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El Salvador: las trampas en la propuesta de cambiar las horas de trabajo.

Por: Mauricio Manzano.

Hay que saber detectar las trampas en los discursos políticos. Una de las maniobras más clásicas del populismo moderno es hacer que un beneficio para los empresarios parezca un regalo para el pueblo honrado trabajador.

En la mayoria de los modelos económicos y laborales, la jornada de trabajo son 8 horas diarias de lunes a viernes, 40 semales. ¿por qué el «gobierno» no propone reducir a 40 horas semanales como en Estados Unidos o Europa? esta pregunta es la clave de todo este asunto. La respuesta corta es que el «gobierno» no busca la justicia para el trabajador, sino el aplauso popular sin atreverse a tocar las ganancias de la gran empresa privada.

Veamos los tres fondos ocultos de esta propuesta de comprimir las 44 horas en cinco días.

Primero. El espejismo de la modernidad y el populismo del «gobierno. Al Dictador le obsesiona la imagen de un El Salvador «de primer mundo». Vender la idea de que los salvadoreños ahora tendrán «sábados y domingos libres» suena a una victoria histórica de los derechos laborales. Genera titulares en los medios y la gente, agotada, celebra la idea de tener dos días seguidos de descanso. Pero aquí está la primera trampa, al trabajador no le están regalando tiempo, se lo están exprimiendo de otra forma. Para meter 44 horas en 5 días, el obrero tendrá que trabajar casi 9 horas diarias, sin contar la hora de almuerzo y las horas perdidas en el tráfico. De lunes a viernes, el trabajador solo irá a su casa a dormir, destruyendo el tejido familiar diario.

Segundo. Se percibe un pacto con el gran capital. ¿porqué no reducir a 40 horas semales? Aquí está la segunda trampa. Porque reducir la jornada a 40 horas sería un verdadero cambio estructural a favor de la clase trabajadora, pero el «gobierno» no lo hace por una razón económica. Si se baja a 40 horas manteniendo el mismo salario, el empresario pierde dinero. Tendría que contratar más personal para cubrir los turnos del fin de semana o pagar horas extras a los trabajadores. Y el «gobierno» actual necesita mantener contentos a los grandes empresarios: la industria, la construcción, las maquilas. Comprimir las 44 horas es el pacto perfecto, el «gobierno» se lleva los aplausos del pueblo por darles el sábado libre, y el empresario no pierde ni un solo minuto de producción de sus empleados, ni gasta un centavo más en horas extras.

Y tercera. El ocio lo han convertido en negocio para estimular el consumo. Hay una tercera trampa muy bien calculado que beneficia la narrativa económica del «gobierno». Un trabajador que labora el sábado por la mañana regresa a casa cansado al mediodía y rara vez sale a gastar.
Si usted le libera el sábado completo a miles de salvadoreños, ¿qué harán? Irán a los centros comerciales, a las playas, a los restaurantes. Es decir, se está fomenta el turismo interno y el consumismo. Y cada vez que el salvadoreño gasta en su día libre, el gobierno recauda más impuestos (IVA) y las grandes empresas vende más. Es una estrategia para mover el dinero, disfrazada de alivio laboral.

Veamos la diferencia entre lo que se propone y lo que sería verdaderamente justo. ¿Qué significa en la práctica diaria? ¿A quién beneficia realmente?

La propuesta oficial 44 hrs en 5 días. Jornadas extenuantes de casi 9 horas al día. De lunes a viernes se vuelven días exclusivos para la fábrica y el transporte. El «gobierno», gana imagen e impuestos, y la empresa no pierde horas de producción.

La pregunta ¿porqué no reducir a 40 hrs en 5 días en jornadas de 8 horas?. Este cambio supondría al trabajador tiempo real para descansar, estar con su familia y tener una mayor calidad de vida. Mayor salud mental, física y familiar.

En resumen. La propuesta de cambiar las horas de trabajo no busca aliviar el peso sobre la espalda del obrero, sino reorganizar la carga para que se vea más bonita. Reducir la jornada a 40 horas significaría ponerse del lado del trabajador y exigirle un pequeño sacrificio al gran capital; pero el Dictador prefiere el aplauso de la propaganda antes que la justicia social estructural.