Bancarrota hídrica global: el agua como capital finito de la humanidad.
Por Susana Antón.
La escasez de agua impacta ecosistemas, agricultura y migraciones, creando tensiones geopolíticas y sociales en todo el mundo
A inicios de 2026, las Naciones Unidas dieron un paso inédito al afirmar que el mundo ha entrado en una “era de bancarrota hídrica global”, un concepto que va más allá de la tradicional crisis o escasez de agua.
Este nuevo marco alerta que el agua dulce disponible ya no se recupera al ritmo necesario para sostener los sistemas ecológicos y la actividad humana, un indicador de que la humanidad ha agotado, en términos reales, el capital natural asociado al agua.
La distinción entre una crisis hídrica temporal y la “bancarrota hídrica” es central: la primera puede remediarse con inversiones, mejoras de infraestructura y gestión adecuada; la segunda, en muchos casos, implica daños estructurales en ríos, acuíferos, humedales y glaciares que son prácticamente irreversibles.
Un diagnóstico contundente de la ONU
El informe que introdujo este término, elaborado por el Instituto para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU‑INWEH), señala que más de cuatro mil millones de personas enfrentan escasez severa de agua al menos un mes al año, y que el 75 por ciento de la población mundial vive en países con inseguridad hídrica o condiciones críticas de acceso al agua.
Sin embargo, esta situación no se limita a regiones áridas o semiáridas sino que es un problema que se manifiesta en múltiples latitudes y combina factores ambientales, sociales y económicos.
La ONU advirtió que la extracción humana de agua ha superado sistemáticamente la capacidad de los sistemas naturales para reabastecerse, lo que ha llevado a una pérdida irreversible de reservas hídricas acumuladas por siglos.
Por otra parte, el cambio climático es un factor importante que intensifica la crisis en el cual el calentamiento global altera patrones de precipitación, encarece la evaporación de las fuentes superficiales y acelera la pérdida de hielo y nieve en montañas, que sirven como “reservorios naturales” de agua dulce.
En ese sentido, Naciones Unidas identificó que solo el 0.5 por ciento del agua del planeta es dulce y disponible para uso humano, y que esa pequeña fracción está bajo presión creciente, aunque el informe subraya que no toda la escasez se explica solo por el clima.
La mala gestión de los recursos hídricos como la sobreexplotación de acuíferos, la construcción de presas sin evaluación ecológica, el drenaje de humedales y la contaminación sistemática ha debilitado la resiliencia de los sistemas de agua dulce.
En muchos casos, estas prácticas han contribuido a que la escasez de agua se vuelva “crónica” y no reversible con las herramientas tradicionales de gestión.
De acuerdo con el informe, “dos mil 200 millones de personas siguen sin tener acceso a agua potable gestionada de forma segura, tres mil 500 millones carecen de un saneamiento gestionado de forma segura y alrededor de cuatro mil millones sufren una grave escasez de agua durante al menos un mes al año”.
Impactos sociales y alimentarios
A nivel global, se estima que más del 70 por ciento del agua dulce extraída en el mundo se utiliza en la agricultura, especialmente para riego de cultivos.
Las aguas subterráneas proporcionan el 50 por ciento del agua potable mundial y el 40 por ciento del agua de riego, mientras que el 70 por ciento de los acuíferos se enfrentan a un declive a largo plazo; y tres mil millones de personas y más de la mitad de la producción agrícola mundial se encuentran en zonas donde el almacenamiento de agua está disminuyendo o es inestable.
Este entramado deja consecuencias sociales profundas donde comunidades rurales que dependen del riego están perdiendo medios de subsistencia, y la inseguridad alimentaria crece junto con la escasez de agua.
– Una publicación de The Guardian precisó que más de la mitad de las 100 ciudades más grandes del mundo están en áreas de estrés hídrico alto o extremo, lo que afecta tanto a centros urbanos desarrollados como a regiones en desarrollo; entre ellas se encuentran urbes de Asia, África, América y Europa, lo que subraya que la crisis del agua es un problema global y urbano, no solo rural
– La región de Oriente Medio y Norte de África es una de las más afectadas por la escasez de agua a nivel global. Según análisis del World Resources Institute, aproximadamente 83 por ciento de la población de esta región vive bajo niveles de estrés hídrico extremadamente alto, donde el uso de agua supera la capacidad de renovación natural del recurso cada año.
– El fracaso de las lluvias cortas (octubre–diciembre de 2025) en Kenia ha empujado a más de 2.1 millones de personas hacia una situación de inseguridad alimentaria aguda, particularmente en las zonas pastorales y áridas del noreste del país, se redujo la productividad ganadera y se elevaron los precios de los alimentos básicos, limitando la capacidad de compra de las familias afectadas.
– Datos meteorológicos y análisis de sequía indican que desde fines de 2025 suelos extremadamente secos y precipitaciones muy por debajo de lo normal están erosionando la producción agrícola y ganadera en vastas áreas rurales de Somalia y Etiopía.
– Regiones agrícolas clave del sur de Asia como el valle del Indo en Pakistán e India enfrentan un doble desafío: el agotamiento de aguas subterráneas y una dependencia extrema de la agricultura de regadío, lo que hace que la seguridad alimentaria sea altamente vulnerable ante variaciones climáticas.
– En el sur de Europa, regiones como la cuenca del Mediterráneo están enfrentando sequías récord que reducen drásticamente los niveles de embalses que abastecen a ciudades y sistemas agrícolas, desafiando a países con infraestructura hídrica tradicionalmente fuerte.
– Aunque América Latina posee grandes reservas de agua dulce, el uso desigual, la mala gestión y los efectos del clima han generado episodios de estrés hídrico incluso en grandes ciudades y áreas agrícolas; en grandes cuencas como el Amazonas y zonas del centro‑sur de Brasil, Bolivia y Paraguay, las sequías han reducido registros históricos de lluvia, afectando no solo la disponibilidad de agua potable sino también la navegación fluvial, la producción agrícola y el transporte en regiones donde los ríos son arterias económicas clave.
Por otra parte, Naciones Unidas reseñó que la crisis hídrica entraña implicaciones económicas monumentales. La degradación de ríos, acuíferos y humedales reduce el valor de ecosistemas que sustentan industrias completas, desde la agricultura hasta la energía hidroeléctrica.
Por ello, destacaron la necesidad de estructurar políticas que reconozcan el agua como un capital natural finito, y no simplemente como un recurso renovable ilimitado, lo que implica ajustes en derechos de uso, prioridades de acceso y mecanismos de protección para comunidades vulnerables.
No es solo un problema ambiental: es una cuestión de seguridad
El impacto de la crisis del agua se extiende más allá del terreno ambiental pudiendo convertirse en un factor de tensión social y política.
Regiones que comparten cuencas hídricas han experimentado fricciones diplomáticas debido a la competencia por recursos cada vez más limitados; mientras que situaciones de escasez extrema pueden exacerbar conflictos existentes, especialmente en zonas donde ya existen desigualdades profundas.
La falta de acceso a suficientes recursos hídricos puede, además, impulsar migraciones forzadas, empujando a comunidades a trasladarse en busca de agua y alimentos, una dinámica que plantea desafíos adicionales en términos de gestión migratoria, cohesión social y estabilidad política en países receptores.
Frente a esta realidad, expertos y organismos internacionales coinciden en que se requieren respuestas urgentes y transformadoras destacando la modernización de la agricultura para hacer el uso del agua más eficiente, la protección legal de los ecosistemas acuáticos y la mejora de infraestructura de captación y tratamiento de agua.
Asimismo, apunta a la necesidad de fortalecer la cooperación internacional para gestionar cuencas transfronterizas y garantizar el acceso equitativo a este recurso vital.
La transición hacia tecnologías de uso eficiente, la inversión en sistemas de tratamiento y reciclaje, y la integración de criterios ecológicos en políticas públicas constituyen pasos necesarios, pero no suficientes si no van acompañados de una voluntad política global.
La declaración de la ONU sobre la bancarrota hídrica debería instaurarse como la constatación de un punto de inflexión histórico.
El agua, que ha sido históricamente percibida como un recurso abundante, está enfrentando una fase de estrés acumulado que pone en riesgo no solo ecosistemas, sino la estabilidad social, la seguridad alimentaria y la economía global.
La respuesta a esta crisis exige un replanteamiento profundo de cómo las sociedades producen alimentos, gestionan sus recursos naturales y estructuran sus relaciones internacionales. La bancarrota hídrica es un desafío político, económico y ético cuyo manejo definirá el rumbo de las próximas décadas
