Creencia

El síndrome de la pareja premium

Por: Fabian Acosta Rico. Universidad de Guadalajara- México

Lo normal en la crianza de los hijos es que reciban cuidados parentales, protección y atenciones. Desde nuestra inmadurez cognitiva y emocional, experimentamos esas manifestaciones como claras expresiones del amor incondicional de nuestros progenitores.

El niño, en su indefensión temprana, ve satisfechas todas sus necesidades dentro del entorno familiar, incluidas las afectivas. El sustento emocional no termina en las figuras paternas; se complementa con el cariño de los hermanos, con quienes compartimos la misma sangre o carga genética.

Existe en el niño un componente autorreferencial y narcisista en estos afectos, en un sentido casi instintivo, que reconoce la procedencia de ese amor. El amor fraternal es menos incondicional, pero conserva un importante rasgo de gratuidad: se recibe simplemente por existir. La familia extensa, al reconocer al niño como parte de ella, también le dispensa afecto y protección, empezando por los abuelos.

Al explorar el mundo más allá de la esfera familiar, la empatía con nuestros iguales, la simpatía hacia quienes admiramos y las relaciones que establecemos en la comunidad, la escuela, la iglesia o los espacios de convivencia nos enseñan que el amor constituye un elemento esencial de nuestra necesidad de vincularnos con los demás.

Recibimos y damos afecto a amigos, compañeros y vecinos bajo el signo de la comunidad. Aprendemos a amar al grupo social al que pertenecemos, el cual, al igual que la familia, nos protege, nos nutre y contribuye a nuestra formación.

La siguiente gran lección sobre el amor llega durante la pubertad y posteriormente en la adolescencia y la juventud, cuando despierta el eros como una pulsión que nos conduce hacia el otro. En esa complementariedad encontramos plenitud y satisfacción emocional.

El amor de pareja conserva algo de ese amor tribal —familiar y comunitario—. Es un llamado tanto cultural como instintivo a iniciar un nuevo proyecto de vida, a formar un núcleo familiar propio, tal como lo ha hecho la humanidad desde hace miles de años.

En síntesis, el amor que recibimos y damos mejora en calidad en la medida en que se vuelve más desprendido y generoso, sin distinguir si se dirige a nuestros iguales o a quienes son diferentes. Como signo de madurez, se espera que el amor evolucione hacia formas cada vez más desinteresadas. Se ama a la familia, a la patria, a la pareja y, para muchas personas creyentes, también a Dios. En su expresión más elevada, todas estas modalidades de amor implican entrega e incondicionalidad, sin esperar una ganancia o una estricta reciprocidad.

Sin embargo, algo ha ocurrido con el amor en la postmodernidad. Se ha distanciado de los principios culturales, morales y religiosos que el cristianismo imprimió en él y que San Pablo describió magistralmente en su primera carta a los Corintios: «El amor es paciente, es servicial; no tiene envidia, no presume ni se engríe, no busca su propio interés…».