlamento. Si ese líder viola las leyes o pierde la confianza de su congreso, puede ser destituido en cuestión de horas mediante un «voto de censura». Su poder está vigilado y condicionado constantemente. En el caso de El Salvador actual el sistema es hiperpresidencialista. El gobierno controla a los Legisladores, a los Jueces, a la Policía, al Ejército y al Tribunal Supremo Electoral. Otorgarle la reelección indefinida a un hombre que ya ha secuestrado todas las instituciones no es imitar a Europa; es imitar a las dictaduras más oscuras y perversas de nuestra propia región.
En segundo lugar. La legalidad no se importa, se respeta. Hay una enorme diferencia entre ejercer un derecho y cometer un delito. En los países desarrollados que el régimen usa como excusa, la reelección o continuidad está escrita legalmente en sus constituciones, sus líderes gobiernan respetando las reglas de su contrato social. En El Salvador es al contrario, para que Bukele lograra su segundo mandato tuvo que pisotear al menos seis artículos de nuestra Constitución que prohíben explícitamente, y bajo amenaza de pérdida de derechos ciudadanos, la continuidad en el poder. Destruir el Estado de Derecho del país para imitar una regla extranjera es el acto definitivo de traición a la patria.
Y por último, que no es lo ultimo. El dictador se burla de nuestra sangre y memoria histórica.
Las leyes no nacen del vacío, nacen de la realidad histórica de cada país. Los países europeos no tuvieron un dictador como el general Hernández Martínez que se postergó en el poder masacrando campesinos, ni sufrieron las dictaduras militares que ensangrentaron a Centroamérica en el siglo XX. Los candados que nuestra Constitución cierra a la reelección son cicatrices históricas. Se escribieron para que la sangre derramada de nuestro país no volviera a ser aplastado por el peso de un tirano.
Falsear esos candados usando a los «países desarrollados» como excusa es escupir sobre la tumba de todos los salvadoreños que murieron luchando por la democracia y la alternancia.
En conclusión. Justificar un fraude constitucional mirando hacia el extranjero es el truco de un político que se ha quedado sin argumentos. El verdadero «doble rasero» lo tiene el régimen de Bukele; por un lado exige respeto absoluto a su soberanía de nuestro país cuando la comunidad internacional denuncia sus violaciones a los derechos humanos. Y por otro, desecha su propia Constitución argumentando que «en Europa lo hacen distinto». Un dictador de un país endeudado y empobrecido no se convierte en un estadista del primer mundo por aferrarse a la silla; sólo se convierte en otro eslabón de la larga y triste cadena de tiranos que han ensangrentado nuestra región.
